El Potro: lo mejor del amor
Argentina, 2018, 122′
Dirigida por Lorena Muñoz.
Con Rodrigo Romero, Florencia Peña, Fernán Mirás, Daniel Aráoz, Jimena Barón, Malena Sánchez y Diego Cremonesi.

Cine-kipedia

Por Hernán Schell

Imaginemos por un momento que alguien hizo un biopic sobre Beethoven llamado “Ludwig: la oda a la alegría”. Imaginemos ahora que la película recorre la vida del compositor desde su tortuosa infancia hasta el final de sus días, deteniéndose sobre todo en algunos episodios particularmente importantes, como la relación con su padre, la composición de la quinta y novena sinfonía, y la afección de su sordera. Es decir: esa clase de biopics obvios, que parecen resumir la vida de un personaje muy famoso de modo tal que uno hasta tiene la impresión de que tomaron como base un resumen biográfico de Wikipedia. Bueno, eso es básicamente El Potro: lo mejor del amor. Ni más ni menos que un Biopic del cantante cuartetero que resume lo que a grandes rasgos sabemos de su vida: que tuvo una fama abrupta e imparable, que tenía una madre excéntrica, que fue novio de Marixa Balli, que llenó varios Luna Park, y finalmente que falleció en un choque de autos a una edad temprana. Si hasta la película se reserva un momento en el cual vemos al personaje inspirándose para escribir su tema más famoso (Lo mejor del amor). Desde este punto de vista, la película no se atreve a jugar mucho más. No hay una mirada personal sobre el personaje, ni acaso una oscuridad genuina que hable del mundo de las drogas y la mafia bailantera. Olvídense de esa posibilidad.

Por otra parte tampoco estoy diciendo con esto que El Potro sea una mala película. Primero y principal porque Lorena Muñoz es una cineasta talentosa que filma bien.  La directora sabe, por ejemplo, que una escena terrible como la muerte del padre del protagonista, no puede filmarse de otra manera que con distancia al mismo tiempo que contundencia, dejando la escena de el fallecimiento fuera de campo y filmando el momento en que Rodrigo se entera de la muerte de su padre en un pudoroso plano general. Sabe también Muñoz que al momento de filmar a Rodrigo cantando, lo mejor que puede hacer es no concentrarse tanto en la multitud del público, sino en el cantante despidiendo energía escénica, cerrando así el plano sobre el cuerpo atlético del actor que exuda, como lo hacía el Rodrigo real, una sexualidad salvaje. También resuelve muy bien el choque final, poniendo la cámara en la espalda del protagonista, como si fuese un pasajero más que se encuentra atrás del auto, de modo tal que no quiere mirar cara a cara (por lo terrible, por lo significativo) la muerte del cantante. Incluso a esta última escena se le agrega el elegante detalle de dejar el cadáver de Rodrigo fuera de campo, expresando todo el dolor del momento en el llanto demoledor de su hijo pequeño que pregunta donde está su padre.

Pero a las virtudes formales se agrega otra cosa: una ejemplar forma de dirigir a los actores de manera medida, despojando a los intérpretes de cualquier rasgo grotesco. Desde este punto de vista, quizás uno de los aspectos más interesantes de la película resida en el hecho de tomar actores asociados al grotesco como Daniel Aráoz y Florencia Peña (esta última incluso interpretando a un personaje ya de por sí excesivo como Beatriz Olave), para que estos entreguen actuaciones ejemplarmente medidas. También es interesante otra cuestión actoral: la de la interpretación de Rodrigo Moreno como el cantante. Moreno no sólo está convincente y rehuye todo el tiempo de la imitación fácil, sino que es físicamente casi idéntico al cantante, y no deja de haber en la película más de una vez una fascinación no exenta de morbo con el parecido físico de este actor con el ídolo cuartetero.

Pero aclaro: quizás todos estos sean los momentos donde la película alcanza los mayores grados de interés, donde observamos como decisión de Muñoz, algo que se sale de la enumeración de hechos de una vida. Y acá está, creo yo, el gran problema de El Potro, lo mejor del amor: su obsesiva necesidad de contarlo todo (pero de tanto abarcar termina apretando poco), de pasar de un tema al otro con una velocidad pasmosa. Una muestra clara de esto lo da el personaje de Marixa Balli, que puede entrar y salir de la trama velozmente, y su relación enfermiza sólo es expresada en una escena en la cual Rodrigo la encierra en el baño para que ella no viaje a Miami. Sin embargo, quizás el detalle que mejor refleja la urgencia narrativa de Muñoz por explicarlo todo radica en el hecho de incorporar cierta literalidad a la hora de circunscribir momentos específicos de la vida en formato wikipedia. Ahí están los ejemplos que da un personaje de características casi sobrenaturales para hablar de la relación que el cantante tenía con las drogas. En esa subtrama vemos a un hombre interpretado por Diego Cremonesi (excelente como siempre), que se acerca a Rodrigo a ofrecerle sustancias de todo tipo. El rasgo saliente de este personaje es que se llama Ángel, se viste siempre de negro (sí: el “ángel negro”), nadie sabe de dónde sale, y tiene una extraña capacidad de meterse en todos lados sin que nadie se explique cómo hace para llegar allí. Otro ejemplo de literalidad lo brinda un momento involuntariamente risueño pero de similares características al anterior, que consiste en Rodrigo observando, casi como una revelación divina, un potro que inspirará un apodo que marcará su vida profesional.


Si bien podrían verse estos hechos como cuestiones osadas, también pueden verse de otra forma: como trámites que hay que realizar para explicar un hecho relevante, que sencillamente tiene que estar en un biopic de Rodrigo. Entre los distintos mojones indispensables para caracterizar a la vida del cantante está su relación destructiva con la droga. El problema cuando pasan estas cosas es que el carácter decisional del propio personaje se anula casi por completo. Es decir: el Rodrigo de esta película no cae en las drogas, sino que es un Ángel negro siniestro el que lo provoca; no se le ocurre el llamarse El Potro, sino que recibe una visión de vaya a saber uno dónde. El mismo apuro narrativo que tiene la película para contarlo todo hace que pase un poco eso: se pasa tan velozmente de sus modestos inicios en Córdoba a su éxito, del luto de la muerte de su padre a su recuperación, de su relación con la paternidad a sus infidelidades, que todo termina siendo una serie de sucesos involuntarios en los que el personaje logra de vez en cuando colar un par de ideas personales para alterar su destino y vida personal. Como si todo se tratara de un destino prefijado. De ahí que sea tan inexplicable el propio epílogo en esta película en la cual se termina volviendo a Rodrigo una figura abiertamente crística. Ese epílogo es extraño porque no hubo nada que siquiera nos pudiera adelantar una analogía así de fuerte. Quizás, lo único que intenta decirnos Muñoz allí, es que la figura de Rodrigo adquirió, después de muerto, un carácter mítico. El problema es que en la película esto suena a un discurso tan relevante como el romance como Marixa Balli, la caída con las drogas, las infidelidades y su paternidad ausente.

Por todo esto la película deja una sensación tan extraña. Y es que se trata de un largometraje que nos dice, al mismo tiempo, que su protagonista es una leyenda, a la vez que su forma no hace otra cosa que filmar sin demasiada personalidad y valiéndose de la pura enumeración la vida de su supuesto mito. Dicho de una manera más sintética, no hay dudas de que Muñoz nos quiere convencer de lo extraordinario del cantante Rodrigo. Lo que hacía falta, sin embargo, es que ella nos convenza de que estaba convencida de eso.

Comentarios