La gran ilusión (La Grande Illusion)
Dirigida por Jean Renoir.
Francia, 1937, 113′

Geranios y pesebres

Por Fernando Luis Pujato

Quizá el mejor elogio que haya recibido La gran ilusión es haber sido declarada como el enemigo cinematográfico número uno por Paul Joseph Goebbels. Aunque ya sabemos que el ministro de propaganda de Hitler mentía mucho, esta sentencia, tal vez nunca pronunciada -y en todo caso había que imprimir la leyenda, dixit John Ford- ha llegado hasta nosotros como el eco de algo que jamás ocurrió, pues salvo ese documento propagandístico formalmente impecable e innovador llamado El triunfo de la voluntad (Leni Riefenstahl, 1935), los alemanes nunca filmaron el contra plano del film de Renoir. Además, La Gran Ilusión no tuvo, como podrá adivinarse, ningún efecto ni sobre la conciencia de aquellos que tomaron la decisión de comenzar otro conflicto a escala mundial un cuarto de siglo más tarde. Tampoco tuvo efecto La gran Ilusión sobre la gran mayoría de los cineastas que se dedicaron, y aún se dedican, con cada vez mayor sofisticación técnica y menos imaginación, a mostrar el horror y la enajenación -cuerpos destrozados, mentes desquiciadas, vejámenes de cualquier tipo, torturas de cualquier tipo también- procurando ser más realistas que una realidad sesgada e incompleta compilada en ingentes volúmenes de historia, investigaciones académicas, artículos periodísticos y demás previsibles etcéteras; y en la ya algo desvanecida memoria de los supervivientes, claro. Aunque esto sucedió y, otra vez, sigue sucediendo, sobre todo con la segunda guerra mundial y con las sucesivas invasiones e intervenciones militares llevadas a cabo por el imperio del Norte, sobre estas trémulas bases se ha construido el espectáculo,”…esa generosidad americana de darse en espectáculo para ser amados- el único pueblo en la historia que ha pensado que iba a ser amado-” como bien decía Serge Daney; si bien el caso de la filmografía rusa ha sido bastante diferente, sin olvidar algunos films italianos y algún que otro film iraní y húngaro. Una mirada crítica que será siempre, como cualquiera de los ¿veinte?, ¿treinta? films que podría citar en un recorte arbitrario y haciendo una tarea agotadora no del todo placentera, al menos para el que suscribe.

