El atelier (L’atelier)
Francia, 2017, 113′
Dirigida por Laurent Cantet.
Con Marina Foïs, Matthieu Lucci, Warda Rammach, Issam Talbi, Florian Beaujean y Mamadou Doumbia.

Todo muy lindo

Por Marcos Rodriguez

La banalidad que campea en El Atelier nos sale al cruce desde su primera imagen. Apenas arranca la película lo primero que vemos es un plano de un videojuego, en el que un personaje vagamente fantástico camina por la cima de una montaña nevada, al parecer sin rumbo, y en algún momento, sin razón aparente, sacude su arma (una espada) en el aire y sigue caminando. Videojuego. Los jóvenes juegan videojuegos. Más adelante vamos a escuchar al protagonista de la película, Antoine, decir que su actividad más frecuente durante el día es simplemente salir a caminar por el pueblo, sin rumbo, solo. Antoine, suponemos, era quien jugaba aquel videojuego inicial; lo vemos en otro momento jugar en plano, aunque también vemos a varios de sus amigos enfrascados en videojuegos, porque, se sabe, eso es lo que hacen los jóvenes. Y así, lo que parecía una imagen banal puesta en la puerta de entrada por un “hombre mayor/inteligente” que lo mejor y primero que tiene para mostrar de su personaje es que juega videojuegos, por obra y gracia de una operación cinematográfica se vuelve también metáfora. Metáfora de lo que igual se dice y se muestra de forma explícita (como, por ejemplo, cuando Antoine camina por el borde de un acantilado y dispara con su arma al aire, sin motivo aparente).

Antoine es un adolescente. Su profesora, una escritora de novelas policiales, en un momento se da cuenta de que tiene dificultades para crear un personaje adolescente fuerte o creíble para su próxima novela, y entonces tiene la brillante idea de entrevistar a Antoine, que lo tiene ahí a mano y, sabemos, es un adolescente. Y es un adolescente todo lo adolescente que se puede ser. La mirada de viejo culturoso que se asombra frente a la juventud de hoy en día podría ser menos irritante si no estuviera, además, cargada de “temas importantes de hoy en día”. Porque Antoine no solo es un adolescente lleno de ira, al cual recurrir cuando uno tiene problemas para perfilar un personaje de adolescente lleno de ira, sino que además es un adolescente lleno de ira que juega videojuegos violentos y que parece ser de filo derecha y que tiene “problemas” y que viene de un contexto “complicado” y al cual le gusta jugar con armas y que es medio racista y que no tiene problemas para imaginarse como el asesino de una novela que está escribiendo en el famoso atelier, lo cual, al parecer, es evidencia simple y directa de que es prácticamente un asesino nazi en potencia.

Pero los progres son piolas, ojo. No se trata solo de que armamos películas con estereotipos seleccionados a gusto y conveniencia y después nos escandalizamos. En un momento de la trama, cuando la profesora empieza a estar medio cachonda/asustada por Antoine, decide meterse en su página de Facebook (eso que usan los jóvenes: las redes sociales) y le chusmea el perfil a Antoine y a su primo, el simpatizante de extrema derecha. Es entonces cuando la profesora empieza a confirmar sus sospechas de que Antoine es un adolescente solitario lleno de ira al cual le gusta la violencia y que seguramente es un asesino en potencia, y prácticamente se lo dice. Y Antoine se enoja, obvio. Hasta los personajes puestos en las obras de arte para denunciar ideas con las que no estamos de acuerdo (tal como define la profesora la “función del arte”) tienen un poco de dignidad y se levantan de la mesa cuando les salen con semejante acumulación de prejuicios atados con hilo y moño para definirnos. Pero después hay una vuelta de tuerca en la que parece que la cosa se pone de suspenso (ponele que pasa algo) y parece que se va a confirmar lo que todos ya sabíamos sobre Antoine, pero después no. Porque, ojo, los progres no somos prejuiciosos, los prejuiciosos son los demás y nosotros somos re piolas y te mostramos lo desprejuiciados que somos. Y entonces hay otra vuelta de tuerca y Antoine los deja a todos pagando. ¿Habrá sido que el arte lo cambió? ¿Será que el haber estado respirando tan de cerca el mismo aire que su profesora parisina intelectual hizo que se avispara un poco? ¿Será que como lo vimos nadar mucho y mirar al vacío en realidad este era un personaje “con profundidad”?

Difícil saberlo. Pero a pesar de ese final con su volantazo, a pesar de los momentos en los que vemos al personaje luchar con sus propias palabras para tratar de explicar lo que piensa y opina (hay más por detrás de la simple apariencia), el hecho es que Cantet se pasa buena parte de las casi dos horas de El atelier definiendo a su personaje como se acumulan posteos en Facebook. Siempre con imágenes muy lindas.

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