Un mundo de dolor

Por Hernán Schell

Cualquier persona que conozca la obra de Harold Bloom conoce un libro pequeño pero deslumbrante llamado La Religión Americana. Ahí Bloom analiza con detalle las variantes del cristianismo, al menos las más conocidas, y que además hayan surgido en los Estados Unidos: desde los testigos de Jehová, pasando por los mormones, los adventistas del séptimo día y la Ciencia Cristiana. En su prólogo, Bloom se asombra de una cosa, y es que pocas de estas religiones tengan en cuenta la característica más bien oscura del mito crístico: no se trata sólo del sufrimiento de la Pasión o de que el hombre más justo no tenga otro destino que no sea la humillación y el escarnio público, sino también de una metáfora que puede desprenderse de un Padre que manda a su hijo a la cruz. Según Bloom, el mensaje que da Dios con esta idea absurda de llevar a su propio hijo amado a sufrir, es decirle al hombre que la vida es dolor, y que lo que quiere es que aprendamos a compartir el dolor entre nosotros.

Visto así, el mito crístico no suena demasiado naif, y mucho menos optimista, y no sé cuantas películas americanas han dado cuenta de esta naturaleza oscura del propio mito. De seguro no lo hizo el cine de superhéroes, que más de una vez usó la figura de lo crístico para representar un aspecto o una situación vivida por su protagonista. Es inevitable si uno lo piensa. Jesús fue alguien de poderes sobrenaturales que vino a traer justicia a un mundo oscuro. Pensar que un héroe con un superpoder puede tener conexiones con esa figura no es imposible. Este tipo de cuestiones aparece de manera muy explícita, por ejemplo, en Spiderman 2, de Sam Raimi, y las versiones de Superman que hizo Zack Snyder. En estos casos sin embargo, la mirada crística sólo se limita a hablar de lo esperanzador y heroicamente sacrificial de sus personajes. El Protegido, de Shyamalan, es quizás el único caso filmado hasta ahora en donde esta cuestión puede adquirir connotaciones mucho más sofisticadas e inquietantes.

La película está protagonizada por un personaje llamado David Dunn interpretado por Bruce Willis, actor que en los 80 y 90 fue conocido como un héroe del cine de acción y cuyo papel más icónico es el John McClane en Duro de Matar (Die Hard-1988). En El Protegido hace un de un personaje que, al igual que McClane, es difícil de matar, aunque sea esta vez por un don sobrenatural que lo hace prácticamente invulnerable. Su nombre, por otro lado, remite al de tantos otros superhéroes que comparten la misma letra en el nombre y en el apellido (desde Peter Parker, pasando por Sue Storm, Bruce Banner, Reed Richards, Wade Wilson, Stephen Strange, Max Murdoch, Scott Summers y un larguísimo etcétera).

Teniendo en cuenta esto, no es difícil ver que El Protegido tiene un tremendo grado de autoconsciencia, y que trabaja, entre otras cosas, con el propio conocimiento del espectador de los héroes y superhéroes de la cultura popular. Incluso la película se encarga de mostrar que mucha de esta fascinación superheroica nos viene desde chicos; de ahí que el primero de sus planos sea mirando a Dunne en contrapicado (como si el que mirase fuese un nene) y que el propio hijo pequeño de Dunne tenga un papel tan esencial en toda esta película.

Normalmente un relato así tendería a lo paródico o, eventualmente, a lo lúdico. Sin embargo lo anómalo de esta película es que apunta una historia de tono solemne y características trágicas, donde la figura de Dunn exuda frustración, melancolía, sensación de pérdida, desde su escena inicial. De hecho, hay un ritmo tristemente pausado en esta película de superhéroes, con sus personajes de tono cansino, con su escena de rescate resuelta de manera sobria y contenida, discutiendo muchas veces cosas completamente cotidianas que los atormentan (como las charlas que Dunn tiene con su esposa para poder recuperar su matrimonio) y sintiendo hacia el final todo el peso trágico de sus súperpoderes y toda la desgracia de las muertes.

