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Dulces sueños

Por Marcos Rodríguez

Fai bei sogni
Italia, 2016, 132′
Dirigida por Marco Bellocchio.
Con Valerio Mastandrea, Bérénice Bejo, Fabrizio Gifuni, Guido Caprino, Linda Messerklinger, Ferdinando Vetere y Barbara Ronchi.

Ecos lejanos

Marco Bellocchio es un director que cree en la potencia del cine. Por sobre todas las cosas. Sus películas, lo mejor de sus películas, se compone de fogonazos intensos, gigantes, que estallan hasta abarcarlo todo, pero siempre de a secuencias, momentos, composiciones de luz, manejo de la música. Las películas de Bellocchio son enormes, pero distan de ser perfectas. Mejor. Su obra carece de la tersura o la precisión de relojería que podría producir una obra perfecta, lisa, indiscutible. En el mejor de los casos, sus películas más rotundas (la siempre insoslayable I pugni in tasca, pero, ¿por qué no?, también L’ora di religione o Sangue del mio sangue) son las que concentran mayor frecuencia y grado de esa intensidad. También, probablemente, sean las que menos se entiendan: las explosiones se suceden una después de la otra y la trama va naufragando, casi irrelevante. La potencia del cine, nos dice Bellocchio, no está después de todo en la narración. Difícil explicar dónde radica, difícil definir cómo es que Bellocchio logra muchas veces (sobre todo en esta, su última etapa más “clásica”) generar un cine tan hipnótico con elementos más bien escasos.

Dulces sueños se encuentra entre sus películas que, digamos, “más se entienden”. Incluso a pesar del vaivén de flashbacks (o tal vez flashfowards), las precisiones temporales, la linealidad, la cuidadosa construcción dramática componen algo que se parece a una película más normal. Tiene una superficie. Hay una historia real por detrás, lo cual podría explicar ciertos detalles y precisiones no del todo relevantes. Por debajo de esa superficie, su estructura se parece más bien a la de Bella addormentata: una especie de ensayo en el que un tema único se explora desde diferentes ángulos. En este caso (como en tantas otras películas de Bellocchio), la madre. El devenir del niño sin madre nos va mostrando, en diferentes épocas y circunstancias, diferentes madres y distintas relaciones niño-madre: la madre maniaco depresiva que no podremos olvidar, la madre Emmanuelle Devos fuertemente sexualizada, la madre desangrada en el piso y el niño que juega jueguitos, la madre curadora, la madre señora/bruja. Todas componen piezas de un retrato amplio, escurridizo, que incluye desde el sentimentalismo hasta la ironía, desde la manipulación hasta la protección más desinteresada y errónea.

Es notable cómo Bellocchio construye en Dulces sueños una película en la que las palabras van en contra de lo que vemos, donde los diálogos dicen una cosa mientras las imágenes dicen otra. La muerte de la madre de Massimo no solo genera un clima de desprotección y angustia que el personaje no logra superar hasta pasados los cuarenta, sino que genera al interior de la película una tensión evidente pero callada: el dolor por la muerte de la madre oculta la verdad sobre cómo murió. Todos, menos Massimo, saben lo que pasó y actúan de acuerdo a ello. Pero nadie lo dice. Massimo lo niega. Su padre miente. Lo vemos pero no lo escuchamos: la ausencia de la madre es más terrible que una simple muerte por “infarto fulminante”. Es más vasta y parece abarcar el cosmos (ese que vemos en la clase de astronomía del padre interpretado por Roberto Herlitzka, una de las secuencias cumbre de la película). La angustia que corroe el corazón Dulces sueños no se dice pero está replicada con ecos diferentes, distorsionados, punzantes.

El desafío con Bellocchio es que no se puede sino amar sus películas: uno se entrega con pasión o, simplemente, le pasa por el costado. Una película de Bellocchio no convence, no gana de a poco, nunca es razonablemente buena o moderadamente mala. No es, tampoco, rutinaria. Quien crea percibir pereza, virtudes pero problemas, no vio, no llegó a percibir lo que Bellocchio podía ofrecer. Quien sintió la sacudida no percibirá ya las asperezas. O, más bien, sabe (porque acaba de vivirlo) que cuando uno se topa con la potencia del cine, ese algo fulgurante que solo el cine puede ofrecer, lo demás no importa demasiado.

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