Un lugar en el mundo

Por Ignacio Balbuena

El mumblecore fue un subgénero del cine indie nacido a mediados de los 2000s en el festival SXSW, que se caracterizó por su presupuesto ultra-bajo, su estética lo-fi DIY, y sus historias mínimas de personajes de entre 20 y 30 años, con diálogos improvisados y naturalistas. De allí salieron cineastas como Joe Swanberg, los hermanos Duplass, y Greta Gerwig, todos actores/directores que empezaron haciendo películas de bajo presupuesto y que hoy ya están insertos en la industria mainstream desde hace rato, ya sea en proyectos para HBO y Netflix como Togetherness o Easy, o películas como Drinking Buddies o la multipremiada Lady Bird.
El mumblegore, en cambio, vendría a ser la intersección entre el mumblecore y el cine de terror, no solo en cuanto a ese ethos particular (el approach DIY a la hora de filmar, el bajo presupuesto, el naturalismo y la improvisación) sino también por el entrecruzamiento literal de directores y actores en varias de esas películas, realizadas a finales de los 2000s y la primera mitad de la década. Y exactamente igual que con el mumblecore, el ‘movimiento’ mumblegore se fue disipando a medida que sus figuras más prominentes empezaron a trabajar ya con presupuestos millonarios y a trabajar en proyectos de appeal más masivo.

Hoy en día el terror está atravesando un gran momento: Hay una gran cantidad de opciones, desde terror artie y con aires de sofisticación a películas de culto que siguen a full con la retromanía a lo Stranger Things, a películas mainstream hechas con presupuestos de blockbuster y éxitos de Netflix. Pero llevó tiempo llegar a esto: buena parte de los años 2000 fueron muy pobres en comparación, fundamentalmente debido a la multiplicación de películas de tortura (también conocidas como gorno o torture porn) y el found footage (también conocido como terror documental, del cuál hablamos en esta nota en este mismo dossier) como los géneros predominantes durante varios años. El terror es un género que siempre exprimió a los subgéneros y las tendencias hasta la última gota, sacando películas de presupuestos bajos para maximizar ganancias. Es un esquema que se repite desde Halloween en el ‘78 y la creación del slasher: aparece un caso paradigmático de gran éxito y durante un ciclo de un par de años, la industria se repite hasta el hartazgo. Pasó con Scream y el meta-slasher mezclado con soap opera teen a finales de los ‘90, pasó con  El proyecto Blair Witch a finales de los 90s, que inauguró el cine en primera persona y la moda del found footage que simulaba ser el resultado de grabaciones caseras, que alcanzó su cénit con Actividad Paranormal (para algunos una obra maestra, para otros una hora y media de tedio infinito), y tambiên con el torture porn inaugurado por franquicias como El Juego del Miedo y Hostel. Como en todas las décadas, hay highlights, como la española REC para el caso del found footage, o el más que entretenido ejercicio splatter Cabin Fever de Eli Roth para el gorno. Pero por lo demás, el género estaba medio estancado.

Eventualmente, un grupo de amigos se encargaría de renovarlo, inyectando una bienvenida y necesaria actitud gonzo de filmar como sea, lo que sea. Y de paso, retomar los géneros clásicos y darles una vuelta de tuerca. Es autoconsciente pero no excesivamente meta, sin ambiciones de deconstrucción. Y es sangriento, sí, pero sin la necesidad de recaer en la ultraviolencia como único método para enganchar al espectador. En el mumblegore muchas veces se apunta al shock, pero nunca al schlock, es decir, nunca simplemente recuperar la inversión y pasar a otra cosa. Es barato, pero nunca cínico. Lo cual es comprensible porque gran parte del movimiento mumblegore fueron básicamente pibes que sentían una gran pasión por el género. Y como decíamos recién, por los sub-géneros clásicos. En el catálogo de las películas que podríamos llegar a meter dentro de este subgénero hay thrillers psicológicos, películas de home invasion, zombies, aliens, asesinos enmascarados. Hay sectas y cultos satánicos, demonios y posesión. Y hay, por supuesto, algunos ecos de Carpenter y Romero, reciclados por una sensibilidad millennial apta para el siglo XXI.

