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Tiempo de lectura: 5 minutosDossier Estudio Ghibli (XIX): Ponyo y el secreto de la sirenita

Ariel Esteban Ramos

Ponyo y el secreto de la sirenita (Gake no Ue no Ponyo)
Japón, 2008, 100′
Dirigida por Hayao Miyazaki

Entre dos mundos

Por Ariel Esteban Ramos

Imagino un examen con la consigna siguiente: Hayao Miyazaki es el más japonés de todos los europeos clásicos, el más oriental de todos los realistas mágicos latinoamericanos y el revolucionario más tradicionalista. Justifique mediante una crítica para Perro Blanco. 

Para cumplir con esa premisa delirante, bastaría con describir lo que sucede en Ponyo en el Acantilado. Pero así cortito no se entiende, y hay que hacer historia. Michelangelo Bovero señalaba en un textito muy comentado en mi época de universitario, durante el Devónico, que si bien el espíritu de la modernidad suponía ir más allá de la tradición, la noción tan cool de posmodernidad planteaba una serie de problemas que hacían preferible un proyecto oximorónico: una tradición de lo moderno. Se dice fácil y se hace difícil. Por ejemplo, dos semanas de CBC son suficientes para comenzar a ejercer las poco loables tradiciones universitarias, aunque supuestamente modernas, de la filosofía denuncista de café, las prédicas antisistema de todos los colores, así como muchos otros vicios virales que pueden instalarse en un cerebro de por vida. ¿Pero es asimilable esta pura negatividad a la crítica, y su esterilidad característica a un proceso de creación? Es una pregunta retórica y la respuesta, por las dudas, es no. 

Volvamos a la premisa. Miyazaki es un heredero de las grandes tradiciones de la modernidad europea en la medida que retoma sus escenarios, sus temporalidades y sus problemas: el progreso, la técnica, la voluntad de poder, el siglo XX. Si en El castillo vagabundo la reflexión se instala de forma indefinida y creativa a un contexto histórico, en Ponyo se declara abiertamente en clave de fantasía, salvo por la locación de la historia (que es real: la población pesquera de Tonomoura). La ficción trabaja en el cruce de dos historias muy conocidas para la tradición europea: la sirenita de Hans Christian Andersen y la historia de Brunilda en su lectura wagneriana de las sagas germánicas. A nadie que haya escuchado dos notas de Wagner en el Colón o en una película se le escapa que la cabalgata sobre las olas de Ponyo es una creativa transformación del famoso Leitmotiv ahora en tono mayor juguetón, utilizando la melodía principal de la película. Fusión de dos motivos: más wagneriano no se consigue. Aunque en momentos de magia natural como la fantástica inundación causada por la luna, aparecen texturas y cromatismos más propios de un Debussy sinfónico. Magnífico y ambicioso trabajo de Joe Hisaishi, si bien fue la canción de cierre cantada por una voz infantil la que galvanizó la atención de la purretada tanto como luego lo hiciera globalmente el tema (su nombre no debe ser pronunciado) central de Frozen. Una y otra historia, tanto la sirenita como la valquiria, le permiten a Miyazaki articular la difícil relación entre el mundo natural visto como eminentemente mágico o milagroso y el mundo humano. Imposible no pensar además en la esencia mágica de lo natural del cuento popular El pescador y su mujer. Esa misma naturaleza mágica divide en Ponyo su doble carácter según el sexo: lo materno generador es representado por la gran madre, en tanto que su poder de destrucción casi vindicativa queda enteramente a cargo de Fujimoto, el padre de Ponyo. Este ex humano y científico-mago desea nada menos que el final… el Ocaso (Untergang, Menschendämmerung), mejor, del mundo humano. La hueste de valquirias de este Wotan fáustico (las cosas tampoco le salen muy bien) es un cardumen de simpáticas sirenitas, renacuajitos pelirrojos de rostro humano, de las cuales la mayor es Brunilda, bautizada Ponyo por el niño Sosuke. Como para que no queden dudas de la prosapia del relato. 

Hay que decir que la oscuridad que atraviesa muchas de las otras películas de Miyazaki aquí está diluida, aunque sin perder un ápice de seriedad o profundidad, en un formato de cuento infantil en el que todos los sucesos están naturalizados. Es aquí donde aparece ese elemento asociado de realismo mágico que hay que ver con lupa: si bien es comprensible que un tsunami forme parte de las expectativas de una localidad costera japonesa, hay en la película una actitud casi festiva respecto de la respuesta humana, como si se tratara de una excursión en bote de día Domingo. Nada del típico colapsismo trágico que permea gran parte de las producciones japonesas. Otra faceta de esta naturalización se manifiesta en la actitud adulta no ya ante lo natural sino ante lo fantástico: cuando Sosuke le dice a su madre Lisa -heroína miyazakiana clásica, que conduce como el Lupin de El castillo de Cagliostro para huir de las olas- que ha visto a una niña corriendo entre las olas, ella se detiene y trata de avistarla. Lo mágico-natural es tan verosímil para los protagonistas de esta historia como el trueno de las tres de la tarde en una novela de García Márquez. Quizá esto se deba también a que al público eminentemente infantil al que se destinó esta producción primorosa, de una engañosa sencillez visual (no tiene gráficos generados por computadora), jamás se le ocurriría pensar que todos estos sucesos fantásticos son imposibles. No hay mayor capacidad de naturalización ni mayor seriedad que la de un niño de cinco años entregado a la fantasía.

El modelo de relación entre lo humano y lo natural se manifiesta en sus dos protagonistas infantiles: Ponyo se entregará a Sosuke, que deberá quererla y cuidarla siempre. Él manejará el barco, pero ella será la fuerza casi mágica que lo impulse. Es aquí, en el terreno ecológico, donde se hacen las apuestas más fuertes, con una imagen viva de respeto y una promesa de fidelidad. Las relaciones de pareja son una metáfora doblemente insidiosa para problematizar sobre lo que hacemos con la naturaleza. Sobre todo, por lo radical de presentar las relaciones como ámbitos de responsabilidad, algo casi revolucionario en un siglo XXI totalmente detaché en el que el otro es apenas un recurso en el ecosistema del amor líquido. La racionalidad instrumental se refracta en muchos disfraces.

QED, creo: podría decirse que Miyazaki es moderno, mágico y revolucionario. No se puede decir menos de quien asume siempre con creatividad y responsabilidad (el éxito es materia de opinión) las contradicciones del tiempo que le toca.

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