Cuarto año del EPA Cine. Cuarto año de un incansable grupo de trabajo (algunos de ellos integrantes de Perro Blanco, a la vez que otros amigos de otras latitudes). El tiempo no hizo otra cosa más que consolidarlo como el más grande de los festivales chicos que hay en Argentina, algo que ya veníamos diciendo en años anteriores. Nuevamente nuestro enviado especial nos contó la experiencia de este año, mezclando la cobertura con el diario de festival. Otra vez una cobertura escrita con amor y pasión. Y como siempre, la defensa del espacio propio.

En casa

Por Mariano Samengo

En este momento, mientras escribo estas líneas respecto a la cobertura que me fue encomendada de hacer sobre la 4ta edición del EPA Cine, me invade una sensación de melancolía tremenda. En parte, porque un motivo de alegría para mí de todos los mayos de cada año finalizó su última jornada apenas hace unas horas (estoy escribiendo con el festival todavía latiendo, más allá de la fecha de publicación de esta nota, que será un poco después); otro poco fue por no haber estado tan presente como sí pude estarlo en años anteriores a causa de obligaciones laborales y, quizás, la sensación más angustiante que tengo en este momento es que, si perdura la coyuntura política actual, el EPA puede peligrar su continuidad, que supone tirar a la basura el esfuerzo titánico que todo el equipo organizativo y de programación lleva sosteniendo desde hace 4 años consecutivos, consolidándose así como el que es para mí, el mejor festival de cine que cualquiera desearía tener.

Sonaré a disco rayado, pero no me voy a cansar jamás de decirlo: tener un festival de cine internacional en tu propio barrio, en tu hogar, es una BEN-DI-CIÓN. Así, con mayúsculas. Y eso es algo que han recalcado los propios organizadores, quienes fueron bastante abiertos y sinceros cuando dijeron que poder salir a la cancha este año supuso triplicar los esfuerzos, dado el poco apoyo que otorga el estado a propuestas alternativas como el EPA. En ese sentido, la edición de este año fue la más políticamente cargada de todas, demostrada en particular con su película de cierre, Cartero, de la cual hablaré más adelante.

Salvando esa sensación de malestar y preocupación generalizada entre la comunidad audiovisual, el EPA mantiene intacto el eclecticismo al momento de curar su programación y, acaso lo más importante: ninguna administración gubernamental de turno (el EPA atravesó dos distintas) podrá destruir jamás uno de los puntales de este gran espacio: el trato cercano y la calidez que el festival teje con sus asistentes. Posterior a la película de cierre, como a veces en mí suele ser costumbre, me quedo charlando con todo el equipo de programación y luego nos vamos a comer al bar Owen que está justo a la salida del Helios. Esa intimidad es la que desperdiga el EPA durante estos 6 días (que encima se agrandó dado que sumaron una sala más en el cine Paramount de Caseros y arrancaron desde el lunes con proyecciones para escuelas). Pero vayamos a los hechos.

El festival, como ya es costumbre, arrancó con una pequeña performance/instalación callejera a cargo de Javier Plano y Matías Mielniczuk, donde proyectaban sobre distintas pantallas avances, separadores y fragmentos que sólo se pueden encontrar en los VHS que solíamos alquilar de los videoclubes, acompañados de beats electrónicos compuestos en vivo. En ese sentido, el festival fue muy inteligente en renovar y adaptarse a las propuestas que están resurgiendo como la cultura de los VJ (que dicho sea de paso, fueron explorados en la muy recomendable película Generación Artificial, de Federico Pintos).

Finalizada la performance y las palabras de rigor de la inauguración a cargo de Eduardo Marún (director del festival) y Verónica Bregner (programadora), dieron paso a la película de inauguración: Apuntes para una película de atracos (León Siminiani, 2018), que vino acompañada también por un video de agradecimiento de parte del propio director.

La película, en líneas generales, parte de la premisa del deseo del realizador en querer filmar su propia película sobre atracos, lo cual fue inspirada por una serie de influencias cinéfilas y por sobre todo, a raíz de unos asaltos perpetrados en 2013 por el “Robin Hood de Vallecas”, quién junto con su banda se fugaron por medio de las cloacas de la ciudad. Allí León encuentra su oportunidad para filmar su película sobre robos y decide contactarse con la mente detrás de esos robos. A la vez, el propio realizador documenta el parte y posterior crianza de su hijo junto con su pareja, quien le hace de consejera y hasta de sparring creativa al momento de idear sus preguntas al “Robin Hood de Vallecas”. La película es dinámica, divertida y sostenida sobre un andamiaje clásico, pero narrado desde el dispositivo del documental. Una de sus escenas más memorables es cuando Siminiani se mete dentro de las alcantarillas para “recrear” el escape de los fugitivos, lo cual le otorga a la película nervio, tensión y comicidad, sobre todo cuando el director se asusta de que le caminen ratas por al lado.