El gran logro de esta película es hacer que esa solemnidad y esa condición trágica no se sienta ridícula ni impostada, sino perfectamente integrada a un verosímil que intenta pensar la figura del superhéroe de la manera más realista y sobria posible. Hoy incluso, El Protegido da la sensación extrañísima de ser una película de superhéroes que relee un género cinematográfico que en su momento ni se había asentado. Si hoy se estrenara, en un contexto como el actual, no sólo seguiría sosteniéndose como una obra maestra, sino que parecería una suerte de caso crepuscular del género de superhéroes, de despedida a un género como lo pudo ser el año pasado la deslumbrante Logan. De hecho, ambas tienen dos puntos  importantísimos en común. El primero de ellos es que son películas de superhéroes donde sus personajes tienen una relación con las historietas del género. Logan lee en varios momentos los cómics de los X-Men; en El Protegido el villano tiene un interés histórico y sobre todo filosófico en el mundo de los superhéroes. En ambos casos también existe este verosímil por el cual los cómics que leen esos personajes son versiones optimistas o pasteurizadas de la realidad que están viviendo.

Por otro lado, tanto Logan como Dunn tienen como rivales a personas que en algún punto funcionan como espejos invertidos  de sus héroes. Mr. Glass por el lado de la película de Shyamalan, el clon salvaje de Logan en el otro. En algún punto, además, ambos interpelan un costado oscuro de ellos que implica la muerte de muchas personas. El clon de Logan parece remitir por un lado al pasado asesino del personaje como empleado de una agencia secreta, pero también parece reflejar esa violencia irrefrenable que fue acarreando incluso en sus actos heroicos. Mr. Glass en cambio es el horror que acarrea el hecho de que Dunn sepa que su némesis es, al mismo tiempo, su creador, y que para que él pueda salvar vidas fueron necesarias muchísimas muertes.

Lo de Logan deriva de una concepción de un personaje que fue presentándose a lo largo de los años. El Wolverine de los X-Men siempre fue un poco eso: un ser salvaje intentando ser un héroe pero dándose cuenta de que la sangre nunca se derrama sola. Al mismo tiempo, Logan también es producto de un género que, al ir madurando, fue cuestionándose cosas, incluso la propia consecuencia que puede tener la violencia ejercida justamente. Son interrogantes a los que muchos géneros similares (como la acción, o el western) han llegado alguna vez.

Lo de El Protegido es otra cosa. Su tono pesimista y lúgubre no vino lógicamente de un género que al momento del estreno de esta película estaba en pleno desarrollo, sino, como señalé al principio de esta nota, del propio mito crístico. Dunn se revela en medio de masacres (la figura superheroica de Dunn aparece por el atentado en el tren;  durante el nacimiento de Cristo,  miles de bebés están siendo masacrados por orden de Herodes) y viene a traer luz a un mundo horrible. Por otro lado, hay algo de naturaleza de mártir en el propio superpoder de Dunn: el aguantar golpes, el someterse a toda clase de dolor sin que esto implique que vaya a ser derribado. Bueno, a esto se le agrega otra habilidad: la de saber los pecados ajenos y sentir el peso doloroso de ese saber. A esto se le suma otra cosa que sólo puede nacer gracias a un villano que lo traiciona. Glass es, en suma, un Judas, pero no el Judas sin matices, sino el Judas que propone Borges en su célebre cuento de Ficciones, y que filma Scorsese en La última tentación de Cristo, un hombre tan hambriento por encontrar la salvación del hombre que es capaz de transformarse en un monstruo y hacer las peores cosas con tal de que emerja un Mesías.

Justamente respecto de esto último, si en algún punto hay algo profundamente inquietante en El Protegido es que hacia el final uno pueda entender perfectamente la desesperación de Glass y su propia caída en la oscuridad y la psicopatía. Será porque en algún punto la película trabaja para mostrarnos un mundo tan espantoso (la cantidad de crímenes y maldades que se ve en esta película es desesperante) que es casi imposible no desear que venga algún salvador como sea. La tragedia de Dunn será justamente el tener que cargar con el peso de esa responsabilidad, renunciar a sus proyectos de una vida sencilla y ordinaria, y darse cuenta también que la única persona que puede comprender este sufrimiento es el mismo al que debe encarcelar.

Ese sufrimiento que explota en el desenlace de El Protegido será el que marca de manera mucho más evidente y ya desde el inicio a su secuela: Fragmentado (Split). Acá se cuenta la historia de Kevin, un hombre que padece personalidades múltiples y guarda en su propia cabeza a 23 personas distintas, más una número 24 apodada La Bestia que posee poderes sobrehumanos. El nivel de locura y osadía de la película es tan grande que muestra que Kevin es alguien que adquiere sus súperpoderes maléficos gracias a traumas relacionados con el abuso infantil. Al mismo tiempo, su némesis en esta película es una chica llamada Casey Cooke (sí, nuevamente nombre y apellido comparten iniciales como los superhéroes, así que uno debería estar atento…), una chica secuestrada por las propias personalidades de Kevin que comparte con el captor un mismo pasado traumático y que parece ser la única interlocutora válida en el cautiverio.

