Entre el 22 y el 27 de Agosto se llevó a cabo la tercer edición del Festival A Cielo Abierto, en Cochabamba, Bolivia. Fieles al estilo que nos caracteriza, donde hay pachanga, nos prendemos. Y pensamos que no había mejor embajador que nuestro gran Sebastián Rosal. La cuestión es que el tipo se pasó casi una semanita de pura lujuria cinéfila y nosotros no hicimos más que envidiarlo. A la vuelta le pedimos que nos contara un poco del asunto de manera breve, somera. Pero el hombre, si hablamos de extensión, ya va por la remake de Los hermanos Karamazov. Aquí les dejamos la primer parte y que sea el mismo Rosal quien los ingrese al tema.

Cine en Xanadu

Por Sebastián Rosal

Tercera edición de un festival que tiene lugar cada 3 años y mi primera vez tanto en el propio evento como en Bolivia.
Esta periodicidad un tanto extraña se da porque la Fundación Simón I. Patiño, la organizadora, desarrolla otros tres festivales (uno de danza contemporánea, y dos encuentros de literatura, uno boliviano y otro iberoamericano), cada uno con un ritmo anual distinto, de tal manera que la agenda se va modificando según el año. Dado que siempre (por lo que nos cuentan) hubo una apreciable cantidad de gente en las funciones y en el resto de las numerosas actividades que se llevaron a cabo, no sorprende esa multiplicidad de intereses.

Estar una semana en un determinado lugar habilita abrir juicios siempre provisorios, pero la sensación que se siente es que Cochabamba es una ciudad con una importante actividad cultural, que sospecho en parte tendrá que ver con las varias universidades que se encuentran allí. Como en buena parte de Latinoamérica, posee un centro histórico de reminiscencias españolas y barrios de emergencia en los suburbios, pero es además una ciudad moderna, llena de boulevares y parques, que parece estar creciendo a ritmo acelerado y expandiéndose, algo que se nota en la aparición de torres de departamentos en diversos puntos de la ciudad y en un tráfico de autos constante, un tanto caótico, para el que aún no hay una señalización adecuada.

El comienzo no fue el mejor para la pequeña pero entusiasta delegación argentina de la que formé parte, compuesta además por el crítico Leonardo D´Espósito, los directores Cecilia Kang (presentando su ópera prima Mi último fracaso) y Maximiliano Schonfeld (con su tercer largo, La siesta del tigre), y Cecilia Jacob, la simpática pareja de Schonfeld y asistente de dirección en la película. Luego de un confortable vuelo en Boliviana de Aviación con escala en Santa Cruz de la Sierra, la llegada al aeropuerto Jorge Wilstermann (el mismo nombre del principal club de futbol cochabambino) trajo problemas insospechados. D´Espósito fue el primero en abordar la fila de migraciones, y ante la pregunta de las razones de nuestra visita no tuvo mejor idea que decir que íbamos a trabajar invitados por un festival de cine. A decir verdad, cualquiera de nosotros hubiera respondido exactamente lo mismo, ni más ni menos que la verdad. Pero parece que a la Patria Grande esas hermandades alrededor del cine no le hacen mella, y allí nos fueron demorando y amontonando a los cinco, de a uno, en unas sillas en un rincón, sin saber muy bien por qué no podíamos ingresar en territorio boliviano. La razón es que precisábamos una visa de trabajo (o algo así), un aviso previo o, en su defecto, pagar alrededor de mil pesos argentinos para poder hacerlo. Finalmente toda la situación se resolvió gracias a los buenos oficios de la gente de la Fundación, que estaba esperándonos para recibirnos en el aeropuerto y trasladarnos al hotel. Pero lo que quedó fue esa sensación incómoda que genera sentir que para entrar a un país vecino, con el que uno supone existen tratos de reciprocidad, no alcanza con demostrar dicha vecindad ni las buenas intenciones.

El mal trago inicial fue rápidamente dejado atrás esa misma noche gracias al encuentro con Alba Balderrama, la incansable productora general del festival y miembro del centro Simón I. Patiño, al igual que el resto del reducido pero hiperactivo equipo de producción. Alba y los demás se encargarían desde el primer momento de hacer todo lo posible y más para que todos los invitados tuvieran una espléndida semana alrededor de las películas y el cine. Esa noche y las restantes la cena sería en la Muelita del Diablo, llamada así por una formación rocosa en La Paz, según me contaba Paula, otra amable miembro del equipo y la voz especializada en nuestra visita guiada al Palacio Portales de Bolivia, sede del Festival y de la mayoría de sus actividades. El Palacio es una construcción faraónica, proyectada y construida por arquitectos y artesanos europeos, ubicada en un coqueto barrio cercano al centro histórico de Cochabamba (llamado casualmente Recoleta, como su par porteño), con un cuerpo principal y numerosas dependencias ahora refuncionalizadas dentro de un predio de alrededor de 3 manzanas, que mezcla en sus numerosas habitaciones diversos estilos, desde el Imperio napoleónico al mudéjar, pasando por el Beaux Arts francés y el renacentista italiano. El Palacio es como una versión hiperbólica de esas mansiones aristocráticas que surgieron hacia finales del XIX y comienzos del XX, levantados en Sudamérica con la vista puesta en Europa, y de los que aún quedan muchísimos en pie en Buenos Aires, un poco como la Villa Ocampo, aunque en este caso su par cochabambino cuente además con un enorme parque rodeándolo, lleno de especies propias de la zona y otras implantadas. En ese jardín, y a cielo abierto como reza el título, tendrían lugar las proyecciones durante las cinco noches del festival. Por suerte el anunciado frío de fin de invierno nunca llegó, y con no demasiado abrigo era posible ver las películas y las charlas posteriores entre directores y críticos que conformaron cada función.

Pero si la del Palacio es una historia apasionante, no lo es más que la de Patiño, uno de los zares del estaño, tal como se conocía en su momento a las dos o tres personas que manejaban el estaño de Bolivia y el mundo, y un personaje que llegó a amasar, en las primeras décadas del siglo pasado, la que sería la tercera fortuna del planeta. Un golpe de suerte y trabajo esforzado y sostenido durante seis años en la pequeña mina que había adquirido hicieron que Patiño pasara en su momento de ser un modesto emprendedor a convertirse en el principal actor económico y político de su país. Hay algo de Xanadú en el Palacio Portales y de Charles Foster Kane en la figura de Patiño, en esa vida marcada por la grandiosidad y la ambición que, paradójica y trágicamente, nunca pudo habitar la casa que tardó doce años en construir, ya que problemas cardíacos derivaron en la prohibición de volver a su país natal por los problemas que la altura (Cochabamba está a 2600 metros sobre el nivel del mar) podrían ocasionar. Patiño finalmente murió en Buenos Aires, convertido en una figura polémica por su influencia en la vida boliviana. Su fundación, administrada por sus herederos y con sede en Cochabamba y otras ciudades del país, apoya y promueve diversas actividades educativas y culturales. Con ese marco y luego de esta larga introducción, no está de más volver a recordar que el A cielo abierto es un festival de cine, y que hubo mucho de eso y de charlas alrededor de él. Pero eso quedará para la próxima nota.

 

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