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Tiempo de lectura: 4 minutosEl joven Ahmed

Por Marcos Rodríguez

El joven ahmed (Le Jeune Ahmed)
Bélgica, 2019, 84′
Dirigida por Jean-Pierre Dardenne & Luc Dardenne
Con Idir Ben Addi, Olivier Bonnaud, Myriem Akheddiou, Victoria Bluck, Claire Bodson, Othmane Moumen

El misterio de la fe

Hay un misterio en el corazón de la última película de los hermanos Dardenne, y ese misterio es precisamente el joven Ahmed. La fe, de manera más o menos explícita, no es un tema ajeno a su cine, pero esta vez lo que encontramos es fanatismo: un giro dogmático y violento que El joven Ahmed presenta pero no explica ni describe. Ese es el misterio: para cuando empieza la película, Ahmed, un adolescente musulmán de familia al parecer completamente integrada a la sociedad liberal/europea en la que vive, ya se encuentra del lado del Islam más extremo. ¿Cómo? Eso pasó antes. ¿Por qué? No lo sabemos y la película no busca explicarlo. No hay psicologismo, no hay sociología, no hay datos más allá de lo que se cuenta sobre un primo que se habría inmolado, y del discurso de un imán verdulero que, al parecer, ya hizo su trabajo sobre la mente y el corazón de este adolescente con cara de bueno. Partimos con la premisa del fanatismo que ya se encuentra instalado en el corazón de esta familia/sociedad, y no parecería haber forma de explicarlo o corregirlo.

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El punto de partida es incómodo y se sostiene a lo largo de toda la película. Los Dardenne, se sabe, suelen trabajar con distintas tesis en sus películas, pero lo suyo no es la sociología fácil sino el cine, y un cine profundamente humanista. Es precisamente ese humanismo el que vuelve tan punzante la tensión que surge alrededor de este personaje extremista: a su alrededor se abre un universo de personas que lo quieren o por lo menos se preocupan por él, pero la respuesta que tiene Ahmed frente a todo eso es solo una: dogma y violencia. Una y otra vez. Frente a la maestra liberal que lo ayudó cuando era chico y que busca seguir ayudándolo pero a la cual él no está dispuesto siquiera a darle la mano solo porque es mujer. Frente a su madre, que llora y llora y se enoja y trata de acercarse y trata de encontrar una esperanza frente a ese hijo que ya no reconoce y que no hace más que rechazarla. Frente al guardián del reformatorio, que funciona casi como custodio personal y es siempre muy amable y parece preocuparse. Incluso frente a la adolescente que lo inicia en el despertar sexual y que él solo parece dispuesto a tolerar si se compromete a convertirse al Islam. Ese universo, ese humanismo sufriente tan dardenniano, le da vida y aire a la película, y es lo mejor que tiene para ofrecer.

Por otro lado, no es menos cierto que ese misterio tan opaco, que funciona tan bien en otras películas de los Dardenne, en esta resulta un tanto problemático. La cámara no puede filmar interioridades. El cine no puede explicar la fe. Sin embargo, el cine de los Dardenne se forja, precisamente, en la lucha por acercarse a ese misterio sin intentar reducirlo. Lo vemos en la propia El joven Ahmed, solo que su ojo parece puesto en todos los personajes que rodean a su protagonista, pero no en él, que es, en realidad, no misterioso sino simplemente inexplicable. Todo un universo amoroso y que se preocupa por acompañarlo, por no castigarlo, por comprenderlo, por corregirlo, por encerrarlo para que no lastime a nadie pero igual respetar muy respetuosamente sus horarios de rezo, su diversidad religiosa, sus derechos. Todo un sistema estatal/familiar de cuidado y en el centro un pibito loco, que sale a matar con un cuchillo.

¿Es explicable el fanatismo? No lo sé. Pero mirar con mirada humanista aquello que se declara abiertamente inexplicable marca bandos muy claros: nosotros los nobles, ellos los irracionales. Nosotros los que construimos, ellos los que destruyen. Nosotros los humanos, ellos los fanáticos. El misterio pierde su espesor.

Crítica De El Joven Ahmed Cinegarage

¿Es necesario humanizar a un fanático que busca asesinar a los infieles? Para nada, pero el juego de respeto y distancia que mantienen los Dardenne con su personaje Ahmed (no vemos las razones que lo hacen actuar como actúa, pero también en plano es un pibe que te cae bien, que se enamora por primera vez) se vuelve complicado cuando sobre el final (abierto, cargado de incertidumbre) el propio Ahmed, que parece al borde de la muerte, le pide perdón a su víctima. Ese último rincón, ahí donde termina la película y abre las incertidumbres que apuntan al debate entre espectadores, ahí donde termina la vida, en esa última lucidez de su personaje florece un arrepentimiento. Pide perdón sin que nadie se lo exija, cosa que antes se negó a hacer. Pide perdón e incluso obstaculiza la salida de su maestra, que quiere ir a llamar una ambulancia, para poder decirle eso. La película busca mostrar un verdadero arrepentimiento, casi del personaje con su propia conciencia. Eso no es no explicar: casi es hacer trampa. Se lo puede interpretar como un gesto de esperanza, y así elegimos verlo, pero también es un gesto que carga de un sentido unívoco todo lo que hasta ese momento se suponía que estaba más allá de la explicación.

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