Encanto

Por Sergio Monsalve

EE.UU., 2021, 99′
Dirigida por Jared BushByron HowardCharise Castro Smith

Lo propio y lo ajeno

De Disney vemos las imágenes finales, pero sus internas, aspiraciones y conflictos dan para una película aparte. Un filme como Encanto hipnotiza las retinas del gran público, y hasta del crítico de Festival, sin embargo, su maquinaría de producción exige un comentario menos terciado por el fanatismo. 

Recientemente lo estuve hablando con la docente de la asignatura de cine animado en la Universidad Monteávila, Malena Ferrer, quien conversó a su vez con una venezolana radicada en la estructura del conglomerado del Ratón Mickey. 

La profesora asegura que las cintas se desarrollan actualmente como resultado de una big data demográfica y de ingeniería social, según la cual el mundo vira hacia el color “marrón” en términos de consumo masivo.  

De ahí que el emporio enfoque su negocio en la creación de productos étnicos, para una audiencia multicultural y transgenérica. 

Es el caso de Encanto, un filme que practica lo que llaman The Taking en el documental de Alexandre O. Phillipe, visto en el Festival de Mar de Plata 2021.

En efecto, el largometraje “toma” el folklore del realismo mágico de Colombia, regenerando el sistema de mercadeo de su industria de venta de contenidos audiovisuales, físicos y materiales. 

Si usted ha ido a los parques de Orlando, puede entender lo que le afirmamos. En caso contrario, con gusto se lo explico, después de recorrerlos primero como niño, después como adolescente excitado y finalmente como adulto con lecturas al respecto de Baudrillard, Eco y un montón de documentales críticos. 

Recuerdo que fui en la temporada de Valiente y las tiendas eran atiborradas de franelas o souvenirs, que se compraban como parte del trámite turístico por los visitantes. 

Las niñas pagaban por maquillarse y disfrazarse como la princesa pelirroja, dejando en el olvido a las clásicas Blancanieves y Cenicienta

Cada año era idéntico, con un motivo distinto, el de la película evento de la temporada. 

En mi clóset guardo franelas de Tron Legacy y de un “Mickey” pinchadiscos en fase de “Daft Punk”. 

Disney no da puntada sin dedal, complaciendo nuestras fantasías eternas de niño y joven por siempre. 

Pero necesita de las apropiaciones foráneas para subsistir, uno de sus intereses corporativos más problemáticos. 

De tal modo, en Epcot Center, evoco una situación curiosa. El pabellón Chino se encontraba repleto por el hype de Mulan, mientras el mexicano permanecía en olvido con un Donald de Tres amigos, que nos recibía con su “poncho” a una metaruina, la del sector azteca abandonado con visiones reduccionistas y edulcoradas de las pirámides. 

Una suerte de simulacro infantil de tercer grado, donde entrabas para comer tacos en familia, delante de volcanes y dioramas de indios domesticados, saliendo por un puerta que te dejaba frente a un kiosco de bebidas. 

Agotado mentalmente, me recompensé y energicé con un coctel de Margarita Frozen, lleno de azúcar. 

Una concesión con el adulto contemporáneo que viaja a “Cancún”, pensando que es México y no un enclave de la explotación del “spring break” o “el verano sin fin”.  

En Disney la solución salomónica fue reactivar su sector “olmeca” for dummies, creando el melodrama de Coco, así que los alebrijes se pusieron tan de moda en los parques temáticos como la oferta carnestolenda del día de los muertos. 

Es el planeta “Brown” del que habla Malena. 

Paradójicamente, afirma la insider que Ferrer entrevistó que hay ansiedad y preocupación en la fuerza laboral latina de “Disney”, al notar que proyectos como Encanto se encabezan por dos “white dudes” como Byron Howard y Jared Bush, uniendo a Charise Castro como la pitufina hispana que justifica el montaje de la movie. 

De modo que el reclamo de inclusividad es una operación de publicidad, de falsa bandera. 

Me temo que se trague a sus propios hijos, como Saturno, en el futuro. 

De cualquier manera, vamos a revisar qué trae “Encanto” y si se justifica la algarabía a su alrededor. 

En las primeras de cambio, la película adopta el plano Broadway de los musicales de los noventa, pensando seguramente en rentabilizar el show con actores de carne y hueso, al estilo de El rey león en Nueva York. 

Es un tramo, un primera acto bastante desprolijo y estereotipado, acerca de la nostalgia por un país cafetero de libro de cuento, de telenovela, de calendario y postal en franquicia de Juan Valdez, al llegar al aeropuerto del Dorado en Bogotá, con música de Carlos Vives y Maluma. 

