48° IFFR

Apuntes para la cobertura del Festival Internacional de Cine de Rotterdam

Por Laura N. Vitali

  1. Rotterdam, Argentina.

          No es tan fácil seguir el día a día de un festival tan exigente y proteico como el de Rotterdam y hacerse algún lugar para escribir (y pensar lo que se escribe). Así que esta vez adoptaré la siguiente metodología: por una parte, iré compartiendo por aquí algunas impresiones, guardando para el final algún balance más meditado (y, quién les dice, quizás compartido o escrito a cuatro manos… veremos).

El Festival Internacional de Cine de Rotterdam (IFFR, tal como usualmente se lo reconoce) ha sabido reconocer y apoyar al cine argentino desde las épocas de Agresti, Rejtman y el primer Trapero; mucho de lo que terminó conformando lo que luego se conoció como Nuevo Cine Argentino (NCA) en la década del 90 del siglo pasado, tuvo que ver con la intervención y acompañamiento del festival y del importante fondo de la Hubert Bals. El año pasado fue particularmente bueno para nuestro cine con una retrospectiva de toda la obra del director José Celestino Campusano y, en el año de Zama, una Masterclass de su directora, Lucrecia Martel, que seguro que queda en la memoria de los afortunados que pudieron asistir a ese encuentro. Pero esta 48° edición, con 19 producciones argentinas (contando, como corresponde, cortos y coproducciones) no se queda atrás.

El prolífico director de Vil Romance, Vikingo y Placer y martirio sigue produciendo a un ritmo que llama la atención no sólo en nuestro país. Campusano, a quien en el catálogo del IFFR identifican como un “director anarquista”, llega a esta edición del festival con dos nuevas obras. Una nueva producción de Realidad Virtual (en la edición 47 de esta muestra había presentado su primer largometraje en formato VR, Brooklyn experience), La secta del gatillo y el largometraje Hombres de piel dura, su mejor realización desde Fango. La referencia al pretendido anarquismo de Campusano es algo que requiere alguna aclaración o modulación: hay un modo de trabajo, de construcción de un colectivo y generación de redes que lejos de los principios del anarquismo, dan muestra de una organización y una labor que tiende a multiplicar una obra cada vez más extendida y heterogénea. Lo que se advierte en este realizador es una voluntad irreductible por seguir filmando pese a todo, por hacerse un lugar (muchos lugares) para multiplicar sus diversos proyectos. Y eso lo hace con unos parámetros y unas formas muy distintas a los que parece indicar el cine más industrial, pero también aquel al que están más habituados los festivales. Campusano sabe que el cine es, también, un trabajo colectivo, y sabe encontrar los modos para no parar de hacerlo. Independiente y algo excéntrico (en el sentido más literal y menos “Dalí” que pueda imaginarse), extraño de algún modo para la tribu festivalera, pero “anarquista”… tengo mis dudas. En lo que a las obras aquí presentadas, el regreso a lo bonaerense (el conurbano en La secta del gatillo, basada en el libro de Ricardo Ragendorfer; un contexto más rural en hombres de piel dura) demuestra una recuperación de la poética campusaniana (¡atención al uso del lenguaje!) en la que el conocimiento de unos personajes que conoce bien encaja perfectamente con una construcción formal que parece haber alcanzado su imperfecta perfección (en términos expresivos del mundo propio del director).

          La carrera de la monumental película La Flor de Mariano Llinás, comenzó hace un buen tiempo, con la proyección de la primera entrega en una ya lejana edición del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata. La obra completa recién podría verse en abril de 2018, en el Festival de Cine independiente de Buenos Aires (BAFICI), donde se llevó (muy merecidamente, por cierto) el premio mayor de la competencia internacional. Después vendría su paso por múltiples festivales, incluidos los muy prestigiosos Locarno y Viennale, donde “la película de 14 horas” se transformó inmediatamente en el evento del que todos hablaban (aunque no todos la veían completa). Más allá de la duración que se presta al chiste fácil y al lugar común, La flor es una obra única, inigualable, de esas que quedarán en la memoria y que seguramente será recordada como un clásico (no por las formas, sino porque resistirá, sin dudas, el test que importa el paso del tiempo). En Buenos Aires, la película ya tuvo su “estreno comercial” en el templo cinéfilo por excelencia, la Sala Lugones, en el décimo piso del Centro Cultural General San Martín. No todos los países tienen esa suerte, y una realización de esa duración es ciertamente difícil de programar. Por eso no extraña que un festival como Rotterdam, aun cuando la novedad ha pasado, elige dar un lugar de especial atención a una película como La flor.

          También ganadora del BAFICI (pero esta vez, de la competencia argentina) Las hijas del fuego llega a Rotterdam tras un importante recorrido internacional, que incluyó, por ejemplo, su paso por el Festival Internacional de Cine de San Sebastián. Película de una libertad absoluta, tan urgente como inquietante, la road movie imaginada y rodada por Albertina Carri (que cada tanto sigue programándose en las trasnoches del Cine Gaumont y se proyecta en el MALBA) es una experiencia que nadie que la transite culminará la proyección siendo el mismo.

          Introduzione all’oscuro, de Gastón Solnicki (Papirosen, Suden) tuvo su premier mundial en el prestigioso festival de Venecia (en una edición particularmente interesante). Tras su pertinente paso por la Viennale (la película es, también, un homenaje a quien fuera su director, Hans Hurch) el IFFR no podía dejar de programar esta historia de duelo y, en alguna medida, declaración de fraternal y cinéfilo amor. En Argentina la película puede verse (para los afortunados que consiguen entradas, ya que hasta ahora en todas las funciones queda público sin poder acceder a la repleta sala) los sábados en el MALBA a las 20 hs.

          En otras secciones también se han programado las multipremiadas últimas obras de Benjamín Naishtat (Rojo, ya estrenada comercialmente en nuestro país) y Dominga Sotomayor (Tarde para morir joven, coproducción con Chile). Además, forman parte de la partida Joel (Carlos Sorín), Una banda de chicas (Marilina Giménez), Soy tóxico (Pablo Parés y Diego de la Vega), Muere, monstruo, muere (Alejandro Fadel), Alva (Ico Costa, coproducción con Portugal y Francia) y los cortometrajes Cairo Affaire (Mauro Andrizzi), Bicicletas (Cecilia Kang) y Ceniza verde (Pablo Mazzolo).

Para el final, la otra premier mundial de una película argentina (además de las de Campusano): la opera prima de la escritora, actriz, directora de teatro y dramaturga Romina Paula, De nuevo otra vez. La adaptación de su última novela (Acá todavía) es un ejercicio en la que la impronta documental es difícil de separar de la ficción. La protagonista femenina (Romina Paula) cuya deriva seguimos está en una encrucijada vital, volviendo a la casa materna, en crisis con su pareja y con la propia idea (propia o preconcebida) de lo que es (o debe ser la maternidad). La voluntaria renuncia a los límites que tienen que ver con lo ficcional y lo documental se reflejan en una cercanía, una urgencia que evidencia la fragilidad del momento concreto que atraviesa la protagonista. Imposible no conectar lo individual con lo colectivo, en momentos en los que la feliz revolución de las mujeres es el único movimiento político sincero, interesante y perdurable que puede advertirse en nuestro castigado país.

Repaso la selección y me pregunto: ¿Qué idea de la actualidad de nuestro cine se hará el Festival Internacional de Cine de Rotterdam? Sobre eso volveremos.

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