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Tiempo de lectura: 3 minutosEl Culpable

Por Luciano Salgado

The Guilty
EE.UU., 2021, 89′
Dirigida por Antoine Fuqua
Con Jake Gyllenhaal, Adrian Martinez, Christina Vidal, Eli Goree, David Castaneda, Oscar Balderrama, Becky Wu, Bret Porter. Voz:Riley Keough, Peter Sarsgaard, Ethan Hawke, Paul Dano

El espejo y la torta

Se ha querido establecer paralelismos (desde su homónimo original, la película danesa La culpa, cuya reseña pueden leer en este link) entre El Culpable y una presunta diversidad de referencias que oscilan entre el cine de Alfred Hitchcock, el de Brian De Palma, el de Dario Argento (e incluso el de Michael Powell), el cine de William Friedkin o incluso el de Paul Schrader. Pero como cada película es un mundo, con las referencias, con los diálogos intertextuales, excepto que sean expresos y directos, es decir, voluntarios, no hacemos nada. Por eso a las películas hay que pensarlas desde cero, porque como sentenciaba Francois Truffaut, todas nacen iguales. Y merecen su derecho de origen a la escucha y al visionado. Por eso entrar a esta remake de la mano de las influencias y de las comparaciones puede ser fácil, puede parecer sofisticado, pero en el fondo se siente como un ejercicio ocioso.

El juego al que juega Antoine Fuqua es más viejo que el mundo. Tan viejo que rememora a las antiguas tragedias, con su peso determinante puesto en la mirada, en el saber y en la escucha. Desde esta perspectiva, nada de lo que cuenta el director es muy distinto a los casos que pueden multiplicarse en las referencias que hemos decidido ignorar convenientemente (aunque hay una que no fue mencionada, asumo porque es un director que se mofa expresamente de la solemnidad galopante que si expresa El culpable: hablo del gran Larry Cohen y sus guiones endiablados que enmarañan el verosimil hasta lo insiportable…y me refiero en particular a Phone Booth y a Celular, que son también películas sobre saberes auditivos), por eso concentrémonos en lo que la película construye figurativa y literalmente: un laberinto de espejos deformantes.

El sistema moral que propone Fuqua también está lejos de ser nuevo: la revelación moral, la purga, la redención no son nuevos (ni siquiera lo son en su propia obra, que ha planteado instancias más complejas e interesantes en los derroteros morales de sus personajes vd. Dia de entrenamiento, en donde el camino recorrido es inverso: del dîa a la noche), por eso quedarse en el juego de espejos en el que los inocentes son culpables y los culpables son inocentes es también una manera de quedar prendados al aspecto menos interesante de la película: la sacrosanta necesidad de pontificar un statement (algo que, perdón que lo diga, no estaba en la original: aquella portaba una atemporalidad que el director deja por el piso en esta versión, que todo el tiempo tiene que recordarnos que lo que sucede sucede en el presente). En su juego de espejos, cuando precisa acercarse a los principios del realismo (implicancias del contexto espaciotemporal determinando las acciones de los personajes en un recorte socio-histórico-geográfico) es cuando la condición abstracta de la tragedia pierde cualquier potencial peso.

En cierta medida, El culpable no es una película sobre la moral. Ni siquiera juega sádicamente con nuestra perspectiva frente a los hechos (Fuqua no es Tarantino tampoco). Lo que si sucede es que se nos pone en una perspectiva lateral a los hechos. Contario a lo que parece pretender, lo que presupone ese movimiento no es una inmersión en los hechos, sino en una toma de distancia constante de ese policía que se excede en su rol por todos los medios posibles (“oh, si si: un exceso lleva a otro” puede escucharse como un susurro que emerge de la película). En este sentido resulta más interesante pensar al film de Fuqua por su relación con el sistema de representaciones (las que quedan fuera de campo gracias a la escucha, las que imagina en breves inserts) que por sus conclusiones, que se erigen como una necesidad autoimpuesta.

Pero hay un segundo y último gran problema en El culpable. Me refiero a la necesidad de construir la máscara que hace del personaje de Joe (Jake Gyllenhall en otra sobreactuación innecesaria). A diferencia de su original (dije que no lo iba a hacer, pero prometo que es la última alusión) esa máscara está plagada de información que debemos actualizar para que la película funcione narrativamente: se trata de un sujeto inestable, violento, intratable y con tendencias autodestructivas. En la original, en cambio, esa máscara era casi bressoniana, porque nunca podíamos acceder a la profundidad de esa cabeza hecha pelota que se resguardaba en el cráneo frio y analítico de la escucha.

En El culpable la puesta en escena recibe un atentado constante de parte del psicologismo más elemental, que convierte a la inestabilidad de su protagonista en el responsable expreso de sus delirios interpretativos. Afortunadamente no se trata de un juego de “finalmente todo estaba en su imaginación”, sino de un juego de espejos que visualmente despliega una confianza en el cine y en los sonidos, algo que el guión de Pizzolatto boicotea sistemáticamente.

Al finalizar, contrario a lo que sucede en muchas de las películas que inspiran a El culpable, lo único que es seguro es el discurso sentencioso contra el cine y con el mundo como perfecto espejo, que como quería Hitchcock, es menos preferible que el pedazo de torta.

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