Captura de Pantalla 2020-07-10 a la(s) 10.24.43 p. m.

Tiempo de lectura: 5 minutosDossier Obras maestras desconocidas/secretas (I)

Guido Segal

El dossier sobre obras maestras secretas/desconocidas tiene ese no sé qué de revelar algo oculto, algo prohibido, el gusto por el escondite, el encuentro con algo clandestino. Por eso se trata de un dossier íntimo y público a la vez, en el que jugamos a pensar listas de películas olvidadas, desconocidas o ningunearas al momento de su estreno y en la posteridad. Aquí les dejamos la primer parte de este dossier. Esperamos que lo disfruten en su integridad.

Por Guido Segal

The Housemaid (Kim Ki-young, 1960)
Taking off (Milos Forman, 1971)
The Swimmer (Frank Perry, 1968)
Little Murders (Alan Arkin, 1971)
The Manuscript found in Zaragoza (Wojciech Has, 1965)
Stone (Sandy Harbutt, 1974)
Canoa (Felipe Cazals, 1976)
Hail (Fred Levinson, 1972)
Report on the party and the guests (Jam Nemec, 1966)
Courage Every Day (Evald Schorm, 1964)

Algunas aclaraciones pertinentes. La historia del cine es inabarcable. Es profunda, ancha, extensa, es casi una masa tan amorfa e infinita como el pasado. Igual que con los saberes específicos a los que entregamos nuestras vidas, cuanto más vemos, más nos damos cuenta de lo que nos falta conocer. Seleccionar maravillas olvidadas es permitirse el mote de conocedor, de especialista. Prefiero desmarcarme de esa categoría. Ni sé tanto como pensaba ni tengo la disciplina del monje para explorar cinematografías por región, país, género o autores ignotos. Sé un poco de todo, devoro desenfrenadamente y en base a extensísimas listas que no paran de crecer, como un Golem o el Pequeño Otik, fábula checa que fue adaptada por Jan Svankmajer donde un bebé de madera pide ser alimentado incesantemente de seres humanos, creciendo hasta la desmesura.

Hablando de República Checa, o más bien Checoslovaquia, notará quien preste atención que la mitad de mis diez elegidas están ligadas a Europa del Este, sobre todo el país mencionado y Polonia. Es uno de mis lugares felices en tiempos de crisis mundial, igual que puede serlo el cine de Rohmer o las películas clase B de yazukas. Entonces, abunda esa cosa medio soviética, medio quijotesca y medio maniática de los cineastas de ex repúblicas europeas comunistas. También impuse una restricción temporal: las diez fueron hechas entre 1960 y 1976, quizás porque ese es el período que más alegrías me trae, y coinciden con una era rica de cine subversivo proveniente de los cuatro puntos cardinales.

Respecto a las tres en las que elijo hacer foco, hay otra factor unificante. Pensé en un cine visceral, donde el malestar intestinal es más potente que la aglutinación que puede dar un relato. Como mucha otra gente, ando cansando de relatos, de la invasión de historias. Pensando en películas que me incomodaron desde el cerebro al intestino, en cine que me dejó transfigurado y afectado en sistemas tan diversos como el digestivo y el nervioso, elegí estas tres. No sé si las películas han sido olvidadas o no, pero seguro dejarán de serlo para quien no las vio o las vio en medio de un festival y se lo borraron de la memoria por exceso de estímulo.  

