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Tiempo de lectura: 5 minutosFestival Han Cine 2020: A Taxi driver

Por Varios Autores

El juego de las lágrimas

Por Marcos Rodriguez

Ya se sabe: cada quien visita (o, más bien, arma) el festival que quiere/puede. La programación ofrece un campo de posibilidades (incluso, como en esta edición, menos posibilidades que otros años, pero aun así en un número inabarcable) y uno sigue los criterios que tiene a mano. En mi caso, la experiencia me ha enseñado que, a pesar de mis más nobles intenciones, nunca logro seguir ninguna de las competencias ni estar al tanto de las películas que hay que ver. Más allá de los infaltables, prolíficos y siempre rendidores Sion Sono y Hong Sang-soo, una película coreana resultó ser una experiencia cerca de lo inolvidable. Fui a verla no sé muy bien por qué, ¿por qué esa en particular entre todas las películas del país invitado (otra vez)? El protagonista es el de The Host, me quedaba bien el horario, Corea siempre dignifica, ya son motivos suficientes. La película se llama A taxi driver.

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En la primera media hora, todo indicaba que no había forma de que esta película estuviera bien. Simplemente imposible. Película de época, con tema importante y toma de conciencia social: la caída de la dictadura en Corea del Sur, un taxista medio facho (inclinación ideológica al parecer universal dentro de la profesión), el periodista sacrificado y noble, violines por todas partes, humor costumbrista, en fin. Está bien filmada, Kang-ho Song siempre es un placer, los chistes mal que mal funcionan, hay una nenita tierna, uno termina entrando pero el espectador entrenado no puede dejar de pensar que esto no va a terminar bien, la cosa no se sostiene.

Sin embargo, si hay un país donde el cine logra lo imposible, es Corea. La cosa va más o menos por donde uno intuye a los cinco minutos: el régimen militar reprime, los estudiantes protestan, el taxista empieza a darse cuenta de que capaz estaba equivocado y que los manifestantes pacíficos a lo mejor tienen razón. Empiezan a caer los golpes bajos, los giros de trama previsibles, las escenas sentimentales a granel. A taxi driver no se guarda nada, ¿por qué habría de hacerlo? Corea, la tierra donde el pudor narrativo no existe.

Cuando uno cree que la cosa está llegando a su clímax, no, hay una nueva vuelta, más perversión milica, más sufrimiento noble de población idealista, más peldaños que escalar en la toma de conciencia moral del taxista egoísta y negador, más esfuerzos bellos por documentar y difundir imágenes de la represión violenta.

Un cínico no sabrá apreciar la belleza de esa batahola de moralismo kitsch, de lágrimas y primeros planos que empapan al espectador. A taxi driver fue un evento sentimental de proporciones épicas, con señoras que rogaban que el sufrimiento melodramático terminara, y unas cuantas lágrimas de varón, escondidas en la oscuridad de la proyección, pero innegables.

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Sobre héroes y tumbas

Por Carla Leonardi

Las películas basadas en hechos reales generalmente corren el riesgo de caer en el apego y la solemnidad respecto de esos hechos, y más aún cuando se trata de atrocidades. En el caso de A Taxi Driver, el director coreano Hun Jang logra en esta película cierto equilibrio entre el respeto por los hechos y la posibilidad de crear un universo de ficción autónomo.

Kim (Kang-ho Song), un taxista de Seúl (Corea del Sur), encarna en esta historia al hombre común que por circunstancias casuales se ve envuelto en una situación extraordinaria que lo convertirá en un héroe. Al comienzo, lo vemos manejando su taxi por la autopista que ingresa a la ciudad, con espíritu alegre cantando una canción romántica y nostálgica respecto de una mujer que ya no está. En este arranque, el director ya nos anticipa la situación de Kim, quien es viudo hace varios años y tiene una hija pequeña que quedó a su cuidado. Pero debido a los largos tiempos que pasa fuera del hogar por su trabajo como taxista, prácticamente será ella quien lo atienda a él cuando regrese de su jornada laboral. Su situación económica es precaria, pues le debe a la propietaria y vecina varios meses del alquiler de la casa que habitan, y su actitud es bastante reaccionaria, pues cuando la marcha de estudiantes bloquee su paso por las calles se quejará de ellos, alegando que deberían estar en la universidad estudiando.

