De a poco iremos subiendo las elecciones de los integrantes de la redacción. El juego del dossier consistirá en lo siguiente: cada redactor eligió 10 comedias fundamentales en su vida, 10 comedias que lo transporten inmediatamente a la felicidad (sin ningún orden de prioridad). A su vez, mas allá de esa lista (o incluyendo películas de esa misma), les pedimos que eligieran tres películas sobre las cuales pudieran explayarse. Pero solo pedimos una condición a cumplirse: que una película fuera una comedia canónica, conocida, celebrada; que otra fuera una comedia más bien relegada, olvidada o desconocida, de ser posible; y que la última fuera una comedia contemporánea, de los últimos 10 años. Con esas pautas la redacción fue pensando sus elegidas. Y de a poco las iremos compartiendo. Aquí les dejamos la sexta entrega.

Guido Segal

1. Best in Show (Christopher Guest, 2000)
2. Playtime (Jacques Tati, 1967)
3. El cochecito (Marco Ferreri, 1960)
4. Bluebeard’s Eigth Wife (Ernst Lubitsch, 1938)
5. Superbad (Greg Mottola, 2007)
6. The Kentucky Fried Movie (John Landis, 1977)
7. Little Murders (Alan Arkin, 1971)
8. Toni Erdmann (Maren Ade, 2016)
9. Divorcio a la italiana (Pietro Germi, 1961)
10. The Meaning of Life (Terry Jones, Terry Gilliam, 1983)

Canónica: Playtime (Jacques Tati, 1967)
Pesada tarea la de la comedia, de la cual se espera sistemáticamente una reacción fisiológica. Sin embargo, creo que hay mucho más en una buena comedia que simplemente risas. Hay una mirada de mundo, un trasfondo emocional, un estado del ser. El cine de Tati no es uno de risas ni efectos, sino de invitación a un mundo de bienestar y bonhomía. Es un mundo que, aún reflejando vicios y desatinos, espera lo mejor de la humanidad, le da una palmadita en la espalda como diciendo «vamos, lo podés hacer mejor que eso.» Es un cine de sonrisas, lo cual ya es muchísimo, y de detalles, que jamás subestima al espectador. De hecho, el encanto de una película como Playtime puede ni siquiera ser evidente si uno no presta la máxima atención posible. Como un prisma que refracta cientos de colores, en un mismo plano habitan varios gags simultáneos, en diferentes niveles de profundidad. Esta mezcla de multiplicidad de acciones y de absoluta falta de énfasis en ninguna de ellas es lo que distingue a Tati de otros comediantes, o cineastas en general: en general, para que algo sea gracioso, debe ser evidente a los sentidos. En cambio, Tati explora el gag opcional: si uno lo ve u oye es desopilante, y si no lo percibe, ya vendrán otros chistes. Eso habla de un cineasta generoso, pleno de ideas y sutil, tan sutil y cordial que ni nos indica donde prestar atención ni nos repite las cosas ni nos castiga por habernos distraído. Una comedia inteligente, delicada, descentrada, infinita, a tal punto que la he visto infinidad de veces en VHS, en digital restaurado, en 35 mm, en 70 mm, desde la primera fila, la mitad de la sala y el fondo, y cada vez es otra película, siempre centrífuga, siempre fascinante, siempre capaz de plasmarme una sonrisa melancólica y llena de amor por la humanidad, que tarda varios días en irse.

