Una serena pasión

Por los editores de Perro Blanco

En alguna medida los festivales de cine tienen para muchos cinéfilos (y al menos para muchos sino la gran mayoría de quienes integramos Perro Blanco) eso que indica el título de esta introducción a nuestra cobertura Post-Bafici: la cualidad de expresar una pasión serena, que no debe ser confundida con anestesia. Ustedes se preguntaran por qué. Veamos.

El Bafici comienza para muchos de nosotros como la recuperación de un gran evento cinéfilo para la Ciudad de Buenos Aires. Un evento que supo diferenciarse de la decadencia del retorno del festival de Mar del Plata hacia mediados de los 90’s (festival que a su vez cambió varias veces de cara hasta encontrar su propia identidad) y que a su vez lograra volver a reunir a la cinefilia porteña detrás de un evento común que la nucleara durante once días.
El asunto es que el Bafici comenzó siendo una pasión desatada, descontrolada, desordenada que, también en virtud de esos defectos de organización, expresaba logros. Los primeros años del Bafici eran especialmente vitales y caóticos, ya fuera para los espectadores como para la prensa. La salas se ubicaban mas cerca entre si, las corridas y la ausencia de internet decente ayudaban a que todo dependiera de lo visto en salas. La sensación de comunión (y comunidad) estaba a flor de piel. Esa pasión, si nos preguntan, también se expresaba en la extensión horaria del festival (algunas películas extendidas hasta las 4 de la mañana o más), en las actividades sobre el corredor Corrientes (que se extendía entre las calles Uruguay y Agüero, es decir entre el cine Lorca -aunque había una sala una cuadra mas alejada cuyo nombre no recordamos- y el complejo multisalas del Abasto de Buenos Aires). No obstante, y mediando el paso de los años y direcciones del festival, el corredor se fue desarmando, algunas salas cerraron, otras dejaron de ser parte del Bafici y salas nuevas ya apartadas de el corredor Corrientes comenzaron a consolidarse. De a poco esa afectación en el espacio también cambió el modo de transitar esa pasión desenfrenada del que para muchos de nosotros era nuestro primer gran festival.

El traslado de una de las sedes centrales de las salas del Hoyts Abasto a las salas del Village Recoleta sumó a ese fenómeno de descentralización del Bafici que, así como tuvo sus cosas a favor (acceso de cine a más cantidad de puntos en la ciudad de Buenos Aires, funciones gratis en las plazas, actividades con música en vivo en espacios no tradicionales de exhibición cinematográfica) también tuvo contras (el viejo corredor que aunaba a los cinéfilos y generaba una experiencia de familiaridad y de cruce diario desarmó algo de esa experiencia común sobre un espacio compartido y la convirtió en una sucesión de rutas hacia los cines pero sin corredores que las contuvieran). La expansión de internet a mejor velocidad, la posibilidad de escribir en cualquier lado y de comunicarse casi desde cualquier lado hicieron el resto. La experiencia del recorrido intensivo y ruidoso había sido reemplazada por la experiencia de la inmersión intensiva y silenciosa. Y en ese plazo (19 años es una generación) nos hicimos más viejos, las piernas y los estómagos y las cabezas nos aguantaban menos sin comer y sin dormir. Y algo de todo eso encontró en el festival un correlato: el Bafici había cambiado con nosotros.

Hoy el Bafici luce mucho más ordenado que en otros años, si. Pero también para muchos de quienes vivimos el proceso desde sus primeros años, se lo ve mucho menos vital, en el sentido de la irrupción del error, de lo inesperado, de lo extraño. Hay algo salvaje del Bafici de los años anteriores (por salvaje no decimos bueno necesariamente, sino vital e instintivo) que en cierta medida rompía con las expectativas de cualquiera. Hoy por hoy creemos que el Bafici se ha hecho más sólido por muchos de sus frentes pero también más previsible, no necesariamente desde su programación, (algo que puede variar año tras año según las posibilidades) sino particularmente en sus premiaciones. Esa previsibilidad, sumada al cambio en el espacio, al achicamiento en el rango de horarios y a un mayor nivel de conectividad informativa también ha domesticado a buena parte de ese salvajismo inicial.

¿Es todo lo anterior algo malo? No necesariamente. Un gran crítico solía decir que es mejor contradecirse que oxidarse. Y el Bafici, en sus 19 años de historia expresa eso: un avance y un reconocimiento de los pasos, un viraje y una nueva aproximación.
Hay algo de danza en todo esto. Pero no es una danza explosiva, como podía suceder cuando íbamos a ver Velvet Goldmine (Todd Haynes, 1998) a la sala del Cosmos, en el otoño de 1999. Quizás se asemeje más a una danza contenida, como la de Vicentico en el final de Los guantes mágicos (Martín Rejtman, 2004). En el extremo opuesto de la euforia propia de una cinefilia en formación la serena pasión de transitar un festival con algunos años más encima.

Creemos que fue Francois Truffaut quien dijo una vez que no había peor lugar para evaluar una película que un festival grande. La razón es bastante evidente: en el ritmo que uno suele adoptar de un mínimo de tres películas diarias, es imposible saber distinguir bien la calidad de lo visto. Por eso, un festival como el Bafici quizás sirva menos para descubrir grandes películas que para intuirlas. El descubrimiento de las mismas suele darse en general después, cuando la vorágine ya terminó y la memoria empieza a decirnos qué largometrajes quedaron en nuestras cabezas. Después, sólo después, vendrán los revisionados y con ellos las relecturas.

Esta introducción es, fundamentalmente, para presentar el grupo de críticas que proponen un intento por volver a esas películas que fueron vistas en uno de los festivales (¿el festival?) más importante de la Argentina. Con dos meses de distancia, si, los suficientes como para ya empezar a entender qué de lo que finalmente se vio termina siendo memorable, qué era simplemente parte del entusiasmo colectivo y qué terminó siendo una sorpresa que creció con el tiempo.

Por eso en Perro Blanco nos tomamos el trabajo de contarles algunas recomendaciones previas, con los reparos y consideraciones pertinentes. Pero también creíamos que era necesario dialogar desde las impresiones cotidianas, por eso publicamos nuestros diarios. Bueno, ahora le toca el tiempo a pensar lo que vimos. Pasó el pre-Bafici y el durante-Bafici. Con ustedes, el post-Bafici 2017.

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