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Tiempo de lectura: 9 minutosMar del Plata 2021 – Diario de festival: Titane, Tres en la Deriva del Acto Creativo, Mad God

Por Sergio Monsalve

Titane ganó la Palma de Oro en el Festival de Cannes del 2021, favoreciendo a una mujer por segunda vez en la historia del certamen, detrás de Jane Campion por La lección de piano. Más allá del tema de las cuotas y visto el filme por los caminos verdes, la concesión del premio se antoja afortunada y arriesgada, en cuanto refrenda el estilo de una realizadora emergente, una Julia Ducornau con apenas dos títulos reconocidos y un futuro promisorio. Como su ópera prima Raw, la nueva cinta de la directora explora el concepto del canibalismo audiovisual, fagocitando ideas de la periferia y del legado de culto de varios genios malditos de la contracultura, como David Cronenberg, Gaspar Noé, Martin Scorsese, Nicolas Winding Refn, Claire Denis y Phillipe Grandieux, cuyas texturas alteradas inspiran las mejores instalaciones de la puesta en escena.En el plot, una niña sufre un accidente automovilístico, cambiando su percepción del mundo. Le colocan una chapa de titanio en el cráneo, provocando su metamorfosis kafkiana ante una realidad próxima a la ciencia ficción.Todo en los primeros minutos de la pieza, remite a la imaginación mutante de la nueva carne de Crash, obra maestra también consagrada en Cannes del 1996. Aquel trabajo espléndido de David Cronenberg pudo admirarse en Caracas, gracias a los esfuerzos de la sala Margot Benacerraf, antes de su apropiación y sujeción política, a cargo del chavismo. Una pena porque ahí se disfrutaba de ciclos de vanguardia, acercándonos al palpitar del cine contemporáneo.Hoy debemos contar con un internet apropiado o al menos con un plan de datos suficientes, para actualizarnos con los contenidos retadores del milenio. Así pues, Titane replantea la mirada de Crash, según el gusto polémico de la generación woke, pero sin caer en complacencias con la corrección política.La protagonista refuerza una visión del empoderamiento femenino, al protagonizar una historia de asunción de la independencia y la redención.Pero al mismo tiempo es un personaje lleno de ambivalencias y complejidades, como una súper heroína afectada por su condición de “X Men”.No empatizas con ella o él, de inmediato, porque la notamos sumergida en una burbuja de autodefensa, frente a las amenazas de un contexto que no la comprende, la ataca, la condena y la persigue.Su devenir nos evoca el de la mujer fatal de Under The Skin, una devoradora de humanidades extraviadas y descarriladas, que utiliza su físico como una carnada.Ambas chicas muestran un comportamiento distanciado, que en el caso de la mujer de Titane se radicaliza con la trama, al modo de una película “revenge” del extremismo francés. Atención con un plano secuencia, en forma de video game, dentro de una casa donde ocurren situaciones violentas y gore, no aptas para audiencias sensibles.En otra viñeta al borde la alucinación, la protagonista copula con un carro “tuneado”, engendrando una especie de “Bebé de Rosemary”.Lo bizarro quiebra el pacto de la verosimilitud, tomando un vuelco heterodoxo en la narrativa, que despierta los mayores resentimientos de la crítica plana y boomer. Para algunos el surrealismo solo se admite en Luis Buñuel y David Lynch. Titane revisa la estética de un “fantastique” galo que ha dado joyas al séptimo arte, de la talla de Los Ojos sin Rostro y Holy Motors.Capaz es cuestión de entregarse el ejercicio de abstracción, que propone el exorcismo de Julia Ducornau, para romper con los corsés de la época.La película nos tiene guardada una sorpresa en el rol paternal que interpreta Vicent Lindon, como un bombero que adopta a la joven, cuando debe modificar su identidad. Las soledades se encuentran en el desarraigo, dedicándole un carta de amor a las subjetividades que se hermanan por encima de las apariencias.   El relato se quiebra y escinde como en la modernidad de La Aventura, dando pie a una segunda corteza que abriga una trama más convencional que subvierte el enfoque trans de la autora.Entre visiones de un fuego metafórico y los dolores de un parto automotor, Titane nos conduce al renacimiento de los géneros, pasando del drama de las sombras a la vida diversa que se expone a la luz.

