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#DossierRefugio – Enredos de Oficina

Por Andres Cappiello

Enredos de Oficina (Office Space)
Estados Unidos, 1999, 89′.
Dirigida por Mike Judge.
Con Ron Livingston, Jennifer Aniston, Gary Cole, Stephen Root, David Herman, Ajay Naidu, y Diedrich Bader.

Guardianes de mi galaxia

Por Leo Gutiérrez

Qué difícil elegir “películas refugio” cuando todo el cine es tu guarida (no) secreta.

Pero es un lindo ejercicio para entender el cine que amamos. O el que nos ama. Y no, mi refugio no son El Acorazado Potemkin, o Vértigo, o El Padrino, o ninguna de esas catedrales perfectas. Mis cubiles son más imperfectos, más terrenales, y tienen más que ver con lo acogedor u hospitalario que puede ofrecer, digamos, una vieja cabaña, o esa desprolija pero entrañable casa con olor a comida casera que llamamos “paterna”. Y también más pequeños: con ese cuarto ahora mohoso donde dormíamos alcanza. En suma, tienen que ver con mi infancia, que es el refugio último de todo (o Rosebud, según esa otra catedral llamada El Ciudadano).

Mi casita arriba del árbol es el cine que me educó y me fue creando techitos, y hasta una aldea donde vivir: las obvias ET, Volver al Futuro, Star Wars, Gremlins o Indiana Jones. Luego vinieron paredes como Qué bello es vivir, Los 400 Golpes, Johnny Guitar, Después de Hora, Butch Cassidy and Sundance Kid, Barry Lyndon, Titanic, Criaturas Celestiales, Las Dos Torres, Los Puentes de Madison, Jackie Brown, Atrápame si Puedes, Capitán de Mar y Guerra, El Aura, Tropic Thunder, Ratatouille, Recursos Humanos, CJ7, Un Oso Rojo, When We Were Kings, Antes del Atardecer, Supercool, Role Models o Boyhood. Y por supuesto, El Día de la Marmota o Annie Hall, esos cimientos.

Pero debo hacer justicia con mis fantasmas guardianes, e invocar a aquellos sobre los que nunca escribo, pero a los que acudo con mayor frecuencia. Y he ahí un Olimpo repleto de dioses, que ostentan diversos poderes y distintos hechizos.

El Protegido me cuida desde el título, y puede conjurar un mal día con Bruce Willis llevando a su mujer dormida por las escaleras con esa fuerza que ¿desconoce? que tiene, o en esa primera y sufrida ¿misión? parado en medio de la estación. Los Goonies dinamita mi melancolía en un segundo, con sólo ver la cara de esos teens mirando un mapa, o con ese beso asmático que cifra todos nuestros ex deseos de enanos enamorados. Far from Heaven me acaricia en una tarde fría, viendo a ellos dos bailando pegados al son de la rockola del bar negro, o ese tren que no termina de pasar jamás. Nazareno Cruz y el Lobo me convence de que todo sufrir amoroso vale –literalmente- la pena, y que el día que vea a alguien como Camero ve -no mira- a Griselda, el mundo será mío. The Deer Hunter me aleja de la soledad con el mejor grupo de amigos jamás filmados, donde la felicidad y la melancolía son ya indiscernibles, elegía de todo lo que alguna vez fue y ya no será. Bridesmaids puede levantarme una depresión a pura risa aunque no quiera, exactamente como hace la gorda Megan con Annie (esa mujer que somos todos), en la mejor escena de “superación” de a historia. Stepbrothers pulveriza mis problemas “adultos” con la misma potencia subversiva con que estos niños eternos que siempre soñamos ser dinamitan esa palabra. Punch Drunk Love me remedia cualquier soledad posible, e incluso el miedo a la soledad eterna, aunque seamos el sujeto más psicótico del mundo, con un par de besos fílmicos (el de las escaleras o ese otro en Hawaii, con esa explosión de musical que todos hemos sentido), o infundirme esa valentía de saber que, de tener a una Lena, me le paro de manos hasta a Hulk.

Pero acá me dicen por cucaracha que tengo que elegir una. Pues bien: mi “shelter from the storm” dylaniano se llama Office Space. Si atravieso una angustia existencial severa, pongo esta maravilla de Judge (apellido perfecto). Todo lo que está mal en el mundo está acá, empezando por el trabajo. El de oficina, burocrático y absurdo, con compañeros desagradables y jefes hijos de puta. Ese que produce pesadillas sobre ir a trabajar, y no con un mostro. Ahí es una película de terror, y lo que vemos es el exorcismo supremo al respecto, a través de ese grupo de cazafantasmas, secundarios estupendos y un amor de esos que –contradiciendo al Sonny de A Bronx´s Tale– solo se vive una vez. La anarquía cómica (y política) de Office Space crece porque, como nosotros, ninguno de ellos es un santo, y lo que la diferencia de una de terror es de índole realista: todos padecimos alguna vez eso. La magia está en resolver de manera fantástica todo ese horror, como en uno de esos cuentos que nos contaban para dejarnos tranquilos. Por eso Peter permanece hipnotizado en el mejor estado posible que puede gozar un humano (que todo te chupe un huevo); o encuentran la venganza perfecta (o casi); o hay un desdichado que padece todas las miserias “permitidas” de esta sociedad para convertirse en el vengador y héroe supremo.

Office Space es mi engrapadora roja y personal contra toda la injusticia del mundo. Secundada, como he dicho, por un ejército de la luz que me produce un “bien de ojo” permanente e infalible.

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