Olvidada: El cochecito (Marco Ferreri, 1960)
La primera vez que vi esta maravilla del dúo Marco Ferreri- Rafael Azcona casi me la pierdo. La daban en la Sala Lugones un Miércoles a la noche en un ciclo dedicado a grandes películas escritas por Rafael Azcona, colaborador de Berlanga en obras maestras del humor español como Plácido o El Verdugo. Puede que esa noche lloviera (la memoria me engaña, como siempre), o que me diera una pereza infinita agarrar mi cochecito y manejar a las corridas para llegar a la función de las diez de la noche. Lo cierto es que el apuro valió la pena. No solo porque me abrió las puertas de un cineasta que amo como Ferreri, aquí novato en España, sino de Berlanga, a quien el italiano parece aquí citar u homenajear vía Azcona. Ya la presencia de José Isbert como ese viejo de mierda que hizo tantas veces en el cine español es suficiente para que, como dicen los ibéricos, «me parta el culo.» Pero, al igual que en El Pisito, es la premisa lo que me gana. El viejo está sano, no puede andar mejor de salud, pero sus amigotes septuagenarios no, andan todos en sillas de ruedas eléctricas, y el viejo rompe las bolas con que quiere una. Su familia, que apenas llega a fin de mes, le dice «no moleste, abuelo» pero el abuelo, terco, les hace la vida imposible mientras trama con sus amigos planes infantiles para conseguir el ansiado juguete a motor. Y todo termina, como en un buen esperpento español, de forma truculenta y a la vez graciosa. En medio de un opresivo clima de control y restricciones franquistas, El cochecito es un acto de atrevimiento salvaje, una película subversiva y a la vez desopilante, que nos recuerda que somos seres de capricho y que en nombre de querer pertenecer somos capaces de las atrocidades más irreversibles.

Contemporánea: Toni Erdmann (Maren Ade, 2016)
Parece un chiste cinéfilo recomendar una comedia alemana de tres horas que termina en llanto a moco tendido. ¿Qué tipo de comedia es esa? Claro, es cierto, sabrán disculpar si elijo elogiar a una de las mejores películas de la última década, nada más y nada menos que una obra de infinita ternura, humanidad y poder catártico, una de esas películas que me hicieron reír hasta llorar y llorar hasta reír como pocas en mucho tiempo. Maren Ade construye un mundo y lo puebla de seres encantadores como sus dos protagonistas, polos antagónicos diseñados para chocar y rebotar uno contra otro, destrozando contextos serios como pelotas de fuego. En eso Ade entiende que la esencia de la comedia es la capacidad de subvertir conductas institucionales, idiosincrasias y códigos de conducta social, pero a la vez dota a su épica lírica cómica de raíces emocionales tan universales que es imposible no sentirlo todo, no amar a ese padre y esa hija que deben aprender a amarse con sus radicales diferencias. La película se vuelve inolvidable por darnos uno de los covers más atroces y conmovedores de Whitney Houston, o por hacer el mejor uso jamás de una peluca y un par de dientes falsos, pero realmente alcanza la gloria con una secuencia que queda grabada en la retina desde el momento en que se revela por primera vez: una fiesta de cumpleaños donde absolutamente todo se va al garete, reina la anarquía y la seguidilla de gags crecientes asciende sin parar hasta un cierre lleno de poesía y nostalgia. Es mejor no spoilear tan sublime momento, quizás solo avisar que en él tetas y pitos andan sueltos y a disgusto. Pero, más allá de esos diez o quince minutos de timing perfecto y brillantez cómica por parte de Maren Ade y su elenco, Toni Erdmann es, de principio a fin, una de esas películas en las que uno se quedaría a vivir, buscando cobijo de las hostilidades del mundo real.

Pedro Gomes Reis

1. Hulot al volante (Jacques Tati, 1971)
2. Escuela de Rock (Richard Linklater, 2003)
3. Superstar (Bruce McCulloch ,1999)
4. El aguador (Frank Coracci, 1998)
5. El milagro de P Tinto (Javier Fesser, 2000)
6. Después de hora (Martin Scorsese, 1985)
7. Waiting for Guffman (Christopher Guest, 1996)
8. The Blues Brothers (John Landis, 1981)
9. La gran comilona (Marco Ferreri, 1973)
10. El deporte favorito del hombre (Howard Hawks, 1964)

