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Tiempo de lectura: 5 minutosMar del Plata 2020 – Diario de festival : Al morir la matineé, Teddy, Sophie Jones, Heliconia

Por Gabriel Santiago Suede

Nos perdimos Bafici, pero ahí está Mar del Plata para intentar recuperar algo del tiempo perdido. Por eso, aunque sea a la distancia, aunque sea sin cine con butacas, hay que comenzar. Y si hablamos de cine creo que todos pensamos en la misma película para abrir nuestro festival. Me refiero a Al morir la matinee , el slasher argentino-uruguayo que mas suspiros despertó con sus adelantos que mezclaban a Bava & Argento con los tempranos 90s y el cine berreta clase Z. Claro está: con esa paleta de colores primarios contrapuestos (el azul y el rojo, si si), cómo no nos íbamos a lanzar de llenos desesperados sobre ese material flamígero de cinefilia ardiente. Pero hasta ahí llegó el entusiasmo. Porque a los pocos minutos de visionado comenzaron a imponerse las preguntas.

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En efecto, no es muy difícil de identificar las referencias a las que alude a película, por lo que bien podríamos sospechar que se trata de una película hecha para un consumo nostálgico (o para ese consumo tan centennial que es la nostalgia por lo que nunca se vivió o experimentó: nostalgia friendly). Pero tampoco creo que el asunto pase del todo por ahí en esta película sobre un grupo de espectadores en una sala semivacía, a inicios de los 90 en u viejo cine montevideano mientras son acosados por un asesino que los va diezmando en la oscuridad de la sala en cuestión. Se trata de un slasher hecho y derecho que hace de las formas un ejercicio de estilo o una parodia tardía a los modos que alguna vez el terror de los 70s y 80s utilizó de manera recurrente? Quizâs no se trate de propuestas contrapuestas, sino lisa y llanamente de relaciones complementarias. En ese camino de cosas es que podemos comprender la diversidad de lugares comunes del género, las actuaciones estereotipadas y las formas inverosímiles llevadas al paroxismo. El tema es que no estamos ante el cine de Brian De Palma. Pero si hay -y este quizás sea el aspecto mas rescatable de la película- un goce detrás de ka forma, que cuando se convierte en un goce narrativo nos provee de momentos disfrutables (una caída por la escalera en ralenti, un degollamiento con humo de cigarrillo incluido,un asesinato ingenioso, algunos recorridos texturados sobre los objetos en los planos detalle). En esos momentos, en los que la imagen se impone a la narración (ay, el Argento de Inferno!) es en donde la película se disfruta. El resto, en cambio, parece ser una suma de materiales sin un interlocutor del todo claro o disponible. Un cine para si mismo. Con lo bueno y malo que eso tiene.

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Disinto es el caso de Teddy, cuya relación con el terror es más bien elíptica, mediada por un humor negro y seco, por una capacidad de observación sobre la vida cotidiana que por momentos coquetea con el primer cine de Bruno Dumont. De todas maneras lo mas curioso no radica en la relación con el género, sino en el tono, que a lo largo de la película va rotando como si se tratara de un vals en donde dependiendo de los desplazamientos la película nos obliga a ejercer una rotación sobre la superficie en la que se desliza. Una y otra vez se desplaza y ese movimiento nos obliga a reposicionarnos frente a los personajes. Esto parece un dato menor pero no lo es porque es precisamente por ese movimiento que nunca logramos terminar de empatizar con nadie ni con nada de lo que vemos. Ojo, no se trata de una actitud de desprecio de parte del director, sino una decisión clara y consciente. En todo caso la pregunta es otra y es si estamos en condiciones de jugar ese juego. La cuestión es que si efectivamente entramos en cada uno de los pasos y los movimientos la película nos va a llevar por diversos puntos repletos de altibajos. Es como si Teddy precisara todo el tiempo de picos, de puntas álgidas y de descansos. Incluso cuando la veía algo de sus formas me recordaban a la gran Un hombre lobo americano en Londres.

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Pero estas dos fueron apenas el comienzo. La tercera fue una de esas películas-refugio en las que creo cualquier espectador quisiera vivir. Me refiero a Sophie Jones, un coming of age de manual, si, pero concebido con una sensibilidad suficientemente acolchonada como para querer a la protagonista, acompañarla en todas sus cagadas, sus dolores, sus huidas, incluso cuando se pone verdaderamente insoportable (las idas y vueltas del personaje que le dan nombre a la película pueden ser irritantes). El proceso de crecimiento de una adolescente que debe lidiar con la reciente muerte de su madre, la pérdida de la virginidad, la sensación de compensar el vacío social ante la movilidad de las amistades, le necesidad de pensar el futuro y la migración a otra parte del país, el duelo de la despedida de los restos maternos, la aceptación de que la vida sigue. No casualmente quien produce es Nicole Holofcener, especialista del indie americano en esta clase de relatos agrdiculces. El recorrido que propone la película de Jessie Barr no es novedoso, es cierto. Pero conque esté repleta del amor y la bondad que tiene por sus personajes (y de sus personajes para nosotros), basta y sobra. No solo es una película sobre el crecimiento, sino sobre la necesidad y la posibilidad de recomponerse mediante la bondad, incluso la mas torpe, contradictoria e histérica. Dan ganas de irse a dormir con esta película. Pero queda más.

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La última película del día no tiene nada que ver con las anteriores. Como parte de la sección “Estados Alterados” lo que propone Heliconia está mucho mas cerca de cierto cine independiente latinoamericano de los 90s (por momentos la tendencia a la fragmentación, al uso obsesivo de los primeros planos me venía a la cabeza el cine de Martín Rejtman y Esteban Sapir), del primer Wong Kar Wai y del neo-latinoamericanismo pop de directores como Eduardo Teddy Williams (El auge del humano) que de cualquiera de las propuestas que había visto previamente. Ese mismo recorrido de sus extensos 27 minutos es el periplo que reúne la cotidianeidad de la vida urbana con el acceso a un mundo idílico y rural (selvático en un momento, finalmente desértico). Película esencialmente táctil, concentrada en la sensorialidad de las superficies, del color, del grano fílmico, lo mejor que puede ofrecer este breve film es su capacidad de redescubrir los espacios. Por eso trabaja de manera tan explícita con las contraposiciones entre los primerísimos primeros planos y los grandes planos generales. Ahí también se perciben los aromas de un cine que alguna vez supimos conocer (resuena Herzog? No, es demasiado), porque en Heliconia nos sentimos en un terreno familiar. Pero no sé si se trata de un terreno para habitar, claro.

Termina el día, exhausto. Y eso que se trató del primer día de festival.

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