El Príncipe 
Chile-Argentina-Bélgica, 2019, 96′
Dirigida por Sebastián Muñoz Costa del Río.
Con Juan Carlos Maldonado, Alfredo Castro, Cesare Serra y Gastón Pauls.

Encerrados afuera

Por Amilcar Boetto

El cine argentino contemporáneo tiene un problema general -que en esta revista hemos marcado en repetidas ocasiones- cuando trata de abordar temas políticos. Incluso con mucha historia encima, hablamos de un cine al que le cuesta mucho salir de sus componentes más discursivos. Por más de que trate de evadirlos, disimularlos u ocultarlo bajo alegorías obvias (Muere, Monstruo, Muere, Rojo) la bajada de línea está a la vuelta de la esquina, muchas mas veces de las deseables. El cine argentino contemporáneo pocas veces logra mostrar las contradicciones entre lo personal y lo político. O contradicciones a la hora de pensar cómo una perspectiva política surge en un contexto determinado y rodeado de situaciones específicas que ayudan o se golpean contra este creciente sentimiento. En esa línea una de las pocas películas que intenta lograr esto es La Larga Noche de Francisco Sanctis, una película en la cual hay un divague mental del protagonista, representado por el espacio cinematográfico, (si bien, este divague no está del todo logrado, de hecho, durante grandes lapsos de la película, se siente como si el protagonista simplemente caminara y no logra darle peso dramático a esa deriva analítica) entre que es lo correcto por hacer, a quién debe ayudar y qué decisión política tomar (puntualmente, representar el momento determinado donde se toma o no una decisión política). El cine chileno, en cambio, ha logrado construir otras formas con mayor facilidad, para poder plantear tensiones políticas entre individuos sin tener que caer necesariamente en el discurso político moralizarte, global, incluso partidario (si bien hay casos excepciones puntuales) en el que el cine argentino recala una y otra vez. Incluso bien podríamos decir que el cine chileno contemporáneo se encargó de revisitar su pasado reciente encontrando mayor cantidad de matices a la hora de representar su pasado reciente, alejándose de la división maniquea que en muchas oportunidades prevalece en la lectura del pasado de parte de gran porción del cine argentino contemporáneo

El Príncipe plantea este momento en donde una decisión específica relacionada a lo sexual, que es salir del closet (tanto en el contexto social del Chile de los ’70, como en el texto mismo de la película, lo sexual es político). La película se pregunta en qué circunstancias y bajo qué formas es que este acto de liberación puede aparecer en un contexto en donde la homosexualidad no está aceptada, pero también se pregunta como una persona puede soportar esta insoportable carga y convivir en una sociedad en la cual no puede desenvolverse sexualmente. La castración típica del melodrama aquí dice presente. Y en esta tensión infinita que plantea la película sobre algo que está a punto de estallar todo el tiempo es en donde sus puntos mas altos aparecen (la escena donde se masturba revolcándose en el lodo, la escena donde se besa con el chico lindo de la cárcel por dos segundos). Melodrama carcelario, si. Pero también construcción de época que lo excede. Encerrado afuera, liberado adentro.

Si la opera prima de Sebastian Muñoz no cae en la discursividad que mencionaba al inicio es, precisamente, por centrarse en la contradicción que supone el hecho de que la liberación sexual de Jaime sea en la cárcel. Algo realmente empoderante y de lo que la película se enorgullece (junto a su protagonista) es precisamente esto: centrarse en su liberación antes que en su represión. Sin embargo, a modo estructural, esta decisión se torna un poco extraña cuando los flashbacks muestran la contención insoportable de la castración, mientras que en la cárcel el protagonista puede disfrutar de su sexualidad de forma libre. Es como si el peso dramático de la castración en los flashbacks se esfumara, justamente porque son flashbacks, y en la cárcel su castración durara poco. Es decir: el orden de los factores altera el producto. Y parece como si hubiera un enorme potencial dramático que se desperdicia cuando ya sabemos el resultado. Ya conocemos la homosexualidad de Jaime, y sabemos que incluso prefiere estar en la cárcel antes que estar libre, por eso su contención sexual en los flashbacks no generan esa tensión que podrían generar (por eso también cuando llega el momento del asesinato es tan inesperado y desencajado tonalmente), esa caja de Pandora que está apunto de estallar todo el tiempo.

Ojo, el entramado político que arma la película es extraordinario. No solo no moraliza a sus personajes sino que arma una interesante representación de la cárcel como un lugar en donde las tensiones homosexuales (hay dos planos brillantes en este sentido, uno en la ducha y el otro de un baile filmado desde una angulación cenital) están a la orden del día, si, pero también la película construye ese espacio dramático como una paradoja: la liberación paradójica para un país en donde la homosexualidad era motivo de violencia policial se produce en el encierro. En todo caso, donde falla la película es en otro costado, que responde a la articulación dramática de esta olla a presión a punto de estallar -y que estalla en la cárcel (donde a su vez hay otras ollas apunto de explotar, estas contenidas por los celos más que por una moral social)-, en como amalgama esa tensión en el interior y en el exterior, en como llega al punto donde una persona que es perseguida sexualmente puede llegar a convertirse en un asesino. Son preguntas sin aparente respuesta, pero que coquetean con tentativas de resolución, ahí donde siempre debieron haber quedado como preguntas.

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