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Tiempo de lectura: 3 minutos#PostBafici 2021 – Mi última aventura

Por Marcos Rodríguez

Argentina, 2021, 15′
Dirigida por Ezequiel Salinas & Ramiro Sonzini
Con Octavio Bertone, Ignacio Tamagno

El sonido de las lágrimas

Mi última aventura es una película que se escucha. Se escucha primero, sobre la pantalla negra, en el ruido de los camiones y la calle. Su primera atmósfera está en ese ambiente, y su primera trama está en la canción que el Pelu empieza a hacer sonar en su celular: un tema viejo, anacrónico, romántico, fuera de lugar y a la vez perfectamente integrado, que adelanta el tema de la venganza, el tema de la tensión y, sobre todo, el tono de melodrama. En este caso, melodrama entre amigos. Las imágenes de Mi última aventura son hipnotizantes y precisas, preciosas, pero yo esta película la escuché. La escuché, sobre todo, en el acento espesamente cordobés del narrador, en la cadencia, en las expresiones (“Me gustaría cooomprarme una motito como esta, siempre me cagó de gusto”), en la forma de contar anécdotas (el chorro que se larga a llorar, la jujeña hermosa). Se escucha, desde ya, en las canciones, ese cuarteto de no sé qué época que carga acento sobre acento. Más allá de la forma de hablar (y de cantar, y de sentir), el sonido es también donde se produce el contrapunto más interesante de la película: la tensión entre lo mínimo y lo desbordado.

Hay un trabajo muy preciso y minimalista en la narración y la construcción de las imágenes en Mi última aventura: no solo porque lo que se cuenta es chico, sino por cómo se cuenta: la voz off clava un par de apuntes que tejen una trama de amistad vieja y robos ocasionales, y las imágenes terminan de contar con los elementos justos. En la secuencia del robo, el minimalismo llega al extremo: sobre una pantalla hundida en las sombras, se dibujan cada tanto, en un rincón o en otro del plano, pequeños trazos de luz (la punta de un cigarrillo encendido, una luz aislada sobre la puerta de una casa) que alcanzan para decirlo todo. Son pocos elementos: dos pibes, una motito ruidosa, la noche cordobesa. Las actuaciones son cercanas y accesibles, pero no dicen tanto. Las motivaciones y las contradicciones se expresan con tanta claridad que alcanzan un par de gestos (dos miradas del protagonista) para que entendamos todo y acompañemos la traición/liberación que se presenta casi como inevitable.

Articulado con esa precisión trabaja el plano sonoro: ahí donde vemos poco y apenas llegamos a intuir, ahí estalla la voz, estalla la música. No hay el menor minimalismo en lo sonoro: las palabras abundan (¿una jujeña? ¿el edificio más angosto del mundo?), la música rebosa el marco naturalista, dice lo que los personajes no podrían decir, lo que la trama casi no parece decir, abre los sentidos y abre el cemento a la epifanía de lo mítico. Si podemos llegar al momento climático de la gran construcción del héroe motochorro (arcos de neón que crean una noche más plena que cualquier noche, el momento más taiwanés de toda esta película taiwacordobeza), es sobre las alas del cuarteto más melo que jamás haya escuchado (“Un buen perdedor” apología erótico/mística del abandono).

Conocemos al protagonista por lo que no dice y por cómo habla de su amigo. Conocemos esta relación por las canciones que escuchan los pibes (arqueología exquisita). Esa suntuosidad cobra sentido en lo áspero de lo que se muestra: la noche, la calle, un local casi vacío de lomitos en lo que parecen horas de la madrugada, una moto amarilla que nada indicaba que pudiera caernos tan simpática. La exhibición orgullosa de las lágrimas cuarteteras, la admiración ingenua por el Pelu, el ruidito de La Flecha estallan porque existen desde coordenadas muy concretas: una Córdoba que en lo personal no podría reconocer pero ahora siento como si conociera de toda la vida. Hay mucho amor ahí: distancia, precisión, referencias, pero sobre todo amor. Amor por los personajes, sí, pero sobre todo amor por ese espacio que los conforma. Amor del que traiciona. Amor del que llora. Amor del que desborda en anécdotas y cervezas (o fernet), en puchos, en horas al pedo. Amor al cine también, pero no por lo que el cine puede ofrecer de arqueología, sino por lo que permite revelar en la esquina donde te juntabas a tomar algo con los pibes, todo eso que está ahí pero que (sospecho) tal vez no podríamos haber visto si el cine no nos lo mostraba.

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