Esta diversidad de géneros, y en consecuencia, de películas, directores y actores, hace que sea difícil establecer que es exactamente una película mumblegore y que no. Al menos otros géneros se prestan más fácilmente a la clasificación. La New wave del terror francés también conocida como extremismo francés (movimiento sobre el cual hablamos en este mismo dossier, en esta nota), por ejemplo, son básicamente películas de los años 2000, de origen francés y de una violencia extrema y nihilista. El mumblegore es más difuso y rechaza las definiciones más sencillas. Incluso a veces rechaza su propio nombre. Andrew Bujalski, director fundacional del mumblecore con inclinaciones más arties (filmaba en 16mm en vez de en DV cam) siempre rechazó aquel nombre, simplemente por considerarlo como un término inventado que le era ajeno. Con el mumblegore pasa un poco lo mismo, es difícil que un director se reconozca en ese nombre, salvo quizás en una entrevista hecha hoy en día, en retrospectiva. Más que un subgénero con características estilísticas y argumentales propias, el mumblegore fue más bien un grupo de colaboradores y colaboraciones, con algunas figuras que se destacan.

 

Evan Louis Katz comenzó trabajando con Adam Wingard en algunas películas de bajísimo presupuesto, como Pop Skull (2007), una película de ‘horror psicodélico’ que Wingard y Katz filmaron, con Wingard actuando intoxicado, por apenas 2000 dólares. El gran breakthrough de E.L. Katz vendría con Cheap Thrills, una película de una enorme violencia pero mórbidamente entretenida, que le da sentido a las escenas de tortura y violencia con un humor negrísimo, una justificación plausible (básicamente se pregunta ‘hasta donde llegarías por hacer un poco de guita rápido?’) y una profunda misantropía encarnada en esa performance casi perturbadora de un gran David Koechner.

El mencionado Adam Wingard es probablemente el director más emblemático del género. Es el que mayor éxito obtuvo a nivel comercial, habiendo dirigido ya una película para Netflix y con un blockbuster en camino para el 2020. El caso de Wingard es muy interesante ya que empezó con películas que claramente podríamos interpretar como mumblegore, como el thriller A Horrible Way to Die, película que privilegia la psicología de los personajes y el mood, atmosférico y contenido, y en el que actúa el ícono del mumblecore Joe Swanberg. Sin embargo, con el correr del tiempo, Wingard encontraría una voz propia a través de pastiches retro, como en el thriller You’re Next (2011), que mezcla el subgénero de invasores enmascarados pero lo aplica a una mezcla de comedia negra y drama indie que es a la vez un who’s who de directores/actores del mumblegore, con una Final Girl extraordinaria que es a la vez una subversión del clásico tropo. Si hay otro rasgo que define a este subgénero, es la inversión de la expectativa, acaso motivada por el manejo experto de sus directores en las convenciones del género, y en su capacidad para jugar con ellas para lograr cosas diferentes.

Lo mismo ocurre en el thriller de acción The Guest, que mezcla la música synthwave al estilo Drive con un argumento que es una especie de Halloween meets Terminator, con la scream queen Maika Monroe (la misma de It Follows), enfrentándose a un Dan Stevens tan seductor como intimidante. Wingard incluso se las arregla para mantener su personalidad en proyectos ya definitivamente no indies como una remake de The Blair Witch project original o la adaptación del manga Death Note, una película de Netflix bastante fallida pero visualmente estilizada y con inspiradas elecciones musicales.

