Las heridas

Por Sergio Monsalve

Presente. La era conservadora del Me Too no tiene estómago para digerir la nueva película de Pascual Laugier, Ghostland, estrenada en Caracas por apenas una semana. La corrección del público adocenado y provinciano condenará la intrusión de una tragedia que explora los límites del acoso, el abuso y la corrupción de un ángel. La audiencia pide castigo inmediato y salvación, a cargo de un comando Swat de acción. Pero el pueblo fantasma, de la película, no cree en las soluciones condescendientes que pululan por ahí.

Ghostland debería (aunque dudo que pudiera) proyectarse en un Festival de cine francés con todas las letras. Curadores y espectadores descubrirían así el impacto de una de las propuestas más retadoras del país galo, que quiebra el consenso de lo que en América Latina se conoce y empaqueta como cine cultural francés, que es por regla general un cúmulo de best sellers de autoayuda.

La cinta persigue los objetivos programáticos del director: relatar una situación de cautividad donde una chica sufre la vejación de unos monstruos despiadados. A la joven la visten de muñeca, la olisquean y la torturan. La presa conoce otro contexto, menos idílico, y descubre la realidad de un mundo que no es la fantasía que le cuentan las historias de princesas de la Disney. Ella será la nueva víctima del autor que cambió el panorama del cine francés con la notable Martyrs, película que ha hecho correr ríos de tinta por representar la quintaesencia del extremismo francés, un movimiento de una posición política tan ambigua que choca con la literalidad de sus formas y narrativas. Por eso el extremismo francés no es algo reciente, sino que tiene al menos más de una década encima.

2. Pasado. Asi y todo, suele considerarse que la escuela gala de las mujeres vejadas hasta las lágrimas deriva de la pintura explícita, de la pornografía y de la deshumanización que vino después del existencialismo y de la orgía de 1968, retratando un panorama social que naturaliza la violencia y el stress como cualquier video de Justice. Personalmente creo que el asunto desciende del cruce de la frialdad de Bresson con el portento fantástico de Franju, vislumbrando el parto contemporáneo de una mutación que nació de fusionar las semillas inmortales de La sangre de las Bestias, Los ojos sin rostro y Mouchette. Por eso Bertrand Bonello filma una de las Pickpoket del siglo XXI en la incomprendida Nocturama, lección de cómo sembrar una bomba de extremismo hipster en una París asediada por el karma del terrorismo.

Se dice que aquellos filmes del cuerpo de Claire Denis, Bruno Dumont, Catherine Breillat, Philippe Grandrieux y Leos Carax inspiraron el surgimiento de un cine que leía el ascenso del frente nacional de Le Pen y la debacle de los partidos progresistas, entre baños de sangre, romances bestiales, fugas salvajes, giros hardcore y gritos desesperados de libertad. Pero yo creo también que el planteo de los últimos radicales parisinos ejerce influencia sobre la crudeza de Korine y Von Trier, quienes a su vez dialogan con la sequedad de Haneke, la pasión contrarreformista de Mel Gibson y la irresistible negrura de Verhoeven.

Es importante aclarar que el extremismo francés no debe confundirse con el slasher, el gorno americano, el mondo italiano ni con las pesadillas manieristas del giallo, aunque regenera cada una de las tendencias aludidas bajo el formato de una expresión abstracta que puede/quiere/sabe ser un espejo de las peores taras de la sociedad occidental, sin censura y moral.

Solo por aclarar algunas confusiones posibles: al argentino Gaspar Noé, uno que parte a la tribuna en dos bandos irreconciliables, se le adscribe al subgénero de los carniceros que braman sus miserias en off, solos contra el mundo en espirales irreversibles de locura. El realizador filma la violación de Mónica Belluci en un plano secuencia, antecedido por el rodaje de una cabeza aplastada, con un extintor, en un imperceptible efecto de CGI, provocando la estampida del público hipócrita de Cannes. Juega Noé a hacer la de Buñuel y los surrealistas, al sentir un orgasmo por espantar al discreto encanto de la burguesía. Sin embargo, Gaspar no es un extremista de pura cepa.

