El amor menos pensado
Argentina, 2018, 136′
Dirigida por Juan Vera.
Con Ricardo Darín, Mercedes Morán, Claudia Fontán, Luis Rubio, Andrea Pietra, Jean Pierre Noher, Claudia Lapacó, Chico Novarro, Gabriel Corrado, Andrea Politti, Andrés Gil, Mariú Fernández, Norman Briski y Juan Minujín.

Pedazos y artificios

Por Hernán Schell

Me cuesta entender a una película como El Amor menos pensado. No hablo de no entender sus personajes y su historia; me preocupa no entender bien para qué están ciertas cosas en la película. Veamos: ni bien empieza este largometraje, escuchamos a Marcos (Ricardo Darín) leyendo un pasaje de Moby Dick y luego de esto mirando a la cámara, como interpelando al público. El acto de mirar a la cámara no lo hará solamente el personaje de Darín, sino el de Mercedes Morán (Ana), quien más o menos a los quince minutos girará su cabeza hacia el público y hablará del comienzo de su vida de soltera. Mirar a la cámara no suele ser en el cine cualquier cosa, y muchas veces es usado con un sentido específico. Un ejemplo conocido: en Annie Hall, de Woody Allen, el protagonista mira a la cámara en varias situaciones, incluyendo el comienzo del relato. Allí mirar a la cámara implica muchas cosas: la egolatría de un protagonista que tras sus neurosis esconde, también, un ego importante y algo inmaduro; la influencia que la rutina de stand up tiene en el desarrollo de este film; pero también la tensión permanente que hay en aquella película entre lo cotidiano y lo artificial. En El Amor menos pensado, en cambio, los dos protagonistas miran a la cámara apenas una vez en todo el largometraje, y ese acto parece más un recurso efectista, un gesto aislado, una necesidad de hacer algo distinto que un recurso con un sentido dramático realmente significativo.

Se me tildará de detallista y obsesivo, de señalar problemas menores. Pero no lo son (así como yo no soy detallista ni obsesivo). Y esto se debe a que hay algo de deshilachado en esta película de ideas (algunas de ellas interesantes y ocasionalmente muy buenas) que empiezan y después se abandonan, de recursos interesantes que no terminan de resolverse como debieran, o que parecen salidos de otras películas. Un caso paradigmático de esto son los personajes de Luis Rubio y Andrea Politti. Uno es un hombre casado desde hace años que tiene una amante desde hace cinco, y es también el mejor amigo de Marcos. La otra es una primera cita que tendrá Marcos tras su separación de Ana. Tanto el personaje de Rubio como el de Politti tienen situaciones ingeniosas, y ellos funcionan de modo extraordinario en términos actorales, (Rubio sobre todo). No obstante, hay algo que hace ruido en los dos personajes: mientras uno está en un registro más sobrio, otro está en uno más grotesco, y las situaciones cómicas de cada uno son muy distintas. Ahí donde en uno se juega para el lado de un humor más posible y cotidiano, el otro sumerge a Marcos en una situación excéntrica. El problema, sin embargo, no es sólo ese, sino que también son personajes que están muy poco en pantalla, haciendo que los mismos no se desarrollen y las distintas situaciones o relaciones que puedan tener con Marcos sean aisladas. Los mismo pasa con casi todos los personajes: desde el ex compañero de la secundaria de Ana interpretado por Gabriel Corrado, el excéntrico vendedor de perfumes que interpreta Juan Minujín, el hombre autodefinido como aburrido que hace Jean Pierre Noher, y varios más. Aparecen y desaparecen de la trama y están hechos más que nada para mostrar las distintas vivencias de los personajes; y muchas veces llaman más la atención por lo conocido del actor que los interpreta (esta película acumula estrellas argentinas como si fuesen figuritas para llenar un álbum) que por la relevancia del personaje en sí .

