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Tiempo de lectura: 3 minutosEl hombre invisible

Ludmila Ferreri

El hombre invisible (The Invisible Man)
EE.UU.-Australia, 2020, 124′
Dirigida por Leigh Whannell.
Con Elisabeth Moss, Oliver Jackson-Cohen, Aldis Hodge, Storm Reid, Harriet Dyer, Michael Dorman y Benedict Hardie.

Adiós a la superficie

Por Ludmila Ferreri

Había que retrotraerse a esas caracterizaciones del positivismo decimonónico y sus alegorías poco elegantes (la famosa mano invisible del mercado capitalista) para encontrarle la vuelta contemporánea a una fàbula multifacética y polisémica. De hecho, creo que la serie Unbelievable le ganó de mano a la hora de configurar un villano invisible para la policía pero bien concreto y existente para sus víctimas. Por eso frente a los primeros minutos de pasada nos damos cuenta que Wells es apenas una excusa lateral, secundaria, casi menor, para hablar en presente. Quizás ese sea el principal problema de El hombre invisible: que en el fondo no cree en la materialidad de lo que narra sino que está mucho mas pendiente y atenta del giro apropiado(r) de la adaptación, a la importancia de las profundidades antes que a los juegos de la literalidad y la superficie de los géneros. Claro está, la pregunta que se impone es otra: había otra forma de contar la vieja historia pero sin repetir pelos ni señales y al mismo tiempo interpelar a un espectador potencial y nuevo, es decir, un espectador contemporáneo? Entiendo que cumplir con ambas intenciones construía un camino sinuoso y estrecho, con pocas alternativas. Pero el problema no está en la adaptación en si (que mas bien debe ser entendida como una versión libre) sino en el modo en el cual la película le habla al género con el que dialoga y al presente. Ahí se produce una operación distintiva: decir y no decir, decir y esconderse.

La particularidad de El hombre invisible versión 2020 radica en su manera de aludir al tiempo actual pero sin denominarlo. Como si el presente no hablara desde las palabras (no oiremos femicidio, ni machismo ni conductas violentas del patriarcado) sino desde sus metàforas mas elementales. Por eso el hombre invisible es elegante visualmente cuando se abstrae pero banal cuando se encarna en metàforas de rigor. Por eso su bajada de línea sobre las formas de violencia machista no se hace evidente desde lo verbalizado pero si es una presencia constante desde la operación figurativa. Porque ese hombre invisible que la película construye no es una particularidad ni un caso aislado, sino que parece orientarse decididamente a erigirse como gran metáfora de las formas de la violencia patriarcal que no son registradas, observadas, atendidas ni por autoridades, ni por familia ni amigos. En rigor de verdad, cuando esa abstracción juega al thriller paranoico-terror psicológico la película avanza con cierta profesionalidad, porque son sus imágenes y la potencia de los encuadres vacíos y los paseos aquello que nos guía por el universo alucinado (a primera vista, claro) de la protagonista. Pero cuando la abstracción da paso a la figura, cuando el componente material cede su entrada al rasgo ideológico es cuando la película experimenta un cambio del cual no puede volver. Y nuestros ojos no pueden sino observar lo que está más allá de la superficie de placer que nos suelen proporcionar los géneros con su suspensión de la incredulidad.

Cuando El hombre invisible deja de confiar en la ambigüedad para convertirse en un film de denuncia, de señalamiento, una película sobre «temas importantes», es cuando pierde sustancialmente todo aquello que había sabido construir con inteligencia visual y auditiva durante buena parte de la primer hora. Cuando la víctima deja de ser una persona sometida a su locura o a una persecución de parte de un psicópata científico o simplemente es asediada por un fantasma, es decir, cuando la película deja de optar por las circunstancias que la emparentan con lo mejor que supo entregar el cine clase B, que no es otra cosa que ambigüedad y elisión de respuestas, es cuando el juego se acaba. Y si se acaba el juego se acaban los géneros. O en todo caso los géneros son usados para decir algo más, porque se convierten en una herramienta funcional, menor. Cuando la película opta por convertirse en un thriller de mediados de los 90s, con persecuciones inverosímiles, con resoluciones imposibles y, para colmo, con una celebrada venganza, no queda mucho más que rendirse ante los pies del presente. Como siempre: la agenda termina siendo mucho más importante que la ambigüedad, la narración y la inteligencia

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