Clásica: La sang des betes (Georges Franju, 1949)
Diez años antes de su terrorífica Los ojos sin rostro, Franju hizo una película aún mucho más siniestra, quizás en gran medida porque los horrores que refleja son reales. En tan solo 22 minutos, el realizador francés pone en juego una operatoria que años después se volvería habitual, pero no en 1949: mezclar la ingenuidad infantil con lo gore. En pleno período clásico, y apelando a una puesta en escena tradicional, Franju filma lo que Hollywood en ese momento, y quizás más aún al día de hoy, considera tabú. Asistimos a imágenes documentales de un matadero en las afueras parisinas y la cámara no se desvía de esos cuchillos tajeando vacas, abriéndolas como bolsas de arpillera, sus órganos escupidos y creando piletas de sangre sobre los pisos barrosos. El espectáculo es atroz y repulsivo, tan solo atenuado por el uso contrastado del blanco y negro. Parece el sueño húmedo de un vegetariano, dado que lo último que queremos después de ver la película es comer carne. Pero ese no es el punto que Franju quiere hacer. Lo que le importa es mostrarnos que lo lírico y lo siniestro conviven, que hay gente en los márgenes de las ciudades que vive casi tan condenada como los animales a los que masacran para nuestro consumo. El punto de vista infantil no hace más que enrarecer al extremo lo que vemos. Para la niña que relata en off, el lugar del juego es el mismo que el de la muerte, noción mucho más arrolladora si pensamos que el olor a sangre de la Segunda Guerra Mundial aún apestaba en las calles parisinas.

Moderna: Marketa Lazarova (František Vláčil, 1967)
Si hablamos de tintineos en la tripa, pocas películas como esta maravilla pergeñada por František Vláčil. Me atrevería a decir que es la película más medieval que vi en mi vida. Todo en Marketa es confuso, engañoso, sinuoso. El relato se diluye entre los dedos y casi invita a ser consumido como una ensoñación psicodélica donde la vida no vale nada, existir y sufrir son sinónimos y las castas sociales son infranqueables. De aquí se alimentó, sin lugar a dudas, Terrence Malick cuando se decidió por un estilo basado en largos planos secuencia con angular, multiplicidad de puntos de vista y voces en off que tiñen a las imágenes de subjetividad. Es extremadamente osado lo que Vláčil propone: una película de época más preocupada por drogarnos que por entretenernos, una oda religiosa como solo un polaco podría hacer. Al recordar la película, vienen puros estímulos sensoriales: tormentas de nieve que nos hielan los huesos, lobos sucios esperando nuestra muerte para comerse nuestros restos, la textura del barro y la sangre seca en el cuerpo de una mujer recientemente ultrajada por salvajes. No es una experiencia grata, pero sí transformadora. Un viaje en el tiempo canalizado por la perfección técnica. Una enfermedad hecha película que capta el horror absoluto de un período en el tiempo, donde la épica y la lírica se fusionan para hacer del cine una herramienta de verdad que encandila al espectador hasta avasallarlo. 

Contemporánea: Hard to be a God (Aleksey German, 2013)
Me asalta la duda si esta es, técnicamente, una película olvidada. Diría que es más bien una película no lo suficientemente recordada, y que aún si una docena de fanáticos la recuerdan vale la pena volver a hablar de ella, porque sus logros son abundantes. No se me ocurre compañera más perfecta para Marketa Lazarova que ésta, y apostaría mis morlacos que a German estudió esa fuente con suma atención. Estamos, nuevamente, ante un medioevo alienante, en deslumbrante blanco y negro y donde cada paso que da la cámara nos cubre más de barro y tripas. German va más allá que Vláčil en términos de relato e incorpora elementos de ciencia ficción, en un futuro que se parece demasiado al pasado, generando una capa extra de confusión. Soy de los que piensan que ir al cine y no entender nada es bueno. Que por mucho que respeto a la artesanía de un cine clásico bien hecho, quiero que me desafíen al punto de tener que sentarme más adelante en la butaca, mirando fijo a la pantalla como un gato a una mosca. Hard to be a God es una circunferencia sin centro, una pelota que se mueve incesantemente sin permitirnos un punto de anclaje. Cada plano de la película está superpoblado y hay hasta seis acciones simultáneas, donde el foco va y viene sin pausa, donde algo se quema mientras algo chorrea en el otro extremo, alguien muere apuñalado mientras otros brindan, donde la penumbra más absoluta deja lugar a una luz blanca que quema la pupila. Y así por tres horas, sin nunca parar de moverse. Animales, humanos, subhumanos, mutantes y monstruos bailan una danza mecánica y macabra de apariencia infinita. Si el infierno tiene encanto, debe ser muy parecido a esto.

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