Spencer

Por Sergio Monsalve

Reino Unido, 2021, 116′
Dirigida por Pablo Larraín
Con Kristen StewartJack FarthingTimothy SpallSally HawkinsSean HarrisRichard SammelAmy MansonRyan WichertMichael EppWendy PattersonNiklas KohrtJohn KeoghShaun LucasMarianne GraffamOlga HellsingJack NielenBen Plunkett-ReynoldsMatthias WolkowskiOriana Gordon

Una mirada a la oscuridad

Presentada como una fábula trágica, inspirada en hechos reales, la nueva película sobre Lady Di, titulada “Spencer”, consigue atraparnos desde el primer minuto, gracias a la dolorosa interpretación de Kirsten Stewart , bajo la dirección del chileno Pablo Larraín, poseído por los espectros del Stanley Kubrick de “El Resplandor” y “Barry Lindon”. Por ende, una cinta cargada de un simbolismo, más o menos logrado según el crítico de ocasión, que regocija la mirada del espectador en busca de retos a su percepción, dentro de la estructura sofisticada de un filme declaradamente artie, manierista y millenial, cuyos cinco atributos conceptuales procedemos a comentar y desvelar.  

Con un lenguaje sutil, atravesado por un montaje intelectual de culto, la secuencia de apertura nos introduce en la arquitectura dramática de una sinfonía visual, acerca del miedo al vacío, la ansiedad social y el terror psicológico de una Cenicienta al borde un ataque de nervios, quien debe cumplir con el burocrático ritual de la Corona británica, para las fechas de navidad, donde pesan a los invitados del castillo, como un rebaño de ovejas dóciles, esperando que ganen mínimo tres libras adicionales en su estadía. Así expresan “gratitud” y “felicidad” por sus jornadas de asueto en las fiestas decembrinas. Pero la Spencer de Larraín y Stewart, es toda angustia y repulsión por la comida, una doncella aterrorizada por las presiones de mantener un cuerpo delgado, aceptable por los mass media y los tabloides de Londres. Ella sufre de bulimia, dándose unos atracones de pasteles y fast food, que siguen a un estricta costumbre de devolución de los alimentos, frente al excusado. Se harta y vomita como en una pieza del “body horror” contemporáneo, a la altura de títulos como “Madre” y “Swallow”. Al inicio de la historia, el conflicto interno queda planteado ante un castillo kafkiano, que amenaza con devorarla como en el laberinto del hotel Overlook descrito por la pluma de Stephen King. Estamos de regreso a un diseño que prefiere mostrar, picara y sugestivamente, antes que subrayar con la palabra de una telenovela estilizada como “The Crown”. 

La cámara de Pablo, uno de los colosos del nuevo cine chileno, recupera para el cine lo que simplifica la dinámica reductora de la televisión adulta en streaming. Mientras contenidos como “The Crown” se agotan en un desfile de postales huecas y predecibles de las clásicas perturbaciones palaciegas, “Spencer” se permite planificar verdaderas coreografías, auténticas set pieces que entrañan innumerables capas de sentido. El timo de “The Crown” y de los reportajes sensacionalistas al uso en canales de cable, es que terminan glorificando lo que tanto aparentan cuestionar, complaciendo el gusto vouyerista de las clases medias, por imaginar que los aristocráticas también sufren como ellos. Una tentación populista, de reclamo publicitario, que está al fondo de la mirada turística con que suelen crearse dichos productos de género, en el mercado nostálgico de las sensaciones artificiales de la realeza. Frente al kistch monárquico que domina la oferta, Larraín recuerda por qué sigue vigente el enfoque de un autor, que nos incomoda al radiografiar personajes que nos incomodan, que no nos caen bien en mundos monstruosos. 

