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Tiempo de lectura: 3 minutosDossier Estudio Ghibli (XVII): El viento se levanta

Por Amilcar Boetto

El viento se levanta (Kaze tachinu)
Japón, 2013, 126′
Dirigida por Hayao Miyazaki

Un hiato

Por Amilcar Boetto

Para aquellos que intentan trazar esa separación críticamente aceptada acerca de las diferencias primordiales entre los estilos de Takahata y Miyazaki, El Viento se Levanta se siente como un agujero en el medio de esa vaga pero aceptada teoría. Aquella diferencia -que se marca entre el realismo que bordea lo social en Takahata y el fantástico asimilado de Miyazaki- en esta película, dirigida por el más prolífico de ambos directores, parece un poco más difusa. Porque esta es la película en la que Miyazaki mas se parece a Takahata. Y es que en éste último lo histórico siempre está sucediendo. Llos humanos parecieran siempre estar delimitados por los límites de la historia. No obstante, a diferencia de Takahata, los personajes de Miyazaki sueñan y rompen el determinante del realismo. Porque el sueño es el lugar por excelencia en el cine de Miyazaki, porque si bien acá no aparece el fantástico, es el sueño el que altera el realismo, otorgando una libertad desenfrenada al movimiento y los espacios, que se configuran de formas distintas a las formas de lo real y su artificio por excelencia, el realismo.

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La diferencia no es menor, entonces, porque en los sueños es donde viven verdaderamente los personajes de Miyazaki. En esos refugios es donde se muestra su verdadero carácter, mientras que con el mundo hay una relación menos liberadora, por el contrario, mas bien constreñida. Porque donde Takahata ve condicionamiento por lo social y lo histórico, Miyazaki ve posibilidades brindadas por lo onírico y su potencia destructiva de la lógica. Por esto, en Takahata hay una condición mucho más melodramática en la composición de sus personajes, compuestos como personas demandadas de una tridimensionalidad que la historia no puede dejar ser. Y ojo, porque en El Viento se Levanta hay posibilidades brindadas por los sueños (la película parece ser una típica biopic producto del sueño americano por momentos) pero también hay melodrama, porque hay un romance que se ve impedido constantemente por condiciones históricas-sociales de un Japón pobre y al borde del colapso. Nuevamente, estamos ante un hiato, una tensión irresuelta entre perspectivas de mundo.

Lateralmente (y por esto digo que Se levanta el viento es el Miyazaki más parecido a Takahata, es del que más se pueden desprender conceptos que tienen que ver con lo histórico o lo político, en lugar de lo espiritual o lo religioso), la película parecería representar a esa última camada de grandes inventores, aquellos que con el avance industrial de la técnica se resignaron a ser una pieza más del engranaje y seguían aspirando a crear cosas por fuera del poderío industrial, una última camada de grandes mentes individuales, de genios decimonónicos. Y aunque esa generación de genios fue representada hasta el hartazgo por el cine estadounidense, la película de Miyazaki se aleja en un sentido particular a esas representaciones. Aquí no hay heroísmo, sino trabajo silencioso.

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Hay una reconstrucción de una época, pero no hay costumbrismo, porque la historia se bordea lateralmente y se siente casi como una excusa para todo lo que Miyazaki se propone narrar, a pesar de que (como dije anteriormente) se puedan desprender conceptos que estén más arraigados a un momento histórico del mundo. Porque lo que prevalece en El Viento se Levanta es esta mezcla entre el melodrama (de lo real) y los sueños (de libertad), representada por la idea del viento, que aparece y se levanta, que se lleva las cosas por delante. Porque en el viento están ambas cosas, la idea de su posible conquista, representada en los sueños de su protagonista y el inevitable avance del melodrama y la tragedia, del fuego que todo lo quema, de la sombrilla que llega volando.

Quizás, la contradicción más grande de la película es que hay veces que pareciera querer ser universal con la idea del viento y de sus vaivenes en esa figura poética que le encuentra a representar la vida como algo que nos arremete con violencia, pero que a la vez ese arremetimiento es maleable o sostenible (como la sombrilla que se hubiera volado si nadie la detenía), pero hay veces que pareciera que quisiera anclarse en su momento histórico -la escena de los bizcochuelos, o en el personaje del alemán perseguido por la inteligencia japonesa-. En esos momentos parecería que el relato quisiera otorgarle un peso determinante a la época antes que a esa poética más universal que Miyazaki parecía construir en la película. Los hiatos construyen esas cosas. O construyen mundos entre las cosas.

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