La película está situada en la primavera de 1980, más precisamente en los días cercanos al 20 de mayo de 1980, cuando se produce lo que se conoce en la historia de Corea del Sur como la masacre de Gwang-ju, donde la dictadura de Chun Doo-hwan reprimió el alzamiento popular en defensa de la democracia, dejando un saldo de varios centenares de muertos. Este hecho debido a la censura que recaía sobre la prensa y al aislamiento telefónico y territorial que el ejército impuso a esa ciudad era tergiversado por los medios locales, como si se tratara de una rebelión realizada por simpatizantes comunistas, y obviamente sin blanquear la cantidad exacta de muertes ocurridas.

Por esa época, Jurguen Hinzpeter (Thomas Kretschmann), apodado Peter, periodista alemán que trabajaba como corresponsal en Japón, tomará contacto con un reportero de la BBC, que, habiendo estado en Corea, sabía que se había declarado la ley marcial,  que estaban cerradas las universidades y que había una fuerte tensión con los líderes de la oposición y los estudiantes universitarios. La dificultad de obtener más información sobre lo que sucedía movilizará a Peter a dirigirse a Corea para averiguar lo que verdaderamente estaba ocurriendo.

Cuando Kim, necesitado de dinero, escuche de otro taxista que tenía arreglado un viaje con un cliente extranjero por una buena suma de dinero (suficiente para cancelar sus deudas), le robará su cliente, y así se producirá el encuentro entre Peter y Kim. Juntos vivirán las peripecias de tomar caminos alternativos para poder entrar en Gwang-ju, de tomar contacto con los estudiantes universitarios y la crueldad que allí estaba ocurriendo y de ser perseguidos por los militares, infiltrados como civiles, que enterados de la presencia de prensa extranjera buscarán a toda costa que ninguna información logre salir del país. Que el taxi de Kim esté bastante maltrecho creará bastante suspenso, por cómo diablos lograrán salir de Gwang-ju; y es aquí que aparecerán como aliados una fauna de pintorescos taxistas que ofrecerán su techo y su presencia automovilística, crucial en el momento del escape.

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En el tramo donde los protagonistas estén en Gwan-Ju, será interesante el montaje, alternado entre los planos de la cámara tomando los enfrentamientos y el registro documental de los mismos proveniente de la cámara de Peter, donde la imagen tome un aspecto granulado propio de los años ochenta. Además, la iluminación está muy bien trabajada en las escenas de persecución nocturna, logrando un registro en clave de cine noir.

La película lleva por subtítulo en español Los héroes de Gwang-Ju, claramente con una intención  comercial de atrapar al público, pero a la vez da cuenta de la esencia del film. Los verdaderos protagonistas son todas esas personas que murieron en los alzamientos, y también aquellas que desde su anonimato arriesgaron su vida, ayudando a Jurgen Hinzpeter para que la verdad pudiera ser conocida. Estos muertos y estos héroes anónimos con su acto cambiarían la historia de Corea del Sur, imprimiéndole un destino diferente a Corea del Norte.

Cuando uno piensa en el cine oriental, rápidamente asocia al género de artes marciales, y en lo particular del cine coreano con uno de sus exponentes más reconocidos que es Kim Ki Duk, quien aborda temas sociales, pero desde el lugar de la fábula donde está presente la referencia a los saberes milenarios de Oriente. En A Taxi Driverel coreano Hun Jang nos presenta una propuesta diferente, donde de la mano de un elenco ajustado en sus interpretaciones, combina de modo equilibrado el entretenimiento comercial que proporciona la acción, el efectismo de la historia conmovedora melodramática, y ciertos toques de comedia que, por suerte, no banalizan el documento histórico y el merecido homenaje a los héroes de esa etapa oscura de la historia surcoreana.

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