A diferencia de mis colegas boomers, considera a la protagonista, la ex chica de “Crepusculo”, una de las actrices más importantes de su generación. Pudo dedicarse a vivir de las rentas de su imagen de vampira, aceptando papeles menores en bodrios de súper heroína o vengadora de acción de comiquita. Por el contrario, aprovecho su poder e influencia, para rodar con los mejores realizadores del siglo: Assayas, Kelly Reichardt, Salles, Condon, Lee y Allen, entre otros. Le comento que al tiempo que usted descarga su minuto de odio contra ella en una cuenta de Twitter, Kirsten se prepara para sonreír y lucir en la temporada de premios, con miras a su próxima colaboración con David Cronenberg en “Crímenes del Futuro”, nada más y nada menos que una de las obras más esperadas del 2022, con el genio canadiense con el que todos sueñan filmar. Sin ir tan lejos,  consiente ser la musa del nuevo “Requiem for a Dream” de Pablo Larraín, un amo y señor de las tinieblas del corazón roto, de las almas perdidas, del desencanto mitológico posmoderno, con una galería de ídolos deconstruidos a su gusto, como Neruda, Jackie y ahora Lady Di. En vez de rendirse a un ritual de fotoposes de revista Vogue, el demiurgo reencuadra la imagen de una Kirsten Stewart que ejerce una doble fuerza magnética, como una ley de atracción de polos opuestos, entre su revisión oscura del star system y la fragilidad de su estampa de santa liberal, de origen y alcance humilde. En cualquier caso, un paso adelante, una evolución estimable en la carrera de una intérprete que aspira a grandes cosas y aportes, tras la huella de las divas oscarizadas de la edad dorada. 

Comparto con mis amigos, que peca de redundante, en el segundo acto, y que la dilatación de su conflicto intimista amerita un replanteamiento del guion y la edición. Situaciones se repiten, algunas tienden a resultar predecibles, varias reflejan una paleta excesivamente binaria que no permite la comprensión de los demás secundarios, a los que se despacha con las mismas entradas y salidas de villanos siniestros, grotescos. Con algunas pinceladas se compensa la sororidad y la atracción de las chicas, así como las intervenciones del cocinero solidario y el mayordomo insoportable. Pero no es suficiente, para atemperar el prejuicio y la aversión que transmite la puesta en escena, ante la aristocracia decadente. En tal sentido, sí gana el libreto de “The Crown”, comparado con el de “Spencer”, a la hora de profundizar en las vidas de la reina y su corte. Falta empatía y humanidad al momento de pintar un cuadro más justo y multidimensional de la Corona. 

Por ser chileno y obvio disidente de la dictadura de Pinochet, al querer superarla con el filme “No”, Pablo Larraín siembra los huevos de pascua de su país, en el entramado de la película. No es casual, por tanto, la presencia militar en la organización de un banquete real, que garantiza la alimentación del regimiento de la corte, durante de las fechas de la nochebuena, a efecto de perpetuar su juego de tronos, más decorativo que cónsono con las ideas republicanas y democráticas que circulan desde el siglo XX. De modo que es un choque entre lo nuevo y lo viejo, lo que se propone en el tejido de “Spencer”, le agrade o no al fanático de la monarquía. Lady Di representó una sangre fresca que murió en el pavimento. Su martirología ha sido objeto de análisis y de teorías conspirativas de toda suerte. Al respecto, “Spencer” no asume una postura cerrada, prefiriendo sugerir que hubo una grieta que separó por siempre la existencia de Diana con la de su familia real, exceptuando los hijos que, por lo visto, continúan y refrendo los pasos de ella, al romper élegamente con los protocolos de la corona. La música de Jonny Greenwood acompaña con ritmo de orquesta y de jazz, el desconcierto de la protagonista en las habitaciones frías y desoladas que resucitan los fantasmas de Ana Bolena y Enrique VII. Pablo comparte los guiños al pasado, para que cada uno saque sus conclusiones y formule las preguntas que deseé. ¿ Diana también fue decapitada, a su modo, por traición y adulterio? ¿Ella fue víctima de una cacería y de una emboscada que no supo anticipar y eludir? En el desenlace, “Spencer” le permite la libertad y el respiro a su princesa en apuros. En su auto deportivo, escuchando pop con sus hijos, pide pollo por automac y va almorzar a escondidas con ellos, delante del caudal Río Támesis. Es una clausura alegre y generosa, como la de Tarantino con Sharon Tate en “Once Upon a Time en Hollywood”. Es lujo del cine que se tomen desvíos y atajos, que se construyan las utopías que la historia nos negó. 

Me gusta el cierre agridulce y el diálogo interno que me detona “Spencer”. Por eso figura en mi top del año.

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