Canónica
Hechizo de tiempo (Harold Ramis, 1991)
En su momento fue odiada por muchos. Minimizada. Calumniada. Bill Murray como un actorcillo de esos que nos habían legado las comedias populares de los 80s. Pero estaban tan equivocados. La llegada de la nueva década reinventó al personaje que sería responsable del prestigio posterior, ese Murray asociado al gesto adusto keatoniano. En Portugal la conocimos como Día de la marmota. Pero me gusta más el título latinoamericano, que reguarda el componente de fábula. En ella se concentran las mejores armas del arte humorística de su director, pero también de su actor, en estado de gracia. Hoy por hoy, cuando un día/semana/mes se nos hace eterno decimos «estoy teniendo un día de la marmota» (como cuando tenemos una jornada horrible que nos acerca a Después de hora). La película de Harold Ramis es, curiosamente, de manera fractal, un mecanismo de relojería, en donde la comedia se nos vuelve una experiencia matemática. En esa pesadilla de eternos retornos volvemos con el gusto de sabernos más humanos por compartir la experiencia del tedio, del agobio y del espanto de sabernos finitos pero percibirnos sin final. Como no podía ser de otra manera, el final de fábula perfecta nos enamora de los ojos de Andie McDowell, que nació para ese papel, para ese momento exacto del tiempo, para que nosotros la miremos.

Desconocida
Kung-Fusion (Stephen Chow, 2004)
Recuerdo haberla visto una infinidad de veces en DVD, cuando ese formato dominaba el mundo. Luego la vi en cable en múltiples ocasiones. Ahora, en un mundo de plataformas, se me hace cada vez más difícil encontrar esta verdadera obra maestra del humor físico, una maravilla andante que nos remite inmediatamente a Tex Avery y a los Looney Toons. Porque en el cine de Chow todo es material de goma, hecho para morder, torcerse, romperse, mancharse, reventarse contra las paredes. En ese cine sin límites, Kung-Fusión es la muestra más acerada del artificio perfecto que debe ser toda comedia que se precie de tal. Y visto y considerando que el cine de inicios de los 2000s se había tornado en un material cada vez más previsible, la película de Chow nos resulta una bocanada de aire fresco (pero también un balde de agua helada) para nuestras expectativas occidentales. Al final de cuentas esta película de aprendizajes no es otra cosa que un gran film sobre duelos (debería haber sumado a la maravillosa Rapida y Mortal, de Sam Raimi). En su maravilloso anacronismo disfrutamos de una de las últimas experiencias anárquicas que nos haya entregado la comedia. Y todo sin saberlo, por culpa de un sistema de distribución cada vez más concentrado y sin diversidad.

Contemporánea
Una guerra de pelicula (Ben Stiller, 2008)
Tengo una predilección por el cine de este muchacho (me costó mucho no incluir en la lista a The Cable Guy, una comedia negra como pocas), pero esta en particular es una de mis preferidas. Si algo define al cine de Stiller es el juego de cajas chinas con la cultura popular. El cine del bueno de Ben es una licuadora al que nada se le escapa, en donde toda referencia entra en colisión y coexiste con los materiales mas impuros. Una guerra de película es, sin lugar a dudas, su películas más compleja, más barroca pero la más depurada a la vez, en donde su sistema cómico se perfecciona incluso más que en esa otra maravilla que es Zoolander. Quizás porque la capacidad narrativa de aquella podía decaer cuando ingresaba al terreno más plenamente narrativo. Por eso en aquella lo cómico (que es un sistema humorístico local, acumulativo) se opone al arte de la comedia de Una guerra de película (que es progresivo, global). Ese sistema vuelve a esta última en un material elegante y escatológico a la vez. Cínico y humanista. Clásico y moderno. Porque a Stiller lo maravillan las contradicciones. Y esta, su última gran película (luego vendrían las últimas dos, bastante desposeídas de ideas, por cierto), el chiste de contar un juego de espejos en donde unos actores se convierten en material de una realidad que los excede, le provee a Stiller un tono casi kiarostamiano, pero en versión farsesca. Al finalizar, como si un torbellino de ideas nos hubiera volado el cerebro, Stiller nos vuelve a cambiar el eje. Y nos damos cuenta que nunca terminamos de entender en qué montaña rusa nos estábamos metiendo.

Comentarios