Estafadoras de Wall Street (Hustlers)
EE.UU., 2019, 110′
Dirigida por Lorene Scafaria.
Con Jennifer Lopez, Constance Wu, Keke Palmer, Lili Reinhart, Julia Stiles, Mercedes Ruehl, Cardi B, Lizzo, Madeline Brewer, Frank Whaley y Jon Glaser.

Progresismo reaccionario

Por Sergio Monsalve

Con guion de Joe Eszterthas (si, el guionista de Bajos instintos), Showgirls se rodó a mediados de los noventa, adelantándose al registro de Hustlers

La película de Paul Verhoveen fue incomprendida y sancionada por las ligas de la decencia conservadora, sepultando la carrera de Elizabeth Berkley en Hollywood, tras ser el fetiche lolítico de la generación de la serie infantil Salvado por la Campana (acaso sería una adelantada: Disney no haría otra cosa que entregar corderos sacrifiales, carreras arruinadas en el paso de la niñez o adolescencia a la adultez, entre otras cosas por hacer evidente el contraste entre ese mundo inocente y primigenio y el mundo sexuado al que el mainstream castiga con saña)

El cineasta holandés desnudó a la chica del instituto Bayside, para consumar una fantasía de la era finisecular. Pero la hipocresía iba a cargarse el origen erótico de la propuesta, fundamentalmente por considerarla de mal gusto. Los premios Razzie (que premian lo peor de la temporada cinematográfica del año) la archinominarían y consagrararían a Showgirls en su podio donde van a parar algunas obras maestras poco apreciadas por el canon de la crítica binaria. 

No se fíen de las frambuesas de oro, porque complacen a la ideología sectaria de la academia. De hecho son su perfecto complemento moral. Recientemente seleccionaron a Quién mató a los Puppets, un noir de marionetas impúdicas y escatológicas, como el verdadero Peter Farrely, no el fake beatificado por la esterilizada e inofensiva Green Book

Al tiempo de hoy, la industria puede saquear el contenido y la estética sotfporn del pole dancing, sin sufrir las censuras y condenas de los jueces de la moral. La fuerza pagana del baile en barra fue sistemáticamente acoplada y domesticada por MTV, Youtube, el género trap, las canciones y videioclips de Bad Bunny (cada vez, por cierto, más depurado y desarmado de sus armas transgresoras del barrio bajo). 

Por eso asisto a una función de preestreno de Estafadoras de Wall Street, organizada como un Expo Sexo para toda la familia. Se cumplió el simulacro pronosticado por Baudrillard: un Disney de compra venta de mercancía XXX o softcore. Ciudades enteras llevan años en el negocio de ofrecer parques temáticos de experiencias carnales a la carta del prosumidor del milenio. 

Las vitrinas del Red Light de Amsterdam son globalmente famosas, así como el turismo ilegal de innumerables islas del Caribe. Del cliché de las jineteras descendemos a la prostitución for export de Venezuela, a través de sus concursos de belleza, dato que en buena medida se ignora pero que los venezolanos conocemos con mayor intimidad. 

En tales condiciones, de instrumentación comunista y capitalista del mercado de la vagina y el pene, llegamos a la proyección de Estafadoras de Wall Street, sintiéndonos escasamente sorprendidos por los tradicionales juegos de caderas de Jennifer López en hilo dental y de su amiga Cardi B, enseñando sus siliconas en primer plano. El lenguaje del video clip nos acostumbró a normalizar el desfile de las protagonistas del largometraje en cueros. Desde ahí la pieza redunda sobre imágenes conocidas y masificadas (en Instagram innumerables jóvenes costean sus estudios, divulgando sus galerías de cosplay al precio del mecenas de turno en Patreon). 

Así y todo la película sobrevive a sus reiteraciones, a sus idas y vueltas, a sus rutinas predecibles, a sus dobles estándares, a sus trucos biconceptuales (un rato progre de víctima y otro tramo culposo de reacción), a sus subidas y caídas, gracias al poder de sugestión de las actrices del casting. No soy original al defender el arte total de Jennifer López como cantante, productora, intérprete y creadora de algunas películas soberbias. Estafadoras de Wall Street ratifica su talento para contar historias inspiradoras, dentro de un formato videoclipero tan irresistible como el anarcoliberalismo que desmonta y glorifica al mismo tiempo, con su balada de la pesadilla del sueño americano. La loba de Wall Street, perdió los complejos y rueda una radiografía consciente de su lugar en la industria. 

Superficialmente, la película entraña una tesis que se machaca durante los actos del guión. Al final suena obvio que la mujer fatal afirme que el país es un burdel, un club de strip tease. Lo que en realidad mueve el músculo de la introspección es la curiosa relación que establecen los dos personajes centrales del argumento. En una primera lectura estaríamos en presencia de una narrativa del fracaso de la amistad femenina, por los intereses, las diferencias sociales y las intromisiones corruptoras del hombre. Luego, el fuera de campo y las elipsis, imprimen una leyenda, un relato diferente. 

Estafadoras de Wall Street cuenta el drama romántico y existencial de Jennifer López, con la pareja de ocasión y el progresivo agotamiento de la relación de tintes lésbicos. La hostilidad del contexto produce la degradación de las divas, llevando la cruz de la cacería de brujas, pues ellas reciben el castigo que se les exime a los ladrones de cuello blanco de la bolsa de valores. 

La edición, la fotografía, la danza al calor de los tubos y el rostro de la protagonista compendian un desencanto, una melancolía que rescata la esencia que desluce cuando la directora quiere emitir un juicio de Oprah en una entrega de premios. 

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