Emergencia en el aire

Por Marcos Rodríguez

Bisang seoneon
Corea del Sur, 2021, 147′
Dirigida por Han Jae-rim
Con Song Kang-ho, Lee Byung-hun, Jeon Do-yeon, Kim Nam-gil, Park Hae-jun, Im Si-wan, Kim So-Jin

En el camino

También puede pasar que uno vea una película coreana y termine un poco decepcionado. No todo lo que se filma en Corea del Sur es bueno (desde ya) y ni siquiera todo lo que alcanza a llegar a nuestras pantallas de cine (y es un trecho largo para recorrer) va a ser, por lo menos, un gran espectáculo. Tren a Busán (que creo que fue lo último coreano grande que se estrenó en salas por acá) estaba buenísima; Emergencia en el aire no está mal, pero tampoco es tan singular o siquiera tan entretenida como para justificar tamaño viaje. Siempre celebraremos que se estrenen películas de diferentes orígenes en las salas, incluso cuando se trata de un tanque periférico, pero al terminar de ver Emergencia en el aire no podía evitar la amarga sensación (tal vez errónea, desde ya) de que este tanque se esforzó demasiado por ser tanque, por llegar a un público internacional, por cubrir bases, apelar a sentimientos universales y tener un lustre que hizo que algo quedara en el camino.

Emergencia en el aire es, por lo menos, prolija y sabe hacer uso de los grandes recursos con los que evidentemente contaba (es increíble, por ejemplo, la secuencia en la que el avión empieza a girar en el aire y los pasajeros caen hacia el techo de la nave y vuelvan a chocar contra los asientos, no uno sino varias veces, apostando siempre por más). Tal vez el problema, para quien acostumbra ver cine coreano, sea justamente olvidar que los coreanos también quieren ser Hollywood. Y están en su derecho: creo que Emergencia en el aire es una de las películas coreanas más tersamente narradas que haya visto. No hay un gran héroe sino dos: dos mega estrellas que hasta los occidentales pueden reconocer (“el de Parasite”, “el de Squid Games”); hay un lindo arco, una buena cantidad de detalles para salpimentar cada escena, trazos precisos para delinear personajes (aunque, tal vez, no llega a construirse del todo un protagonista cabal, o dos). No hay nada que esté mal, y probablemente ese sea su mayor problema.

El cine coreano suele caracterizarse por sus excesos: excesos de sangre, excesos de grotesco, excesos de lágrimas: en una buena película coreana, nada falta. Pero, a pesar de unas cuantas salpicadas de los enfermos por el virus letal (y del método que usa el malo para subir el virus al avión), en general todo es bastante limpio: el virus es letal pero al final no mueren ni tantos, importan bastante más los sentimientos de los pasajeros que sus tripas y al terror de estar en el aire básicamente encerrados en una trampa letal termina por aplastarlo la burocracia de tráfico aéreo internacional: el problema final de la película no es el tiempo que se agota y consume los cuerpos, sino esta u otra autorización para aterrizar en aquel aeropuerto o el de más allá.

Con todo, hay un punto donde el corazón coreano sangra siempre: el melo. Toda buena película de desastre tiene que hacernos sufrir por sus víctimas, pero Emergencia en el aire probablemente se estire en estos momentos más de lo que uno hubiera esperado: como hoy todos estamos conectados, incluso desde dentro de una trampa mortal que vuela por los aires, cada una de las víctimas del avión puede comunicarse en vivo con sus parientes y, cuando parece que el final es inminente, la película incluso le cede su pantalla a sus personajes: se multiplican las imágenes de cámaras de celulares en las cuales los personajes (la mayoría de los cuales apenas si vimos al pasar, no tienen nombre ni historia) se despiden de sus seres queridos, les dejan recomendaciones, moquean, sufren. Emergencia en el aire se regodea en ese dolor porque es, en el fondo, el que sentiría cualquier espectador atrapado en esa pesadilla con la que fácilmente puede identificarse.

¿Tiene sentido hacer una pataleta porque una película coreana no es lo suficientemente “coreana”? Por supuesto que no. Frente a un producto como Emergencia en el aire, uno no puede más que preguntarse efectivamente qué significa “lo coreano” en cine: un constructo como cualquier otro, que probablemente tengo sentido únicamente para quien no es coreano y mira todo desde afuera. Pero aun así hay que reconocer que, a pesar de la evidente mira en el mercado internacional, Emergencia en el aire no recurre al internacionalismo barato al que siempre hecha mano Hollywood: nada de personajes de diferentes etnias para que todos puedas sentirse identificados, nada de recurrir al inglés para vender más fácil (de hecho, el inglés en esta película es más bien la lengua del mal), nada de mostrar (o siquiera nombrar) espacios o paisajes exóticos para la fantasía: el avión infectado vuela a Hawái, pero ese Hawái tiene todas las características de destino turístico para señoras y para toda la familia, más que de algo realmente atractivo. Por otro lado, los espacios que efectivamente muestra la película son todo lo grises y monótonos que podrían ser: pasillos de aeropuerto, pasillos de avión, salas de control, departamentos de monoblock. Todo en coreano, todo difícil de asociar para quien no conozca Corea.

Dicho esto, si uno tiene ganas de ver algo bien “coreano”, el mismo director de Emergencia en el aire dirigió hace casi diez años otra superproducción protagonizada también por Song Kang-ho (“el de Parasite y The Host”) pero esta sí apuntada claramente al público coreano. Se trata de un melodrama de época (con todos los trajes, los peinados y las barbas que uno puede esperar), la preciosa The Face Reader, donde la pulseada entre lo épico y lo melo alcanzan alto vuelo.

Hay un punto interesante en el que Emergencia en el aire se aleja de los tanques que parece querer imitar, y es en la figura del malo: el bastante espeluznante Si-Wan Yim (estrella del K-pop, miembro de ZE:A, actor también), que interpreta básicamente a un loquito que sale a matar con un arma química. En la película se habla de “terrorismo” pero lo que muestra la película no es tal cosa: no hay motivación política, ni siquiera objetivo alguno en sus actos. El pibe, un genio de la química, básicamente decide matar a todos los pasajeros de un avión porque sí, sin motivación ni explicación. Va al aeropuerto sin planear qué vuelo va a tomar, elije uno al azar, se sube a él y libera un virus hiper-letal en el que estuvo trabajando en secreto. No hay historia de su pasado (prácticamente) porque no hay explicación posible para sus actos: la irracionalidad absoluta de ese mal que puede atacar a cualquiera lo acerca más a la figura de un demonio que a la de un terrorista.

Lamentablemente, ese elemento inquietante se pierde relativamente rápido: el malo muere víctima de su propio virus (nunca pretendió vivir, está así de loco) y lo que queda son las consecuencias burocráticas de su acto irracional: gente enlatada que nadie quiere recibir en tierra. La película se estanca entonces pero en algún momento supo ser más.

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