Nuevamente, como en El Protegido, el héroe y su rival tienen un sufrimiento en común y una conexión más profunda que con cualquier otra persona. Pero ahí donde la primera partes de la trilogía (que culminará con la inminente Glass) el dolor era progresivo y explotaba hacia el final, Split propone una película signada, desde el vamos, por la locura y el sufrimiento. Iniciando con un secuestro, contando mediante flashbacks la historia de abusos sufridos por Casey Cooke, y finalizando en un desenlace frustrante y terrible. No obstante, Split no es una película tan angustiante, en buena parte porque este dolor multiplicado termina teniendo también algo de farsesco y humorístico. Fragmentado es después de todo una película con cárceles extremadamente limpias, con un darwinismo disparatado y explicaciones psicológicas ridículas (aunque finalmente ciertas) expuestas con seriedad académica. También una película cuya influencia principal es esa pesadilla cómica (y tremendamente subvalorada) llamada Demente, de Brian de Palma (otro largometraje sobre un secuestro donde el actor principal personifica papeles múltiples).

Así y todo, esta película sigue conservando de El Protegido los elementos bíblicos. Uno, menos evidente, es la obsesión que la película tiene con el número tres (en Fragmentado hay tres muertes, tres mujeres secuestradas, y más de una vez la pantalla se divide en tres partes); número que en la Biblia refiere muchas veces al destino y a la revelación, cuestiones que son de particular importancia en el argumento de Fragmentado. Otra cuestión bíblica -o más específicamente cristiana- más clara en Fragmentado tiene que ver con la esperanza de ver en el dolor y el sufrimiento un camino para la realización o la gracia. Algo que el villano expone claramente en uno de sus monólogos finales y lo que mueve a Casey (junto con su acostumbramiento a ser una víctima) a no querer delatar a su tío acosador con la expectativa de encontrar en su sometimiento algún tipo de fortaleza.

Creo también que hay otro elemento común importantísimo en ambos relatos: su juego con dos tipos de males, el sobrenatural y el terrenal. En Fragmentado hay dos villanos: La Bestia y el tío acosador. Pero mientras el primero tiene algo de fascinante y hasta un gesto piadoso al final, el segundo es un psicópata asqueroso, capaz de destrozarle la vida a su propia sobrina cuando es apenas una nena. El Mr. Glass de El Protegido puede ser un monstruo, pero sus intenciones desesperadas de encontrar un héroe, su agudeza intelectual, le confieren al menos una dignidad. En cambio el otro villano de El Protegido (el hombre que entra en casas para sencillamente matar gente) tiene algo de horrorosamente azaroso en su accionar, de una maldad en estado puro. La diferencia de Glass y La Bestia con el tío abusador y el asesino de familias es bastante evidente: mientras los primeros sólo son concebibles en el espacio de una ficción superheroica, los segundos son tristemente terrenales. En algún punto, esta diferencia de males explica un mismo concepto: que incluso cuando las historias de héroes (sean la de los cómics, las de cine de acción, o la del mito crístico) puedan ser duras, incluso cuando puedan mostrar la arbitrariedad del Mal, la soledad del que busca justicia, la presencia inquietante de una violencia impredecible, siguen siendo versiones más bellas, más tolerables, de la maldad existente.

Nada de esto suena demasiado modesto y liviano para una película de superhéroes, y Shyamalan se ha visto en la necesidad además de que todo termine derivando en una trilogía. El director prepara para el año que viene la película Glass, que reunirá a ese personaje, a Casey Cooke, David Dunn y Kevin en una sola película. Crossover impredecible, teniendo en cuenta que se juntará el espíritu pausado y angustiante de su primera película con el desmesurado de la segunda. En todo caso, con sus ambiciones desmedidas, con su acotada pero potente mitología, puede que Shyamalan en soledad esté haciendo la contracara de Marvel que DC nunca pudo hacer. Un cine de superhéroes más solemne y ampuloso, de narraciones más pausadas y contenido complejo, incómodo, pero que también logre estar a la altura de sus ambiciones inmensas, y en el que la inteligencia no se declame, sino que se vaya decantando de a poco. Si la tercera parte logra mantener el nivel de las dos anteriores, estaremos ante una de las mayores (quizás la mayor) contribución al género de superhéroes que se haya dado hasta ahora. Sino, en el peor de los casos, habremos obtenido dos películas excepcionales. No sería poco.

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