Otro director notable en esta banda aparte es Ti West, que hoy en día trabaja en televisión después de haber realizado un par de películas notables, entre ellas House of the Devil, con Greta Gerwig y Jocelin Donahue. Tal vez la idea de una película que haga un pastiche retro con elementos de slasher, ‘satanic panic’ y casas embrujadas, filmado con un look deliberadamente retro no resulta para nada novedoso hoy, luego de infinitas películas de A24 y Blumhouse que explotaron la idea de un terror visual y temáticamente refinado. Pero en 2009 fue definitivamente una rara avis para el género y una bocanada de aire fresco. Si Wingard es una especie de hiper-estilista grasún y post-moderno, el gest de Ti West es repetir los modismos de la época. Filma en 16mm en vez de en video, y usa procedimientos formales propios de la época, como el zoom in + freeze frame, o las típicas tipografías amarillas de las películas de género.

 

En el medio de un cine de terror ampliamente anclado en el gore y la tortura, el suspenso y la anticipación de Ti West fueron bien recibidos en el momento del estreno, y permanece como un punto alto del movimiento mumblegore. Luego de un fracaso estrepitoso en el sistema de estudios realizando una secuela de Cabin Fever, Ti West realizaría dos películas más, The Innkeepers y The Sacrament, en las que volvería a intentar alcanzar los climas y el suspenso de su debut, jugando con otros subgéneros y convenciones, como fantasmas y fanáticos religiosos. Si bien hay méritos en ambas, es recomendable quedarse con su debut.

Nos quejamos del found-footage y su capacidad para generar películas de terror poco inspiradas, casi en piloto automático, pero lo cierto es que el mumblegore encuentra una de sus películas más inspiradas en la saga V/H/S (2012 y 2013), que no es otra que una trilogía de cortos realizados en primera persona. Y acá es quizás donde el género encuentra su mayor posibilidad de expresión y en donde más deviene fiesta, tanto formal (en texturas, en ingenio glitchero y visual a la hora de romper la imagen, en justificaciones para la subjetiva, en guiones cada vez más delirantes) como en el sentido literal: es una especie de reunión de graduados. Están Wingard, West, Joe Swanberg, el guionista recurrente Simon Barrett, David Bruckner, la productora Roxanne Benjamin y varios otros. El ejercicio funcionó a medias la primera vez, dando un resultado desparejo, pero mejora muchísimo en la segunda entrega, con al menos un corto absolutamente extraordinario, aterrador, sangriento y con un final de antología en el segmento Safe Haven de Gareth Evans, director de las películas de super acción The Raid  y The Raid 2, que volvió a demostrar hace poco que se maneja bien con el terror en Apostle, una original de Netflix.

Dije al comienzo de la nota que el terror hoy en día goza de un período de renovación, pero con el éxito sobreviene el riesgo del estancamiento, como en cada década anterior. Con el terror arty ya definitivamente consolidado (en su consenso crítico positivo pero también en su solemnidad, hecho sobre el que escribimos aquí, en este dossier), y con el mainstream empezando a caer en el síndrome de secuelas/precuelas/spinoffs con diminishing returns, el mumblegore es un recordatorio de que el terror necesita cada tanto inyecciones de vitalidad, de la energía y actitud punk que caracterizó a sus pioneros, y de la capacidad de crear tendencias nuevas recurriendo a miradas personales sobregéneros icónicos antes que persiguiendo tendencias y modas. Y naturalmente, como a la hora de abordar cualquier subgénero, muchas cosas nos quedan afuera. Thrillers violentos como Proxy o Blue Ruin, psicológicos como Martha Marcy May Marlene con Elizabeth Olsen, y la película que de alguna manera es la síntesis del mumblecore y su género primo hermano orientado al terror: Baghead, de los hermanos Duplass, un ejemplo de que pasaría si un par de cineastas orientados al naturalismo y la improvisación con actores se deciden a trabajar con las convenciones del slasher. ‘So, it’s…like, a comedy, but also, like, horror’, probablemente dirían Joe Swanberg y Greta Gerwig a la hora de describirla. Mark Duplass incursionaría incluso en el found footage, escribiendo y protagonizando Creep y su secuela, estrenada en 2017, con lo cual la influencia del mumblegore se extiende casi hasta el día de hoy. Nada mal para un movimiento que empezó con un par de adolescentes tratando de ver cómo podrían dejar de ser unos misfits.

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