Casa propia
Argentina,  2018,  83′
Dirigida por Rosendo Ruiz
Con Gustavo Almada, Irene Gonet, Maura Sajeva, Mauro Alegret, Yohana Pereyra

La era de la madurez

Por Sebastián Rosal

Tímidamente y con una vida breve, hace pocos años surgió el término Nuevo Cine Cordobés. Como todo rótulo era impreciso y simplificaba por demás las cosas. Como todo rótulo, algo de verdad había en él; en todo caso alertaba sobre una serie de películas a cargo de una nueva generación de directores que no parecían tener demasiados puntos en común más allá de su procedencia geográfica, su juventud y cierto apego a la histórica deuda del cine argentino con el realismo. Si a eso se le suma el surgimiento de un grupo de críticos jóvenes que  empezaron a asomar por esos años, lo que se terminó conformando desde entonces hasta su consolidación actual fue un centro de producción y discusión que servía como contrapeso al habitual monopolio porteño. Una de las puntas de lanza en aquel momento fue De caravana, el debut en el largometraje de Rosendo Ruiz. La historia del joven fotógrafo de modales refinados que por amor era introducido a la fuerza en un mundo de delincuentes de poca monta mostraba un gusto por los géneros y mano firme para sostener un pulso narrativo constante que en aquel no tan lejano 2012 era bastante infrecuente en el cine independiente. Tres D confirmó aquella primera impresión, y la fuga iniciática a las sierras de los adolescentes en Todo el tiempo del mundo mostró a un director que también era capaz de tocar con eficacia cuerdas más sensibles, más intimistas. Después le perdí un poco el interés a la obra de Ruiz, que parecía haber perdido ella el rumbo: de El Deportivo y Maturita me quedan vagos recuerdos que alternan entre el costumbrismo barrial, ladrones de gallinas y cierta intranscendencia dramática. Pero si había algo que atravesaba todas esas películas, para bien y para mal, era su dependencia de Córdoba como un espacio reconocible, como un actor decisivo.

Con Casa propia, Ruiz parece haber entrado en nuevos terrenos sin tener que salir de su ciudad. No sería descabellado hacer una primera traslación entre el personaje principal y el propio cineasta. De ser así, toda la película sería el reflejo de un director que pretende instalarse en una nueva casa cinéfila propia. Las intenciones parecen estar claras desde la notable escena inicial, en la que un grupo de adolescentes ejercen a pleno su cordobesismo (el término es de Quintín): en la calle, mientras toman fernet con coca y arreglan los detalles de la salida nocturna con su acento patentado, Alejandro, al fondo del plano, golpea la puerta de la casa de Vero y comienzan una típica discusión de pareja. Cuando finalmente él se aleja sin haber arreglado el asunto nada se termina de entender demasiado, pero los efectos de la escena, su eficacia, son retroactivos: los jóvenes comentan en voz alta la situación, se mofan ligeramente, pero nada de esto le importa demasiado a Alejandro, que se marcha ignorándolos. Su mundo puede prescindir de ellos. Mi cine a partir de ahora también, parece decir Ruiz.

Ese contratiempo inicial marca el tono de la vida de Alejandro, su épica un tanto fatigosa y su talante casi permanente, porque además de estar atravesando una crisis de pareja con Verónica debe convivir con su madre enferma en una casa alquilada, mientras su trabajo como profesor en un colegio secundario no parece motivarlo especialmente y las peleas con su hermana por el cuidado de la madre son una constante. La cámara hace foco en su rostro permanentemente para dar cuenta de eso, haciendo que los hechos importen menos que la reacción que en él puedan generar. Algún amorío fugaz con una compañera de trabajo, la alegría mezclada con cierta oculta envidia por el éxito literario de su mejor amigo permiten que asome algo que late con vida propia en Alejandro, cierto pulso presente más allá de los aciertos y un par de traspiés del guion. Es como si la película en su avance fuera descubriendo junto al protagonista lo que está por venir, y es capaz de hacerlo sin renegar de la elegancia formal ni de ciertos recursos que son inéditos en el cine de Ruiz como la sobriedad de la música, la fluidez con que se intercalan algunas secuencias oníricas,  la maqueta de sus alumnos como proyección de la casa deseada o algunos planos secuencia resueltos con pericia. A pesar del drama, todo respira con la suficiente naturalidad como para evitar la confusión entre seriedad y solemnidad.

Mencioné antes Todo el tiempo del mundo, una suerte de road movie pedestre en la que lo que está en juego es la adolescencia como un tránsito, como ese momento vital en el que el cordón umbilical necesita empezar a ser cortado del todo, en el que los eventos que se afrontan se miden y se valoran como afirmación de una personalidad aun en formación. En Casa propiatambién hay un pasaje y el deseo de romper con el pasado para entrar en una nueva etapa, aunque los dilemas de Alejandro son de otro tipo. La búsqueda del espacio propio en el que desarrollarse es el objeto simbólico donde se plasman sus conflictos generacionales, con su madre de manera puntual, conflicto al que Ruiz tiene la inteligencia de evitar en sus derivas psicologistas para desplegarlo en la concisión de sus actos. Pero sus problemas no son solo con la familia y se despliegan en otro frente, de una forma más sutil: no deja de ser graciosa la manera en la que el celular (en la escena en la que un joven lo golpea arriba del colectivo; en el reto a sus alumnos por estar usándolo en el medio de una clase; más aún cuando un mensaje es el disparador de su enésima pelea con Verónica) es una molestia en su vida, la muestra de que para una parte de esa generación la tecnología y su avance frenético no es ni tan natural como para los más jóvenes ni prescindible como para los más viejos. A sus 39, Alejandro está en esa etapa en la que la vida parece empezar a reclamar a gritos hacer algo que deje huella, que confirme la madurez definitiva, la plenitud. Ese era el desafío al que también parecía estar enfrentado Ruiz. La bocanada final de aire fresco, el plano abierto sobre la ciudad soleada parecen marcar un nuevo rumbo, tal vez el dulce augurio para ambos de un futuro promisorio.

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