A Horrible Woman (En frygtelig kvinde)
Dinamarca, 2017, 86′
Dirigida por Christian Tafdrup
Con Anders Juul, Amanda Collin, Rasmus Hammerich, Nicolai Jandorf Klok, Danny Thykær, Carla Mickelborg, Nicklas Søderberg Lundstrøm, Søren Hauch-Fausbøll, Heidi Keller, Vibeke Hastrup, Thomas Dalmo Nommesen, Fanny Louise Bernth, Mads Tafdrup, Christian Tafdrup, Frederik Carlsen, Andreas Kabel

Ordinary World

Por Federico Karstulovich

Los finales de festival son duros, porque nos dejan a los cinéfilos con una suerte de inercia que cae por el despeñadero hacia el vacío. Por eso suele ser recomendable terminar un festival con un momento alto, de felicidad plena, como en algunas ocasiones nos suele pasar. No obstante, en los últimos años no la vine pegando. En 2017 terminé con una película terrible, australiana. En 2016 también. 2018 era el año del desempate, el de la alegría. “Decían que sería divertido” ver esta comedia negra danesa que cargaba con algunos buenos antecedentes. Bueno, el cierre lo trajo una de las películas más desoladoras que recuerde para finalizar un festival. No, no porque se trate de esas películas con marca indeleble de hijaputez como las que suelen entregarnos Hakeke-Von Trier-Noe-Iñarritu-Lanthinos-Ostlund y algún otro mercachifle de turno de esos que practican el sadismo como convención regular para el mundo. No, en este caso la desolación tiene otro nombre. La manipulación y los límites del control en el marco de una pareja son el centro de esa pesadilla que fue acusada de mostrar un machismo galopante al poner en el centro a una manipuladora de film noir pero metida en el interior de una comedia romántica/melodrama doméstico.

A Horrible Woman resulta desesperante porque sabe tocar las teclas adecuadas que reverberan en todas y cada una de las parejas monógamas que conocemos, porque traen al centro del huracán lo que vemos naturalizado (o naturalizamos en nuestras propias parejas) pero que en el fondo puede funcionar como el principio de una pesadilla. Y es que, quizás, lo más inquietante de la película de Christian Tafdrup es que describe algo que pocos quieren ver o decir: que detrás de todo proyecto de pareja, detrás de todo proyecto de armado de un mundo con otro hay tanto de construcción como de destrucción. Hay tanto de amor como de monstruo. O en todo caso: detrás de todo acto amoroso hay un acto monstruoso que se visibiliza solo cuando nos corremos levemente de lugar. Y lo que puede ser un intercambio de palabras sobre el día de cada uno se traduce en un selectivo control. Y lo que parece la planificación de una vida conjunta emerge como un paulatino proceso de manipulación. De ahí que, detrás de su coqueteo con los géneros, quizás el que más permea en la estructura fina de la película no es otro que el terror psicológico. El encierro, sí, puede ser una clave de esto (es notable cómo la película trabaja la paleta de colores y la luz para meternos de lleno en la pesadilla, pero a su vez iluminar cada vez más todo, como si en el fondo buscara mostrarnos el negativo de un mundo al cual hemos clausurado su interpretación), pero no la única. A ver: no estamos ante Possession (Andrej Zulawski, 1981), que era una verdadera pesadilla literal y figurada sobre el desmembramiento de una pareja y sobre su imposibilidad de separarse sin hacer daño a los hijos y a sí mismos. No: aquí nos metemos de lleno en un mundo de naturalizaciones, no de hechos extraordinarios. Por eso el mundo ordinario que revela la película se presenta como esa pesadilla de hechos que parecemos ver por primera vez.

Convertir a lo ordinario en motivo del horror es una de las claves del terror psicológico, porque demuestra que todo eso que percibimos o creímos haber percibido no es más que una serie de pataleos en el aire, una suma de convenciones sociales que decidimos aceptar como válidas. De ahí que los personajes que protagonizan AHW no sean más que funciones de una idea, arquetipos que permiten reconocer que nosotros también lo somos. Y que quizás reproducimos con liviandad en nuestra vida cotidiana con nuestros padres, amigos, compañeros de trabajo y otros. Quizás nuestras interacciones no sean otra cosa que una suma de poses arquetípicas en un mundo vacío de variantes. Y que el libre albedrío para decidir no sea más que un bello cuento para niños (adultos). Pero nada de lo que digo supone un planteo terminante ni elocuente en la película, sino que más bien se presenta como una verdad a medias, como una posibilidad. Por eso es injusto adjudicarle todo el mal, todo el daño a un solo personaje, la mujer horrible del título. Hay, en todo caso, un juego de liviandades, de otorgamientos, de dominios y de dominados, de aceptaciones de mandatos y de conciliaciones con cosas dañinas. Pero ninguna de esas cosas es tan fácil de caracterizar. A veces, incluso, pensamos si realmente es tan fuerte la destrucción que emerge de las formas de control, celos y manipulación a la que la película nos expone. O si en el fondo no hace más que ponernos a nosotros en un lugar de protección frente a lo que, quizás por primera vez, estamos cuestionándonos como espectadores, empatizando con el protagonista hombre.

Pero a la larga comprobamos que se trata de una empatía falsa, que el monstruo, en definitiva, es cotidiano, es mutuo, se alimenta de la degradación diaria de aceptar convencionalmente todas y cada una de las formas de maltrato, incluso las que no lo parecen. Y, en definitiva, de mostrarnos en la jeta, que detrás de toda declaración de amor y cuidado mutuo, también puede haber una pesadilla a la vuelta de la esquina. En alguna medida, y sin meterse con la lógica del policial, esta comedia oscura llega a conclusiones no demasiado distintas a las que llegó David Fincher hace algunos años cuando pergeñó esa maravilla desatendida llamada Perdida. El mundo (una pareja lo es) siempre es ancho, ajeno y misterioso.

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