Interesante descubrir lo que diría Luis Ospina, fundador de Calliwood y acuñador del concepto de “pornografía de la miseria”. En Caracas, antes de fallecer, nos defendió su tesis del vampirismo de nuestras tierras, a cargo de ópticas coloniales y etnocéntricas. Así que infiero que al maestro, “Encanto” no le causaría la menor gracia. 

Voy más allá. 

En el documental “El Síndrome de los quietos”, pudo verse entrevistado por última vez a Luis Ospina, bajo la dirección del genio León Saminiani. 

En dicho cortometraje se maneja una teoría de alto perfil y circulación en la nación hermana. 

Me permito resumirla, recuperando palabras de la mencionada investigación y de la escritora Carolina Sanín, estudiosa del tema y conocedora de la obra de Ospina. 

Para ellos, Colombia es un país aturdido, por el espectáculo y el circo deportivo, a causa de sus contradicciones sociales y políticas. 

La enorme desigualdad se traduce en escasos momentos de silencio, en días festivos, que siguen a un eterno ciclo de ruido, que impide la reflexión, la toma de conciencia, la madurez y la evolución. 

Por ende, Encanto lejos de atemperar el ambiente saturado de jolgorio y populismo estruendoso, le aumenta los decibeles a la Colombia de la selección jugando en el infierno de Barranquilla, de la franquicia Andrés Carne de Res, de la internacionalización de Shakira y Juanes, de la euforia por sentirse parte del concierto de Hollywood, amén de espejismos como Encanto

Por supuesto, Disney huye hacia delante en su estrategia, viralizando videos de aprender a cocinar arepas, no con las manos como hacemos entre Cúcuta y Los Andes, sino con unas espátulas de plástico para que las influencers y actrices pijas no se dañen las uñas. 

Ellas que jamás han hecho y comido una “reina pepeada” o una “pelua” en Caracas, para entender que no es una comida chic, sino sencillamente una bala fría que permite aguantar una dura jornada de trabajo al que sale a buscar el pan por la mañana y se acuesta con el estómago semivacío. 

Encanto mejora considerablemente luego de sus efectos y clichés de la familia Madrigal, que esconde esqueletos en su armario, que guarda las apariencias y reniega hipócritamente de sus ovejas negras. Un asunto típico y real de nuestra sociedad del disimulo, como aseveraría José Ignacio Cabrujas, el dramaturgo. 

La canción las “oruguitas” de Sebastián Yatra me trasportó al cine de la Disney que te desarma y te vence en tus sesudos argumentos, arrancándote lágrimas y consiguiendo el trébol de cuatro hojas que Imanol Zumalde busca en sus análisis. 

Desde entonces, por arte de un verdadero milagro de la empresa, comienza la poderosa película que es Encanto, revelando sensible y amorosamente el subconsciente, el lado oculto y siniestro de nuestra cultura del ruido en la Gran Colombia del Gabo. 

La Macondo de Disney no es, obviamente, un radiografía del boom como “100 años de soledad”. Pero sí imprime el espíritu fantasmal y complejo de los retratos corales de “El amor en los tiempos del Colera” y el desencanto épico de “El Coronel no tiene quien le escriba”. 

Filme sobre un desengaño sintomático, Encanto expresa un manifiesto moderno, al mostrar las dos caras del dispositivo latino de la Disney. Un ruido que esconde un profundo silencio, producto de la violencia enquistada en el país desde la instalación de la guerrilla y la muerte de Gaitán, así como el niño de Medellín, J. Balvin, es consecuencia de las bombas de Pablo Escobar. 

Los mitos y leyendas edificaron una mentira de casa colonial, poblada de súper héroes con poderes infinitos. Los regetoneros de hoy.

Tarde o temprano, el hechizo se esfuma, por el desconocimiento de la verdad. 

En nuestros países queremos seguir pensando que los buenos somos más, que somos nosotros, y que el estado mágico nos proveerá de abundancia y bonanza por siempre, porque dios nos regaló los dones de la felicidad, la belleza obscena de la naturaleza y la inmensidad de recursos de la tierra gracia.  

Así nos fue, así estamos en Venezuela y Colombia, con unas crisis monumentales, esperando que nazca el próximo mesías que nos llene de obsequios y dichas. 

Encanto, me parece, envía el mensaje correcto, al proponernos una lección de proactividad, invitando a reconstruir los sueños con nuestras propias manos, en vez de esperar por unos milagros que nos encasillaron, estancaron y castraron.  

Estimo que la casa en ruinas es una imagen de Colombia y que los protagonistas del filme interpretan el sentir de una sociedad de emprendedores que ha iniciado la restauración de sus pilares, por encima de las balas ciegas y de las fosas comunes.    

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