Tres en la Deriva del Acto Creativo supone el canto del cisne de Pino Solanas, en compañía de otros dos artistas legendarios de Argentina: el pintor Luis Felipe Noé y el dramaturgo Eduardo Pavlovsky, actor de renombre y talismán en la obra del ex senador, militante peronista, figura polémica, uno de los patriarcas del cine político en América Latina, con sus luces y sombras. Es el filme póstumo del autor, a modo de clausura crepuscular y retrospectiva de su obra, bajo la compañía de viejos afectos, familiares y amigos.  El sistema documental de Pino se mantiene y actualiza con las técnicas digitales, en el sentido de combinar un cierto verismo de arte y ensayo con la clásica voz en off del método expositivo, cuya locución de dios constituye un lastre para sus críticos revisionistas. La película triangula una conversación amena y a veces forzada por el ego el demiurgo con sus pares de la cultura porteña, recordando su pasado de insurrección ante el evidente proceso de aburguesamiento y gentrificación estilizada de su propuesta, de su aura, antes calurosa y urgente, ahora enfriada por el natural declive y domesticación de las vanguardias de antaño. Por acción u omisión, Tres en la Deriva del Acto Creativo expone el ciclo de los rebeldes y apocalípticos, quienes después de sacudirnos y despertarnos, pasaron a integrar las corrientes de la independencia más controlada y hasta subsidiada, como el propio cine de Pino, en sus extraños vaivenes del siglo, un rato con el chavismo de visita fugaz a Caracas, en otras con los K, y luego de regreso a la oposición frente al relato de Cristina. A Solanas lo conocí en la Cinemateca Nacional de Venezuela, en un evento de infausta memoria para mí. Fue la última vez que pisé la institución, después de trabajar para ella como guionista y director de su programa semanal de televisión. Cuento corto, un funcionario encubierto me apuntó con un arma en la puerta de la sala, donde Pino presentaba “Tierra sublevada”. Como afirma la página de Circuito Gran Cine: “Este material fue realizado en co-producción entre Venezuela y Argentina, en la que participaron Amazonia Film y Villa del Cine”.De modo que el nombre de Pino, en mi cabeza quedó asociado a un trauma personal. Así y todo, hago el trabajo de desligar aquellos recuerdos de lo que se denuncia y desarrolla en sus filmes. Tres en la Deriva del Acto Creativo prefiere rememorar las glorias de Pino, en vez de elegir un camino de mínima autocrítica. Una obvia es que “Tierra Sublevada” contó con el respaldo de un régimen altamente populista con una Villa de Cine, plagada de condenas nacionales por sus listas negras, censuras y demás irregularidades en el reparto discrecional de sus fondos. El último documental de Solanas nos cuenta las hazañas del héroe, a la altura de sus homólogos en fase de otoño y extinción de su estrella. El uso del archivo marca un notable contraste, al electrizarnos con el prólogo de “La Hora de los Hornos”, mientras los planos del Pino de hoy reflejan el eclipse de su acto creativo. Vemos un Podcast desprolijo, con las sonrisas de aprobación del crew a todo, generando una espontaneidad difusa y activada por las intervenciones de cada protagonista. Los encuadres de Luis Felipe Noé en su taller y en una muestra individual, constituyen un ejercicio de mirar hacia dentro, con la complicidad brindada por años de compromiso en la amistad. De manera que el dispositivo funciona y arroja luces de elegía, en relación con la historia de una hermandad de décadas.Por ende, los comentarios de los hijos aportan imágenes y frases al álbum que ha querido montar Pino Solanas, para despedirse del cine. Se entienden las influencias de Gaspar Noé y Juan Solanas.Conectamos con las logradas secuencias en casa de Eduardo Pavlovsky, cuando Pino lo visita fraternalmente, con el interés de conservarlo vivo en la deriva del acto creativo. Por algo se asevera que los proyectos son los mejores remedios. Eduardo es el primero de los tres en fallecer, justificando la tesis de Pino de filmar su “Relámpago en el Agua”, la película de Win Wenders con Nicolás Ray en su lecho de muerte. En suma, El Festival de Mar del Plata estrena el largometraje póstumo de Pino Solanas, que invita a la reflexión y a la discusión, entre el pretérito y la actualidad de unos ídolos de una época, con los que se pelearán seguramente las generaciones de cristal, pero que con el favor de la inteligencia superarán cualquier dilema, moda, contingencia y diferencia personal, inspirándonos de cara al futuro. De cómo se estudian y cincelan así mismos los creadores, antes fuertes, hoy debilitados por la edad.Unas imágenes talladas por las circunstancias, que a la postre se las lleva el tiempo de la existencia, como el cine. Pero perduran las películas, las obras de teatro y las pinturas. 