Uno de los grandes hallazgos que pude disfrutar de esta edición se trata de, posiblemente, el mejor rockumentarynacional que he visto hasta ahora. Se trata de Encandilan luces, viaje psicotrópico con Los Síquicos Litoraleños, que (re)descubre a una banda alienígena, inclasificable, pero que si hubiesen nacido en Estados Unidos o el Reino Unido, no me cabe duda que tendrían el mismo status que bandas como Sonic Youth o hasta Pink Floyd (pero en clave lo-fi y bizarra). Originarios del pueblo correntino de Curuzú Cuatiá, los Síquicos hasta el día de hoy prácticamente son un enigma, un misterio que conocen unos pocos privilegiados. La película, más que aclarar el enigma que rodea a Los Síquicos, hace lo más inteligente: imprime la leyenda. No hay “cabezas parlantes” hechas a la banda, sino a la gente que formaban parte de su constelación: amigos, conocidos, periodistas, fans y hasta algún que otro rival. Sin embargo, lo más jugoso y divertido del documental se da cuando vemos a Los Síquicos en acción, en archivos rotos (de píxeles) de YouTube o en VHS salvajes sus performances, sus ensayos, sus giras extravagantes (¡llegaron a tocar en Holanda!). Al final de cuentas, lo que se celebra es la música y el documental empieza como termina: en un campo húmedo, con los instrumentos desparramados, como animales silvestres. Los Síquicos hoy por hoy ya no existen. Pero existieron, y eso es lo que más importa.

Como ya mencioné en mi escrito para la edición del año pasado, formo parte de un grupo voluntariado llamado Cine y Ciudadanía (propuesta que se desprende del área de cultura de la UNTREF) donde todos los años, proyectamos los cortos producidos por escuelas del partido de Tres de Febrero en el hermoso cine Helios (sede madre del festival) con la presencia de las verdaderas divas del evento: los propios chicos. Para mí, sin duda, es mi día favorito del festival. Y particularmente este año me pareció muy emocionante escuchar a los chicos contar las experiencias que vivenciaron al momento de idear y filmar sus cortos, donde varios de ellos manifiestan y proyectan problemáticas que seguramente ni vos ni yo nos tocará vivenciar en nuestra vida: violencia de género, doméstica e institucional. Lo que siempre queremos demostrar con Cine y Ciudadanía es que el cine está al alcance de todos y que no hay condición social que pueda condicionarte a expresarte. Ver a todos esos chicos pudiendo ver en una sala de cine sus propias historias, las que nadie más que ellos pueden contar, me llena de orgullo.

Terminada la proyección del jueves, recién pude volver a ver algo el viernes por la medianoche, en la función de trasnoche que el festival dedica a películas más de género puro y duro. El año pasado lo hicieron con Mirada de Cristal (una película argentina que homenajeaba al cine giallo) y esta vez la oportunidad le tocó a Black Circle (dirigida por el argentino Adrián García Bogliano pero de producción íntegramente sueca). Su premisa es interesante: un disco de vinilo, al escucharlo, te “libera” de todos los males emocionales que pueden suponer un lastre en tu vida, volviéndote de esa manera mucho más activo, productivo y positivo. Sin embargo, lo que trae aparejado es que, al escucharlo, lo que sucede es que tu “doble espectral” (por decirlo de alguna manera) te posee y tu “yo” original se ve inmerso en un limbo metafísico del cual es difícil salir. Hasta ahí, todo bien. Lástima que la película rebalsa en puros diálogos explicativos, que tampoco ayudan demasiado al estar filmada de una forma tan chata visualmente. Los segmentos más inspirados vienen cuando se producen pequeños “interludios” en 16mm cuando muestran la parte “institucional” de escuchar dicho vinilo. En esos momentos, la película logra ser lo inquietante y perturbadora que no logra cuando vemos la diégesis de la acción. Christina Lindbergh (todo un ícono del cine explotation) no puede hacer mucho para salvar este embole, pero por lo menos le pone onda y le saca la modorra (aunque no por mucho).

