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Tiempo de lectura: 4 minutosEl conjuro: El diablo me obligó a hacerlo

Por Luciano Salgado

The Conjuring: The Devil Made Me Do It
EE.UU., 2021, 112′
Dirigida por Michael Chaves
Con Vera FarmigaPatrick WilsonRuairi O’ConnorSarah Catherine HookJulian HilliardJohn NobleEugenie BondurantShannon KookRonnie Gene BlevinsKeith Arthur BoldenSteve CoulterVince PisaniIngrid BisuAndrea AndradeAshley LeConte CampbellSterling JerinsPaul WilsonCharlene AmoiaMitchell HoogMegan BrownDavis OsborneNicholas Massouh

Hogar, dulce hogar

No, estimado lector. No se deje engañar por el hermoso plano que ilustra esta nota. Casi nada de esa promesa inicial se sostiene sobre el resto de El conjuro: el diablo me obligó a hacerlo. Está mal? No necesariamente. La película fue castigada por el prologo cuando las dos partes previas de la trilogía hacía exactamente lo mismo: contextualizaban al matrimonio en casos precedentes, a modo de construcción indicial, pero no necesariamente de continuidad narrativa. Quizás sea por eso que en esta tercer entrega molesta: porque la promesa de conexión con lo que prosigue parece mucho más clara, no obstante la relación termina siendo un poco vaga, la presencia diabólica en cuestión se reduce a un mero anzuelo (la responsabilidad no viene por el lado del diablo, apenas por parte de una satanista) y la centralidad presunta del protagonista es la excusa perfecta para narrar un paso más en la relación entrañable entre los Warren. De hecho hay conjuros, si. Pero hay más de película de detectives que indagan hechos sobrenaturales (como si se tratara de un X-Files retro) antes que de una película estrictamente de terror, que en esta caso brilla por su ausencia, incluso en los momentos de previsibles jump-scares.

El conjuro: el diablo me obligó a hacerlo (de aquí en más te llamaremos EC3, pequeña) es, igualmente, una película valiosa. Pero no por su trama ni por su capacidad para imaginar terrores (algo que a Wan le funcionaba muy bien en las entregas previas, pero que aquí ha querido mantener a fuego bajo acaso para volver en una cuarta entrega con los laureles intactos), sino por sus personajes. “El matrimonio evoluciona, dice ud?”. No, estimado lector: el matrimonio sigue igualito de querible, entregándose cuotas infinitas de amor y cuidado mutuo. “Entonces no evoluciona un pomo si siguen haciendo lo mismo de siempre sin cambiar!” podrán retrucarme otros lectores. No, en esta película no lo hace. Pero esta película nos permite ver, quizás por primera vez (y esto no es un acierto de Chaves como director sino de Wan como responsable de la historia) la idea que siempre funcionó debajo de la trilogía (algo sobre lo que hablamos en varias ocasiones con Federico Karstulovich y que ya sugería en la nota publicada en la revista sobre la segunda parte, como pueden leer por aquí), que es la posibilidad de pensar a la trilogía como una serie de películas sobre la evolución de la vida en pareja y la posibilidad de construcción de una familia antes que una serie de films sobre posesiones.

KHE DICE?

Si, estimado lector, no se exalte: la tercer entrega de la saga de El conjuro no juega al azar. Tiene un plan más grande y potente. Si bien es cierto que los personajes no expresan una evolución contundente y que al final de cada película manifiestan una estabilidad envidiable. Pero el punto no es quedarse con la foto, sino ver la evolución de esa película invisible que conecta a las tres. En la primera observamos a un matrimonio que se afirma en la base de su familia a partir de la constatación de otra familia que pierde su centro; en la segunda entrega el matrimonio observa a una familia construida por madre e hijos -no casualmente la presencia paternal la trae el personaje de Ed Warren – pero en donde el matrimonio se ve puesto en cuestión de forma manifiesta por primera vez; finalmente en esta tercera -habiendo mediado la mas que aceptable Annabelle viene a casa (sobre la que escribió mi amigo GSS en esta nota), en donde los problemas se generan por la ausencia de los padres, otra vez-, en donde vemos una familia en la que los padres no existen, en donde todo está sostenido por pinzas, con un voluntarismo de hierro pero que no es suficiente. Hay, si ponemos atención, una doble inscripción de lo familiar en la saga: las familias a las que el matrimonio Warren acuden para “salvar” y el propio matrimonio, sujeto a conflictos que debe enfrentar pero frente a los cuales logra salir airoso. La saga es, en su aliento neoclásico, una de las pocas películas del género que se haya propuesto recientemente volver al seno de la familia como punto de partida del horror (tan Robin Wood esto!) pero a su vez como objeto de una mirada normativa y reguladora.

Nos molesta que se produzca esa regulación? Si vamos a correr a EC3 por izquierda, si. “Porque sus valores conservadores nos retrotraen a un cine de hace mas de cuatro décadas”. So what? Si la vamos a correr por su condición retroexplotation que juega a interconectar con la cinefilia del género, entonces tenemos que arrasar con buena parte de la producción de los últimos…20 años, como mínimo. Si le vamos a pegar por el costado catártico, es cierto: se trata de la entrega más floja de las tres que el universo de El conjuro ha legitimado (todos los spin-off que se han desplegado han corrido una suerte disímil y en varios casos vergonzante). Si la vamos a correr por el costado de la evolución de sus personajes, también, es cierto: no hay una evolución visible que nos permita percibir un cambio notable. Pero lo que sí hay es una idea, acaso todavía pendiente de pegar un salto real, que afecte al mismo matrimonio, que exceda a los casos-excusa. Y quizás en ese momento estemos en condiciones de enfrentarnos a una saga que haga estallar a la familia, el matrimonio y la estabilidad del hogar. Todo está por escribirse. Y EC3 es, verdaderamente, una transición. Habrá que esperar.

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