Si hay un equivalente del trabajo laborioso y conceptual del “Guernica” en nuestra época, se llama Mad God y fue dirigido por el último anarcopunk genuino de Hollywood, Phil Tipet, un puppet master que consiguió lo impensable, al colar sus fantasías distópicas y monstruosas en el cine mainstream, alterando la percepción de unas cinco generaciones, por lo mínimo, desde finales de los setenta hasta la actualidad, con engendros coronados en filmes como la primera trilogía de “Star Wars”, “Robocop”, “Parque Jurásico” y “Starship Troppers”, por mencionar algunas de sus contribuciones más famosas. Usted reconoce la estética del viejo Phill en la imagen de Jabba The Hut, una de las quintaesencias de su arte macabro y despiadado, cínico y políticamente incorrecto dentro de la industria, buscando siempre provocarla y trastocarla como un virus, que es un triunfo de su técnica de “Go Motion”, léase bien “Go Motion”, porque es distinta a la de “Stop Motion”, cuyo padre es otro genio llamado Ray Harryhausen. El “Go Motion”, a diferencia de su antecesor, consiste en animar con modelos y figuras no estáticas, sino en movimiento delante de la cámara, brindando una sensación de mayor urgencia y crudeza en la pantalla. Es el sello formal del autor, bajo la inspiración de sus amigos Giger y de sus némesis directos, Jan Švankmajer  y Los Hermanos Qay, quienes  mejor no nombrárselos en una entrevista, para no ofenderlo, pues también tiene fama de cascarrabias, aunque últimamente lo fotografían como un anciano adorable, digno del Oscar honorifico. Por cierto, ya ganó el premio de la academia, y se espera una posible nominación por “Mad God” en animación, siendo el reverso infernal de “Encanto”. La de Disney apuesta por los milagros, la de Tipet por las pesadillas que anidan en el subconsciente de la meca. El realizador gusta en proyectar las alcantarillas, lo que se esconde bajo el velo de la felicidad forzada y decretada por los estudios.    Su contenido es, por igual, una soberana cachetada a la imposición de agendas y líneas, a los dictámenes de la generación de cristal, a las aspiraciones de censurar con el establecimiento de un código de disciplina moral, según anticuados estándares de belleza. Pronto, si no ya, algunas de las creaciones de Phill Tipet serán canceladas y borradas, como su prólogo sádico y fetichista de “El Retorno del Jedi”, entre cadenas y lenguas de sapos fétidos. Una especie de anticipo caricaturesco del demonio de Harvey Weinstein, en los séquitos y entornos mafiosos de la Cosa Nostra audiovisual, de la Babilonia que pinta y describe nuestro Sócrates incorregible de barba al descuido. Después de 3 décadas de brega, “Mad God” llega a estrenarse en el 2021, como un acontecimiento fuera de orden, de una era que pasó y que, a veces, tiene la oportunidad de volver para inquietarnos y decirnos que hay futuro para un cine decididamente feísta, experimental y transgresor, aunque perfectamente acabado. La película se fragua a contracorriente de las tendencias animadas, todas ellas concentradas en la prolijidad digital del dispositivo higiénico y millenial de una computadora Apple. Tippet no quiere nada con el CGI, con los hologramas pulidos y las narrativas prefabricadas en un algoritmo clean del game.El plan conspirativo de control que marcha, aparentemente de las mil maravillas para los chicos de Sillicon Valley, unos anarcolibertarios que se apoltronaron en su silla de gobernantes del planeta web. Por el contrario, “Mad God” dibuja el origen y el del globo, como un castigo bíblico de la Torre Babel, que se alimenta de nuestra suciedad y automatismo, de nuestra alienación y terrorismo, de nuestro pánico y maquinismo, para generar ciudades apocalípticas con rascacielos de “Metrópolis” y robots orgánicos de “Blade Runner”. Dicen mis colegas avezados que “Mad God” les resulta un filme enorme a la altura de “Jardín de las Delicias” del Bosco. Una de las anomalías que nos esperan en el espacio higienizado, por la banca y las fundaciones, del Museo del Padro. En las catacumbas, y en un lugar más apartado aún, se debe ir al encuentro de Las Pinturas negras de Goya, que también pasan de cualquier clasificación buenista, de cualquier pacto con la ilustración adocenada de los grandes almacenes de cuadros, para rentabilizar selfies, a cambio de entradas de 40 euros por persona. Así como no se hace cola para ver la serie negra de Goya, y fotografiarse delante de ella, sino para retratar la banalidad de que se estuvo ante Velázquez, “Mad God” no fungirá de afiche o escenografía de cartón, para que la familia se tome fotos, consolándose con que algún día se revele el don del pequeño de la casa que es la oveja negra. A ese niño, precisamente, Phil Tipet le confiesa su amor y odio por el cine que se devora así mismo, como uno de sus seres condenados y torturados en el averno del Dante. Como plus, “Mad God” nos ofrece una sinfonía industrial apabullante y distorsionada, que ya siquiera para sí un David Lynch con Marilyn Manson. Los tocará aplaudir a ambos y rendirse a los pies de un Phil Tipet que ha rodado un fresco tenebrista que tranquilamente podría difundirse, non stop, en una de las salas del Louvre, capaz cerca de Caravaggio o de la “Balsa de Medusa” que narra el naufragio metafórico de la civilización.  Lo mejor es que te divertirás como un niño viéndola, gracias a los esfuerzos de un Festival de Mar del Plata que nos ha consentido, regalándonos un obsequio de una “Nightmare before Christmas”. La única película del siglo que debe admirarse como “Una Capilla Sixtina” del horror contemporáneo. Está todo, la explotación, el dolor, la locura, el espanto, la pandemia, el contagio de la maldad, la lucha por la supervivencia,  y la gracia que solo despierta el arte indómito. 

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