Del 10 al 16 de septiembre tuvo lugar la 6ta edición del FIDBA, el Festival Internacional de Cine Documental de Buenos Aires, que incluye una programación compacta con diversas competencias (cinco en total) así como seminarios, conferencias y laboratorio de desarrollo de proyectos documentales. Sebastián Rosal se dio una vuelta y trata de explicar en dos películas algo que parece ser lo mismo pero que esconde una sutil aunque decisiva diferencia.

Vulnerables

Por Sebastián Rosal

Un poco al azar, o en todo caso en función de un momento libre en mi agenda, comencé el periplo en el FIDBA, el Festival Internacional de Cine Documental de Buenos Aires, con Midnight Ramblers, la película del francés Julian Ballester. Así fue el resto de la semana. Si bien no es la manera ideal de atravesar un festival de cine, a veces los dados caen de una forma misteriosa, y lo poco que pude ver está atravesado, creo, por un eje que intentaré desarrollar aquí a partir de dos de esas películas.

Ballester sigue a un grupo de homeless de Quebec, en Canadá (el director está radicado desde hace unos años en aquel país), mientras vagan por la ciudad. Las historias de cuatro o cinco de ellos, que se conocen entre todos y comparten alguna especie de solidaridad mutua, la ocasional compañía y la comprensión por la situación común, generan un interés que tengo que admitir no esperaba cuando leí el resumen sobre la película. Excluidos del mercado laboral, los personajes viven mendigando en las calles; alguno de ellos excede el mero pedido gracias a un talento evidente para tocar la guitarra y cantar. Buena parte de las pocas monedas que ganan las usan para comprar drogas (heroína principalmente), y eso los lleva cada tanto a presentarse en algún centro de salud estatal que los asiste en su adicción, aunque nunca termina de quedar claro de qué manera. Dicho esto, Midnight Ramblers es una película sobre yonkees (no solo eso, pero es lo que aquí me importa) pero no solo porque la droga es un aspecto central en sus vidas, la forma más rápida de evadirse de la realidad, según ellos mismos declaran más de una vez; también porque su consumo parece destinarlos a ocupar el rol de escoria social, los deshechos que la sociedad genera y que luego pretende ocultar, o ignorar. Ese doble juego entre los homeless y la ciudad (ausencia y presencia, un mismo espacio compartido y vidas en universos distintos) se desarrolla sin puntos de contacto, fogoneada por el desprecio de un lado y el aturdimiento del otro. En algún momento Tattoo, el menos expansivo de todos, el más atormentado, se inyecta una dosis frente a cámara y queda dormido. Esos segundos hasta que vuelve a reaccionar son los momentos más tensos de la película, un breve paréntesis en el que la muerte deja de ser el horizonte esperable para convertirse en una presencia real.

Decía que la película logra mantener un interés constante, algo a lo que seguramente contribuya su brevedad (apenas una hora). Ese interés es genuino, pero las razones en las que se apoya son las que resultan, como mínimo, sospechosas. Hay en Midnight Ramblersuna serie de tópicos que una amplia parte del documental actual recorre como una especie de camino obligatorio, hasta convertirlo en letanía. La receta incluye como ingrediente principal tener de objeto de interés algún grupo al que podríamos llamar, por diversas razones, de descastados, o vulnerables, o cercados por algún tipo de peligro: drogadictos, gente en situación de calle, locos, grupos minoritarios que por la razón que fuere están bajo amenaza. Hay algo de manipulador en todo eso, desde el momento en el que difícilmente quien vea algo así no se ponga de su lado, dato que uno puede suponer que los directores no desconocen, si es que pretenden ganarse al público desde el primer momento (por supuesto también hay espectadores que pueden pensar lo opuesto, pero se supone que la mayoría de los que vamos a ver cine documental independiente somos gente sensible, y probablemente culposa; y que estamos de alguna manera interesados en esa cosa difusa pero inevitable llamada mundo real). Por otra parte, no hay que ahondar demasiado en el humor social, en los discursos que circulan en relación a esos grupos y a otros, aquí y en todos lados (de nuevo: somos gente sensible, comprensiva). Y como argumento (casi) definitivo alguien podrá decir, con razón, que el problema no es de las películas sino del mundo y su funcionamiento (vade retro, capitalismo). El punto básico que a veces parece perderse de vista es que, por más empatía que la vulnerabilidad real y palpable pueda generar, seguimos hablando, antes que nada, de cine, de sus formas y procedimientos, y una de las cosas que empiezan a pasar alrededor de estas películas es que aquello que muestran genera tanto consenso que aquel que se atreva a no hablar bien de ellas empieza a ser visto como un hereje. Lo que parece imponerse es que como no podemos hablar mal de los homeless, no se nos permite hablar mal de una película que habla bien de un grupo de homeless. Es momento de recordar que nunca está de más desconfiar de aquello que viene con viento de cola.

Por supuesto que hay matices, y en el uso del abanico de posibilidades de los que una película dispone Midnight Ramblers sale mejor parada que varias de sus colegas. Respeta a sus personajes, no cae en la abyección y logra darle cuerpo a sus problemas sin quitarles una vitalidad que uno no sabe muy bien de dónde viene. Kye, Tobie, Paul, Kim y Tatoo terminan teniendo inevitablemente nuestro cariño, pero uno siente que ese afecto se lo ganaron ellos a pesarde la película. El recorte de situaciones elegidas, la forma de cercenar el universo (la “descamación” de lo real, para usar ese término bello y definitivo de Bazin) y de ordenarlo para articular un discurso que los convierte en personajes idealizados –con la dosis justa de fragilidad para generar compasión-, en el fondo vuelve a Midnight Ramblers una película de ficción, aunque simule ser todo lo contrario. La discusión acerca de lo engañoso que resultan los rótulos de ficción y documental parece concluida, pero eso no quita que algo de basura se quiera esconder bajo el felpudo. Como si a los directores también los alcanzara el abrazo del oso de aquello que puede o no decirse o mostrarse, como si la estigmatización en relación a los pobres (o los vulnerables, los descastados… llámenlos como quieran) hubiera pasado de las estadísticas al cine. Es una rara forma de entender la dignidad, o al menos discutible. Parece un callejón sin salida, pero el mismo FIDBA mostró que no hace falta volver a Buñuel o Berlanga para encontrar una salida.

Sergey Spivak Laurson es Segey y Segey es la ópera prima del argentino Pedro Ba