Una storia volatile
Italia, 2017, 45′
Dirigida por Carla Vestrino

Credulidad

Por Sebastián Rosal

Una storia volatile es uno de esos objetos extraños, inesperados, que cada tanto aparecen en esa entelequia amplia y difusa a la que por falta de mejor nombre solemos llamar cine independiente. Una señora de joviales 76 años, desconocida por fuera de algún pequeño círculo académico, decide ponerse a filmar lo que ve desde la ventana de su departamento en el centro de la capital italiana. Las intenciones están explicitadas desde el primer momento, así es que sin ningún orden aparente, siguiendo el ritmo de lo que le dicte su pensamiento “viajando libre”, desfilan gaviotas, cielos, monjas de clausura que cuelgan la ropa o descansan en las terrazas vecinas, una grúa levadiza transportando un objeto oscilante, obreros trabajando en un techo vecino, cúpulas de iglesias, la humareda cercana de alguna manifestación de indignados. Universalia in re desplegada: lo que aparece incontrolable dentro de ese enmarcado micromundo romano opera en una doble función porque se exhibe en su materialidad (en la sensualidad de su brillo evanescente, en la luz que se derrama, cambiante, según el momento del día o del año), pero también es el disparador a partir del cual la voz en off de la directora reflexiona, conversa y bromea junto a diversos amigos sobre aquello que les es dado ver.

Hay varias cualidades casi olvidadas por el cine actual en la película de Vestrino. En primer lugar porque este breve ensayo personal es finalmente una celebración de cierto tipo de urbanidad que se apoya en el goce del arte y en la charla con amigos alrededor de él como el elemento indispensable en el que alcanza su máxima expresión. Como si fueran aristócratas de modos gentiles, o humanistas renacentistas felizmente extraviados en el siglo XXI, Vestrino y sus amigos desarrollan una sorprendente cantidad de citas y de ideas (divertidas, inteligentes o emotivas, nunca solemnes) alrededor del cine, la música y la literatura, que pueden ir desde Soft Machine al Cuarteto para el fin de los tiempos de Olivier Messiaen, de Emily Dickinson a Baudelaire, de Ozu a Hitchcock. Un primer milagro (el uso de la palabra no es casual, ya volveré sobre ella), tímido, aparece, y reside en la capacidad de hablar de todos esos temas con una gracia, una ligereza y hasta si se quiere una humildad inusuales. Pero hay otro aspecto notable en la película, una condición  anómala y luminosa. La de Vestroni es una película crédula, en el sentido más literal de esa noble y maltratada palabra. Una storia volatile cree. ¿En qué? La primera respuesta, bastante evidente, es que cree en Dios, y las múltiples referencias a Roselini en ese sentido no son casuales. No es aquí el lugar indicado para discutir la existencia de Dios, pero en todo caso vale recordar que al hacerlo se inscribe en un árbol genealógico que incluye a Roselini, a Bresson, Pasolini o Bazin, por nombrar solo algunos de los miembros de ese linaje ilustre.  Pero no solo cree en él, o en el arte y la amistad, como ya fue dicho. Atravesada por lo que podría llamarse un espíritu animista, las aves, los cielos, la luz y el humo adquieren una condición trascendente, una vida nueva y levitante, como si su mera presencia frente a una cámara fuera suficiente para ser tocados por alguna clase de gracia hereje. Vestrino no reniega de los milagros, y sabe secretamente que en un mundo caótico y de ceño fruncido el cine tal vez sea el mejor de lo medios, quizás el único aún en condiciones de generarlos.

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