3. Uno, dos, ultraviolento. La era del vacío, cartografiada por Mongin y Lipovetksy, adopta una traducción audiovisual en un conjunto de títulos que plasman la extinción de las utopías, y por ende el aporte teórico de la posmodernidad descrita por Lyotard, aunado al estudio de Michael Foucault en Vigilar y Castigar.

En la arqueología del sistema que analizamos, Haute Tension (Alexandre Aja, 2003), Frontière(s)(Xaver Gens, 2007), À l’intérieur (Julien Maury & Alexandre Bustillo, 2007) y Martyrs (Pascal Laugier, 2008) son las piezas clave que recogen mayor cantidad de elogios, críticas y reivindicaciones por resumir el programa de unas imágenes sacrílegas que llegaron para quitar velos y enfrentar tabús con la vehemencia de un Marqués de Sade o la virulencia de un Pasolini en Saló o los 120 días de Sodoma (Pier Paolo Pasolini, 1972), dejando abierta la duda de si son loas o réquiems del fascismo ordinario.

Los personajes del extremismo francés deambulan en laberintos a merced de espectros, cazadores y verdugos que enclaustran a los protagonistas de la trama en prisiones que son metáfora de un tiempo de control, terrorismo, paranoia, odio, miedo a la alteridad y menoscabo de derechos. Habitan las almas en pena del extremismo francés en la síntesis de los panópticos que rodean a la comunidad económica de Europa y al resto del planeta.

El Baudrillard pesimista que habló de la obscenidad y la transparencia del mal, consigue una ilustración en las obras maestras del extremismo francés, cuyos cultores se debaten hoy entre resistir o claudicar ante su respectivo demonio opresor.

Alexander Aja lucha por conservar su Alta tensión en un mainstream que apenas lo emplea de carnada del mercado de las franquicias XXX. Pascual Laugier vuelve con Ghostland a un terreno seguro, reafirmando su independencia, a pesar de los años y de las tentaciones del mainstream.

4. Derivas y límites. Largometrajes como Raw (Julia Ducournau, 2016) y Revenge (Coralie Fargeat, 2017) dan cuenta de la posibilidad de revisitar el filón desde un lugar femenino que escapa del ánimo instrumentador de la campaña del empoderamiento de la mujer, incluso materializando inversiones y desplazamientos productivos sobre subgéneros salvajes como el rape and revenge de los 70s. Y es que el canibalismo y la venganza poseen a la belleza idealizada que cubre las tapas de las revistas y las pasarelas de la alta costura. Ambas propuestas responden a la destrucción de las esperanzas que anidan en la familia, la educación y el paraíso del confort. El infierno es aquí, alrededor de los estándares de los millenials. La publicidad y su íconos son transgredidos con los métodos del mondo y las snuff movies. Al final, las hermosas protagonistas fungen de señuelo del morbo, desnudando visiones dantescas del mapa de las estrellas.

Por lo demás, la laceración física corre pareja a las investigaciones del video arte, del ensayo y de la generación post nueva ola francesa, abocada al estudio de las cicatrices interiores y de las subjetividades heridas. Quizás por todo eso el fenómeno experimenta una obvia fase de transición y depresión, cayendo en el clasicismo del refinamiento arty. Un problema adicional supone la absorción de su estética por parte de los videos de propaganda de ISIS (un tema que requiere un apartado adicional pero sobre el que no hablaremos por ahora).

El destino del extremismo francés lo estamos consumiendo en vivo por las pantallas de la red. Ahora bien, me pregunto si es una onda expansiva como el populismo radical, es cura de la enfermedad o es reflejo de la deriva que nos agobia.

Por lo visto, somos rehenes de un contagio viral.

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