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Tiempo de lectura: 4 minutosDossier Obras maestras desconocidas/secretas (III)

Andrés Fevrier

El dossier sobre obras maestras secretas/desconocidas tiene ese no sé qué de revelar algo oculto, algo prohibido, el gusto por el escondite, el encuentro con algo clandestino. Por eso se trata de un dossier íntimo y público a la vez, en el que jugamos a pensar listas de películas olvidadas, desconocidas o ningunearas al momento de su estreno y en la posteridad. Aquí les dejamos la tercera parte de este dossier. Esperamos que lo disfruten en su integridad.

Por Andrés Fevrier

La edad peligrosa (Wild Boys of the Road)(William A. Wellman, 1933)
Gente bien (Manuel Romero, 1939)
Sangre negra (Native Son) (Pierre Chenal, 1951)
Martes trágico (Black Tuesday) (Hugo Fregonese, , 1954)
Los falsos héroes (Kirmes) (Wolfgang Staudte, , 1960)
Nunca pasa nada (Juan Antonio Bardem, 1963)
Nothing But a Man (Michael Roemer, 1964)
Veinte días sin guerra (Dvadtsat dney bez voyny) (Aleksey German, 1977)
Messidor (Alain Tanner, 1979)
Variola Vera (Goran Markovic, 1982)
Star Time (Alexander Cassini, 1992)
Los Angeles Plays Itself (Thom Andersen, 2003)

Clásica: Gente bien (Manuel Romero, 1939)
Alguna vez Rodrigo Tarruella escribió que Romero hacía películas peronistas antes de que el peronismo existiera como movimiento político, y esta probablemente sea uno de los mejores ejemplos. La historia de Elvira (Delia Garcés, bellísima), una joven madre desamparada que encuentra cobijo en un grupo de artistas y trabajadores y se enamora de un cantante (Hugo del Carril), sorprende incluso hoy, a más de 80 años de su estreno, por lo beligerante de su planteo. Todo queda claro desde la primera, notable escena: frente a una mansión donde se está celebrando una fiesta, un grupo de choferes que trabaja para la “gente bien” del título (la burguesía extranjerizante) le pide a un policía que eche (reprima) a un taxista, que estacionó su auto allí a la espera de los músicos (la clase trabajadora) que están animando la velada. Hay disputas eternas que siguen sin resolverse, plantea esta gran sátira, que sin embargo ensaya una solución: el pueblo, unido, aunque más no sea para poner en marcha un fenomenal y divertido ardid. Película bastante olvidada durante décadas, recién pudo volver a verse en condiciones en 2013, cuando el Incaa rescató la única copia existente y puso a circular una nueva en 35 mm. Desde hace unos años integra el catálogo de Cine.Ar Play, por lo que no me atrevería a decir que es una película desconocida. Pero sí algo olvidada: me sorprende que en el contexto actual no se la mencione más a menudo.

Moderna: Nothing But a Man (Michael Roemer, 1964)
Esta película se lanzó con muy buenas críticas en 1964, tuvo un reestreno también muy elogiado en 1993, y desde 2004 está disponible en DVD. Hay incluso algún libro dedicado íntegramente a su análisis. Y sin embargo, por razones que no llego a comprender del todo, sigue siendo mucho menos vista -y hasta conocida- de lo que merece. Acaso tenga que ver con que se trata de una rareza, en más de un sentido. Por un lado, esta historia de un trabajador negro que intenta armar una vida en el sur de Estados Unidos fue dirigida y escrita por dos blancos, ambos judíos, uno (el director) nacido en Alemania. Por otro, la película se aleja de los mecanismos habituales del cine estadounidense de la época: en lugar de ubicar a un personaje impoluto como víctima de todo tipo de injusticias, adopta un tono neorrealista para narrar los conflictos cotidianos, pequeños, personales. Nothing But a Man toca con sensibilidad e inteligencia tantos temas que es imposible reducirla: las diferencias sociales entre los propios negros, las condiciones laborales, la figura paterna, el rol de la iglesia y la religión y, por supuesto (aunque sin referencias explícitas a los acontecimientos políticos de la época), la fuerte segregación racial aún imperante en la zona y la discriminación.

Contemporánea: Star Time (Alexander Cassini, 1992)
El único que pareció advertir la relevancia de esta película ultraindependiente en el momento de su estreno fue Jonathan Rosenbaum, que en un texto lúcido y hasta profético publicado en el Chicago Reader la definió como una cruza entre El rey de la comedia y Henry, retrato de un asesino. Pero luego de un recorrido limitadísimo por algunas pocas salas de Estados Unidos Star Time fue a parar al VHS, donde permaneció oculta durante años. Acaso esto tenga que ver con que la película es una mezcla extraña de muchas cosas sin llegar a ser ninguna de ellas. Se apropia de algunos tópicos del cine de terror, particularmente del slasher, pero nunca los termina de abrazar del todo (ahí está parte de su genio: tratar la violencia sin mostrarla explícitamente); tiene intenciones alegóricas e incluso de algún “mensaje”, como el cine de arte más convencional, pero con una narrativa inasible, por momentos lyncheana. Es, acaso sobre todo, una mirada feroz -más urgente que profunda, aunque de ningún modo superficial- sobre los medios que quizá hoy, casi tres décadas más tarde, sea incluso más elocuente. Los medios camuflados detrás de una idea de familia (en famille, repite una y otra vez, en francés, uno de los personajes) para traficar violencia, consumo y sexo. Hace un par de años la editora Vinegar Syndrome -la Criterion Collection del cine marginal- lanzó Star Time en Blu-ray, por lo que de a poco está empezando a atraer la atención que siempre mereció. Yo le encuentro tantas similitudes (la fascinación con la TV, la máscara, la terapeuta, la soledad, la violencia) con Guasón que me sorprende que no se las haya comparado.

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