 

En el mejor de los casos, esto es producto de una película que quiere mostrar las muchas idas y vueltas que atraviesan Ana y Marcos para finalmente volver a encontrarse. Esta es, después de todo, una comedia de rematrimonio, y en esa clase de comedias, la idea central radica en mostrar a dos personas maduras que se divorcian y tienen que vivir muchas, muchísimas experiencias para al fin, después de un largo recorrido, volver a encontrarse. Esto último, sin ir más lejos, podría explicar su excesiva duración. No tanto por que dure 135´(cosa que no es habitual en una comedia romántica), sino porque en pocas películas se nota tanto todo aquello sobre lo que se pudo haber prescindido (aquí hablamos de varias escenas) para hacer algo más económico, al menos narrativamente hablando. En concreto, el problema no es en sí que enfrentemos muchas situaciones, sino que varias de ellas pudieron haberse interrumpido sin que esto alterara en lo más mínimo el desarrollo de la historia. Quizás en algún punto esto genera la sensación que nos provoca esta película: más que un relato uniforme, parece una sucesión de situaciones muchas veces inconexas en la que se alternan momentos cómicos más o menos logrados con otros dramáticos que, en general, carecen de efectividad. El ejemplo más contundente lo dan los momentos en los que Ana y Marcos hablan con sus respectivos progenitores. Marcos, con su padre, interpretado por Norman Brisky, y Ana con su madre, quien se encuentra feliz luego de haberse enamorado pasados los 80 años. Hay en estas escenas algo fuertemente irritante, que parece salido de un episodio de autoayuda donde alguien mayor le da una lección de vida a una persona más joven, a veces, incluso, como en el caso de Brisky, mediante un relato aleccionador sobre la necesidad de aferrarse a la vida. Son momentos discursivos a los que no puedo denominar de otra forma más que vergonzantes. Pero además nos llevan a otro de los grandes problemas de esta película: sus diálogos removidos y explicativos a más no poder.

En El amor menos pensado, los diálogos en cuestión suenan demasiado artificiales. Más de una vez parecen puestos para que nos ubiquemos temporalmente en cuánto tiempo pasó. Así es como, en medio de una conversación, tal o cual personaje le recuerda a Marcos que está separado de Ana hace X cantidad de años. El recurso está dado básicamente para que uno como espectador pueda ubicarse espacio-temporalmente en una película llena de elipsis bruscas. Sin embargo, se nota tanto este recurso, que termina atentando contra la naturalidad de la escena. Peor aún son esos momentos en los que un personaje X empieza a impartir discursos altisonantes, tal y como pasa en la escena de la ruptura del personaje de Andrea Pietra y Darín. Allí, en lugar de asistir a una escena de ruptura creíble donde dos personajes comienzan a pelearse, vemos como Pietra comienza a describir a Marcos como alguien cuyo discurso no coincide en nada con sus acciones, o siquiera con sus intenciones. No lo hace como una acusación de hipocresía en un momento de enojo, sino como una suerte análisis frío acera de las verdaderas motivaciones del personaje de Darín, como si el personaje de Pietra más que su novia fuera su psicoanalista. O como si fuera la guionista, casi explicándolo a la audiencia.

Cuando uno llega al final de la película, esta cualidad artificiosa, escasamente creíble, no hace otra cosa que acentuarse, cuando en un film cuyas elipsis y situaciones que intentaban mostrar una comedia romántica madura y distinta, termina desembocando en un cliché de comedia romántica berreta de Hollywood (del actual, aclaremos) con una imagen final que parece tomada de un aviso de un banco. Son personajes que parecen salidos de un espacio imposible de reconocer, uno en el cual un profesor de literatura y una empleada de una agencia de marketing pueden ser dueños de un departamento gigante y tener un pasar económico holgado con amigos en situaciones igualmente privilegiadas. Supuestamente, ese país se llama Argentina, y el esfuerzo que tiene que hacer uno como espectador para creerlo por dos horas y cuarto es sencillamente hercúleo.

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