Sin duda, la película más linda y emotiva que pude ver de todo el festival fue Foto Estudio Luisita, un documental hermoso y cariñoso que le otorga el protagonismo a Luisa Escarria, una fotógrafa que básicamente retrató a toda la farándula de la época dorada del teatro de revistas de los años 60 y 70. Tímida como ella sola, Luisita habla de su trabajo con modestia y en voz baja, pero sus hermanas y algunas de las figuras que desfilaron delante de su lente la ponen en el lugar que merece, incluida Sol Miraglia, una de las directoras del documental que post-función no hizo más que deshacerse en elogios hacia su protagonista (como dato de color, conozco a Sol desde hace 2 años, cuando ambos participamos del LABEX, un laboratorio de desarrollo para primeras y segundas películas donde ella aun estaba trabajando en su documental). Es una película chiquita, amable, melancólica, pero con un amor infinito hacia una época que ya no existe y también ante un modo de trabajo (Luisita hoy por hoy ya está retirada). La película es hermosa y tuvo (y tendrá) otras proyecciones más allá del EPA: háganse un favor y no se la pierdan.

Por último, mi domingo de cierre arrancó por la charla ¿Cómo se trabaja un guion cinematográfico?, en donde participaron Pedro Barandiaran (montajista de oficio y director de Segey, que fue proyectada en la edición del año pasado), Marcelo Burd (director del hermoso documental Los sentidos-proyectada en la gala de cierre del EPA 2017 y jurado de este año-), Gustavo Fontán (director y guionista la Trilogía del lago helado y la adaptación de El limonero real Juan José Saer) y Santiago Hadida (co-guionista de Aballay, el hombre sin miedode Fernando Spiner y de Cartero, la película con la que cierra el EPA este año), pero faltaron Juan Hendel y Luisa Irene Ickowicz (el primero por un problema familiar, la última por un problema de salud).  Pese a que yo en lo personal estoy un poco más interiorizado en el proceso que implica escribir una película, la charla estuvo más que interesante, donde cada panelista compartía su particular modo de acercarse a la escritura o al proceso de creación de una película. Dado que la mayoría de los panelistas provenían del ámbito documental, explicaban que muchas veces la película se “escribía” sobre la marcha, en la medida que se filmaba y editaba. Por supuesto, todos estaban de acuerdo en que era importante partir de un marco que pusiera ciertos límites y tener un “norte” del cual aferrarse.

Posterior a la charla, me quedé charlando con Santiago mientras hacíamos tiempo a la proyección de cierre de Cartero, donde entre otras cosas hablamos de la vida, el oficio y los conflictos que uno suele encontrarse cuando se topa con directores ególatras o que no tienen la más puta idea sobre cómo escribir un guion. De a poco se fueron sumando miembros clave del equipo de la película, como el actor principal Tomás Raimondi, el director de fotografía Manuel Rebella y el propio director Emiliano Serra, donde entre todos, como se podrán imaginar, terminamos la jornada compartiendo cerveza y papas con cheddar en el punto de encuentro.

Como siempre, el cierre del EPA conlleva una carga emotiva y, como ya mencioné, algo melancólica. Esto sucede porque supone un evento donde existe una gran entrega tanto del comité organizativo como del público. Es una obviedad decirlo, pero es un festival que se retroalimenta gracias a la participación de todos. Por eso que uno se “apropia” del festival y lo trata como si fuera parte de uno, y por eso la desazón se impone cuando todo termina. A su vez, al contar con apoyos cada vez más escasos, pueda correr peligro su continuidad.

Pero sin llantos vamos a la película de cierre.

Si tuviera que definir a Cartero (Emiliano Serra, 2019), diría que cuenta una historia similar a la de El Estudiante, pero lo hace muchísimo mejor, sin subrayados, sin obviedades, anteponiendo primero la historia y luego la “política”. Se trata, en algún modo, de un coming of age de un adolescente (Tomás Raimondi) que comienza a trabajar como cartero en la zona de microcentro durante la antesala a la crisis del 2001. Por supuesto, la película es inteligente al no revelar el contexto de movida, sino que lo hace durante pequeñas acciones y acontecimientos que están embebidos dentro de la historia. Quizás el momento más revelador o contundente que da cuenta del contexto es cuando el protagonista debe entregar una serie de telegramas de despido. Por suerte, la película nunca sacrifica la narrativa en pos de subrayar the bigger picture. Sin embargo, le hubiese favorecido contar con un conflicto más contundente ya que la película finaliza con el que se intuía como una línea secundaria, que era sobre un romance que tiene el protagonista con una chica originaria de su pueblo y que se vuelve a reencontrar en la ciudad durante su recorrido de entregas. Salvando eso, Emiliano Serra y su equipo narran con solvencia, con una cámara siempre activa y despierta, casi invisible, y con una reconstrucción de época sumamente minuciosa (es todo un hallazgo cómo está reconstruida una central de correos de aquellos años). Y con esta película se me fue el festival. Y se nos fue a todos. Pero solo por un año. Ahora sí. Hasta acá llegué. Pero espero que el EPA no, porque lo necesitamos en nuestra vida. Y lo vamos a cuidar.

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