Entonces, volviendo a la primera guerra, con sus seis imperios y potencias coloniales en algunos casos en pugna: Gran Bretaña, Francia, Rusia, Alemania, Austria-Hungría y el Imperio Otomano, a las que se sumó Italia en 1915 y Estados Unidos en 1917. Con sus diez millones de muertos y veinte millones de heridos entre los combatientes. Y la guerra que se desplaza hacia el este, los éxodos, la hambruna, y luego la guerra civil en Rusia y los conflictos regionales de la posguerra, que podrían haber dejado entre cinco y diez millones de muertos entre la población civil. Con sus seis millones de prisioneros y diez millones de refugiados en toda Europa, principalmente en Rusia, Serbia, Francia, Bélgica, Alemania, y Armenia. Con sus tres millones de viudas y sus seis millones de huérfanos en los países beligerantes. Con todas estas cifras más o menos aproximadas y que todavía siguen siendo objeto de controversia entre los historiadores, por nombrar a gente que se supone seria, ¿qué hacer con esto?: un film imposible, por cierto. ¿Y qué hace Jean Renoir?: un film tan crudo como hermoso. Sin trincheras alambradas con púas y custodiadas con ametralladoras, sin vísceras ni sesos de cráneo desperdigados por el barro y, lo que es más importante, sin absolutamente ninguna explicación psicológica para con ninguna conducta de ninguno de sus personajes que son, por decirlo prontamente, sino adorable,s al menos queribles en el más amplio sentido del término -y el sargento alemán encargado de custodiar la barraca de los prisioneros franceses se lleva todas las palmas aquí-. Todo está ahí, flagrantemente expuesto en formidables planos secuencia con profundidad de campo, salvo la escena en la cual el capitán De Boieldieu distrae a los alemanes para que dos de sus compatriotas se fuguen y al mayor von Rauffenstein no le quede otra salida que disparar a esa solitaria silueta recortada sobre una pared gris de la gris fortaleza a la que había sido trasladado junto a Maréchal y Rosenthal. Estos últimos dos lograrán, después de varios intentos de fuga anteriores, lograr su objetivo y tras una marcha tan cruenta como el gélido invierno depositado en sus abrigos son alojados por una viuda de guerra que también ha perdido a sus hermanos y vive con su pequeña hija en una solitaria granja en algún lugar de Alemania cercano la frontera suiza. Lo que sigue ya lo conocen quienes vieron la película: esa frontera finalmente será cruzada por los dos amigos mientras un pelotón de soldados alemanes disparan un par de veces sin demasiado entusiasmo y el plano abierto se abre aún más convirtiéndose en una panorámica de dos puntos oscuros en el medio de la nieve inmaculada. Fin de la segunda parte de un film que inicia en un bar francés trasladándose inmediatamente a un comedor alemán donde el por entonces capitán von Rauffenstein agasaja con una comida y champagne a De Boieldieu y Maréchal abatidos por la pericia de su accionar aunque la cena deberá esperar pues los dos franceses son trasladados de inmediato a un campo de concentración donde conocerán a Rosenthal y a un grupo variopinto de compatriotas que ocupan su tiempo en la construcción de un túnel para escapar de ese lugar donde no son maltratados por su condición de enemigos sino más bien prisioneros de una guerra que no duraría demasiado en principio pero que se desenvuelve cada día con mayor incertidumbre como cuando suspenden un maravilloso número de cabaret travestidos de mujeres pues en el frente se ha ocupado un puesto importante y comienzan a cantar la Marsellesa hasta que son desalojados por los guardias alemanes y a la mañana siguiente se enteran de que ese puesto a caído nuevamente ante el imperio austro-húngaro pero no tienen tiempo de pensar en esto pues los oficiales son enviados a la gris fortaleza de donde se supone no podrán escapar y el túnel ha sido una pérdida más de esfuerzo que de tiempo.

Se podría seguir describiendo este film en el cual la diferencia entre los espacios no es de grado sino de especie, pues el soberbio registro fílmico de ambos es básicamente el mismo y las grandes batallas y combates son un absoluto fuera de campo. Donde la amistad siempre está presente aun cuando las distintas clases sociales lo atraviesen horizontalmente y no hay lugar para discursos patrióticos pues se trata tan solo de cumplir un deber para con el lugar al que se pertenece. Donde las anécdotas sobre aquello que se ha dejado atrás son mínimas y donde las reglas de convivencia son cumplidas sin mayores esfuerzos. Se podría seguir. No es necesario. Pero sí señalar que la mano izquierda enguantada de von Rauffenstein que cierra delicadamente los ojos de De Boieldieu e inmediatamente se convierte en un puño doblado con la fiereza, unos segundos más tarde tomará la única flor del único geranio existente en toda la fortaleza y ya sabemos -aunque no lo veamos, claro- que será depositado en el lecho de muerte de su par de clase. Pero sí señalar también que la única figura “real” de un improvisado pesebre es la Virgen María, el resto son muñecos bastante mal entrazados, hechos artesanalmente una horas antes de Navidad por Maréchal y Rosenthal -que no eran ni creyentes ni católicos por cierto- aunque a la pequeña niña de ojos azules solo le haya importado levantarse y saber que su pesebre existía.

Arriesgar la vida por unos compatriotas pero también compañeros de ruta y rendir un sentido homenaje a un adversario contingente: los gestos de una aristocracia que vislumbraba su ocaso en el final de esta guerra en la cual se sintieron, por un corto tiempo, privilegiados protagonistas; nunca más volverían a serlo. Confeccionar con torpes manos francesas un improvisado pesebre para una niña alemana huérfana de padre y de tíos: el gesto de otra clase social y de otra fe religiosa que solo deseaban el final de esta guerra absurda en la cual se vieron involucrados sin desearlo ni quererlo; la utopía de una comunión entre razas y credos diferentes. Filmar estos gestos con la vana aunque cegadora ilusión de que no se repitan: el gesto desesperado de uno de los grandes cineastas en la historia del cine. No es un film grandioso La gran ilusión. Es un film desgarradoramente humano.

 

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