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Dr. Strange en el Multiverso de la locura

Por Luciano Salgado

Doctor Strange in the Multiverse of Madness
EE.UU., 2022, 126′
Dirigida por Sam Raimi
Con Benedict Cumberbatch, Elizabeth Olsen, Chiwetel Ejiofor, Benedict Wong, Xochitl Gomez, Rachel McAdams, Michael Stuhlbarg, Sheila Atim, Adam Hugill, Ako Mitchell, Momo Yeung, Daniel Swain, Topo Wresniwiro, Eden Nathenson, Vinny Moli, Charlie Norton, David Tse, Patrick Stewart, John Krasinski.

Promesas sobre el bidet

Expectativas. Si bien estamos ante uno de los mejores personajes del MCU -o al menos a uno al que se le ha podido encontrar una vuelta de tuerca suficientemente interesante como para que haya participado en una numerosa cantidad de películas y que siga suscitando interés-, la promesa indicaba que esta segunda entrega de Dr. Strange (que supo tomarse su tiempo para una película en soledad luego de la primera) iba a ser aquella que explotara al máximo las posibilidades de eso que el fandom llama multiverso pero que nosotros podemos llamar un crossover de franquicias. Nada de eso. Desde ese costado, Dr. Strange en el multiverso de la locura resulta en una inmediata decepción. Ojo, contrario a lo que parece, eso puede ser auspicioso. Y es que, exceptuando cierta escena en donde se ponen de manifiesto unos seis personajes nuevos del grupo Illuminati (para quienes no sepan de qué hablo pueden ingresar a este link y desasnarse), la realidad es que en DSEEMDLL de multiversos hay poquito y nada (apenas un par de variables) y de locura también hay bastante menos, ya que los momentos de delirio se pueden contar con los dedos de una mano y se activan cuando entra en acción cierto personaje con capacidades para teletransportarse entre multiversos, algo que la convierte en un arma peligrosa…

Raimi. En DSEEMDLL hay bastante poco de Sam Raimi, un director que con presupuestos casi nulos en comparación con este, supo llevar adelante verdaderas película-montaña rusa, sin reparar en correcciones políticas de turno ni similares. Incluso si la comparamos con las dos primeras entregas del Spiderman del director también hay algo de la contención. Como si Raimi hubiera trocado delirio por espectacularidad. El problema es que, técnicamente, tampoco está lo segundo. Porque el espectáculo aquí no es un asalto a los sentidos, como si sucedía con otras películas de superhéroes. El espectáculo es más bien estático, casi sin emociones…aunque todo el tiempo la película se presta al movimiento. En buena medida, como si su director no supiera administrar narrativamente, al poner todo el tiempo la expectativa situada en escenas más grandes y plagadas de información, lo que hace es homologar las partes de la montaña rusa (presunta). El resultado es curioso y tosco como en las peores formas del mainstream más histérico: todo se mueve para que parezca amesetado. De ahí que no se produce conexión posible con los personajes (exceptuando, quizás, cierta escena cercana al climax, que responde más al backstory previo que a la película que estamos viendo). Es como si Raimi se hubiera olvidado de lo que siempre había caracterizado a su cine: juego, velocidad, alegría, movimiento.

Los cruces y el pop. Ya lo hemos comentado en otras notas en esta revista. Pero lo repetiremos: desde el costado de los formatos y sus posibilidades Marvel está reinventando el mundo de los negocios audiovisuales, cruzando series live action y de animación con largometrajes sin la menor vergüenza, como si la línea divisoria entre cine y tv estuviera completamente estallada. Al mismo tiempo cruza sobre otras franquicias y prueba con su público (el conocedor y el neófito) las posibilidades de éxito y respuesta, como si se tratara de perros de Pavlov a los que se somete a estímulos a partir de los cuales poder llegar a conclusiones de conducta. Desde ese costado Marvel se manifiesta cada vez menos interesado en interactuar con la cultura popular (ese movimiento centrífugo estaba en las primeras entregas de The Avengers) y más en girar sobre su propio centro gravitacional (en un movimiento centrípeto, masturbatorio y endogámico). El resultado es que esos cruces, que podían parecer estimulantes como promesas de futuros narrativos potenciales, terminan siendo el resultado de un movimiento programado en el que la emoción está ausente. Y si algo hacía interesantes a las primeras y mejores pelïculas de Marvel era, justamente, la capacidad de construir con el espectador un universo comùn de referencias culturales que penetraban desde nuestro mundo a la pantalla y desde la pantalla a nuestro mundo. Hoy, por el contrario, aunque parezca al revés, el movimiento es expulsivo. No porque haya que ser un sabelotodo para entender el mundo de relaciones de personajes en Marvel (ahí está Google) sino porque las películas del estudio están perdiendo algo de esa generosidad que las caracterizaba.

Queremos tanto a Wanda, extrañamos al doctor. Como si no hubiera aprendido nada de la magnífica serie What If…, donde los personajes de Marvel se veían realmente jugando entre multiversos y posibilidades infinitas, en DSEEMDLL el susodicho doctor no aprende, no cambia demasiado, no nos permite acompañarlo en su crecimiento y padecimiento. Algo parecido sucede con Wanda Maximof, reformulada acá como villana para ser la Bruja Escarlata, que en realidad debió haber consultado con su prepaga la posibilidad de asesorarse con un psicólogo. Como si los conflictos fueran residuos de un sobreentendido residual ante el cual no hay que hacer más que buscar las películas anteriores y chequear, no jodas, DSEEMDLL nos entrega al automatismo de un género que está comenzando a experimentar un agotamiento prematuro, a 14 años de su concepción moderna, allá por 2008.

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