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Tiempo de lectura: 3 minutosDossier Comedia para el fin de los tiempos (VIII)

Varios Autores

De a poco iremos subiendo las elecciones de los integrantes de la redacción. El juego del dossier consistirá en lo siguiente: cada redactor eligió 10 comedias fundamentales en su vida, 10 comedias que lo transporten inmediatamente a la felicidad (sin ningún orden de prioridad). A su vez, mas allá de esa lista (o incluyendo películas de esa misma), les pedimos que eligieran tres películas sobre las cuales pudieran explayarse. Pero solo pedimos una condición a cumplirse: que una película fuera una comedia canónica, conocida, celebrada; que otra fuera una comedia más bien relegada, olvidada o desconocida, de ser posible; y que la última fuera una comedia contemporánea, de los últimos 10 años. Con esas pautas la redacción fue pensando sus elegidas. Y de a poco las iremos compartiendo. Aquí les dejamos la octava entrega.

Diego Maté

1. CJ7 (Stephen Chow, 2008)
2. Escuela de Rock (Richard Linklater, 2003)
3. Experto en diversiones (John Hugues, 1986)
4. Getting Any (Takeshi Kitano, 1994)
5. La chinoise (Jean-Luc Godard, 1967)
6. Ninotchka (Ernst Lubitsch, 1939)
7. Silvia Prieto (Martín Rejtman, 1999)
8. Talladega Nights: La balada de Ricky Bobby (Adam McKay, 2008) 
9. The Awful Truth (Leo McCarey, 1937) 
10. Thor: Ragnarok (Taika Waititi, 2018)

Canónica: Ninotchka (Ernst Lubitsch, 1939)
Nadie pudo explicar qué cosa era el toque Lubitsch: en manos de los críticos, su mención casi siempre supone pereza, un comodín con el que se trata de eludir las responsabilidades de la descripción; en boca de los espectadores, una clave con la que se exhibe un conocimiento común, la pertenencia a un grupo (aunque la contraseña no permita abrir demasiadas puertas). Sabemos, o adivinamos, que lo que quiso designarse como toque Lubitsch es una especie de vibración, algo que se mueve por sus películas haciendo temblar espacios y personajes, pero que también nos sacude a nosotros: un movimiento secreto que empuja a la carcajada y a la plenitud, y que nos atraviesa sin que podamos detectar su origen ni sus operaciones. Más o menos lo mismo le pasa a Ninotchka, la enviada soviética que llega a París para vigilar el trabajo de tres agentes díscolos y termina uniéndose a ellos. Hay películas que hablan de la búsqueda de la felicidad, pero Lubitsch prefiere narrar su descubrimiento: la protagonista tiene una idea de la vida perfectamente organizada que estalla cuando se encuentra con los placeres de un mundo más libre. La película demuele gozosamente consignas y trampas discursivas, como si dijera que nadie sabe qué cosa es el bien ni dónde hay ir a procurarlo, pero que el trabajo de los malos se nota fácil. La risa como desbaratadora de adoctrinamientos, en 1939 o en estos días de fanatismo y encierro (son lo mismo).  

Desconocida: Getting Any (Takeshi Kitano, 1994)
Occidente quedó prendado de Kitano y de la brutalidad lacónica de sus películas, casi siempre tragedias en la que todo se desmorona con una serenidad sobrecogedora al ritmo triste de Joe Hisaishi. Nada que ver con Takeshi, presentador, periodista y figura pública japonesa famoso por conducir un programa de entretenimiento en el que se humillaba a los participantes con pruebas y castigos. ¿Habrá, entonces, un cine Takeshi que, como esos shows, no busque el bronce de los premios y los festivales, sino el desborde de ese pop indómito? La respuesta es sí: está Getting Any, un monstruo de secuencias inconexas que tiene como único vector a un tipo que quiere acostarse con chicas pero ninguna le da bolilla. La película muestra una lógica propia imposible de explicar con palabras: la relación entre las viñetas es arbitraria y contingente, el orden no sigue las reglas del relato sino los desplazamientos y las condensaciones de un sueño (húmedo). La comedia Takeshi existe, y su programa sonámbulo consiste en filmar un grotesco para reír dormido. 

Contemporánea: Thor: Ragnarok (Taika Waititi, 2018)
La seriedad es el Covid-19 del cine de superhéroes: se contagia fácil, rápido y todavía no hay vacunas. Desde un laboratorio en Nueva Zelanda, empero, llegan buenas noticias: el científico Taika Waititi sometió al género a una serie de experimentos hasta obtener Thor: Ragnarok, una película que recupera el espíritu lúdico que supo abrazar la mayoría de los superhéroes en tiempos mejores. Los resultados arrojaron una comedia en la que un dios nórdico emprende un viaje alegre entre planetas buscando Odín sabe qué. Tal vez la felicidad. El equipo del Dr. Waititi entendió enseguida que la mejor estrategia para aislar al paciente suponía alejarlo de los agentes contaminantes (psicología, trauma del pasado, conflicto mundial, comentario social) con una batería sanitaria que incluía slapstick, nonsense, colores chillones y Jeff Goldblum. De confirmarse la especie, el tratamiento podría ser exitoso frente a cepas resistentes como la Nolan-05 y la Snyder-13, todavía no erradicadas.

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