kokuriko-zaka-kara-08

Tiempo de lectura: 3 minutosDossier Estudio Ghibli (XV): La colina de las amapolas

Ludmila Ferreri

La colina de las amapolas (Kokuriko-zaka kara aka )
Japón, 2011, 91′
Dirigida por Goro Miyazaki

Gritos y susurros

Por Ludmila Ferreri

Durante años me convertí en fantática empedernida de los melodramas más hiperbólicos que se puedan imaginar. El melodrama y la hipérbole van bien de la mano. De hecho casi que son redundantes. No obstante a partir de un determinado momento en la historia de ese género maravilloso (si pueden consigan el imprescindible Contesting Tears, estudio de Stanley Cavell sobre el melodrama clásico que no tiene el menor desperdicio) viró hacia formas acaso más contenidas, menos exageradas, pero no por eso menos sentimentales, menos sufridas. No, no le pidas Ripstein a los franceses. Pero tampoco a Miyazaki. Escrita por el padre y dirigida por el hijo, La colina de las amapolas es un melodrama hecho y derecho, pero pertenece a esa tradición de los melodramas contenidos, silenciosos, casi avergonzados de su pertenencia.

Extraña pertenencia, por otro lado, es la de esta película, que ingresa en el terreno de las producciones del Estudio Ghibli pero al mismo tiempo desdibuja algunas de sus marcas de origen, como por ejemplo la ausencia de elementos fantásticos. O para decirlo mejor, la ausencia de coexistencia entre elementos fantásticos con elementos realistas. No, lo de esta película-homenaje (hay algo de declaratoria personal en todo el film, algo de declaratoria de amor de un hijo a su padre y a una época que le es ajena) es un melodrama hecho y derecho. Pero es un melodrama contenido, de esos que no brindan demasiadas pistas, demasiados datos que vayan mas allá del reconocimiento inmediato de las directrices de un cierto costumbrismo que se reconoce a plena vista.

Una bien podría decir que La colina de las amapolas construye eso que supo hacer buena parte del mejor cine japonés de post-guerra: narrar la historia cotidiana de una reconstrucción. Narrar la vida diaria de personas de clase media frente a acontecimientos acaso menores, acaso situaciones que no mueven demasiado el amperímetro narrativo. Sin ir más lejos, hasta que se produce un hecho que desencadena la lógica narrativa del melodrama más tradicional -me refiero a la aparición de un equívoco de parentescos- lo que vemos no es más que una sucesión de viñetas cotidianas, como si en alguna medida el ojo de la película estuviera en reconstruir un clima de época, que como dije antes, se sitúa en el proceso de reconstrucción social del Japón de postguerra (en este caso en 1963, poco tiempo antes de los juegos olímpicos de Tokio que cambiarían la cara del país y lo abrirían definitivamente hacia una perspectiva más netamente cosmopolita).

Algo en el tono y la forma depurada de narrar de Goro Miyazaki lo hace reconocerse en tradiciones mucho más cercanas al clasicismo (de hecho todo el relato es depurado, carente de los excesos a los que las películas del Estudio Ghibli nos han acostumbrado) al mismo tiempo que la presencia de una protagonista mujer vincula a la historia con el persistente feminismo de las películas del estudio. Pero la sensación que tenemos es que La colina de las amapolas termina redundando en una paradoja: se trata de una película clásica y contenida pero que a los efectos de su pertenencia a la identidad de un estudio parece romper los esquemas. Esa suerte de «ruptura armónica», esa sensación de no pertenecer y pertenecer a la vez se comprende cuando el melodrama emerge con fuerza y convierte a una historia de malentendidos en una historia de amor incestuoso (reprimido y ocluido, ojo) entre dos hermanos (Ripstein, estás ahí?). Cuando el melodrama puro regresa o en todo caso, cuando el melodrama irrumpe en medio de las excusas narrativas que la película construye como una sutil tela de araña es cuando comenzamos a comprender que siempre estuvimos ante un témpano, ante un iceberg emocional pero también informativo.

El melodrama, en definitiva, también puede ser el arte de la postergación, de la dilación informativa, de la elusión narrativa. Por eso la educación cinéfila a veces nos lleva a desconfiar de los ingresos laterales a las historias aparentemente menores. En ese recorrido que circunvala el conflicto -pero que en algún momento lo abraza- reconocemos las tradiciones del dolor reprimido, del dolor postergado y contenido y expresado por otros medios, quizás dotados de una crueldad silenciosa que se esconde detrás de una sonrisa amable. El Japón de posguerra está plagado de estas historias dolorosas y en silencio. Solo hay que saber escuchar los susurros.

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