finch

Tiempo de lectura: 2 minutosFinch

Por Luciano Salgado

EE.UU., 2021, 115′
Dirigida por Miguel Sapochnik
Con Tom Hanks, Marie Wagenman y voz de Caleb Landry Jones

Sangre, sudor y lágrimas

Tengo que admitirlo no sin cierto pudor: siempre que Tom Hanks participa de algún proyecto, invariablemente, ese proyecto comienza con cuatro puntos. No, miento: la bazofia de los hermanos Coen que conocimos con el nombre de El quinteto de la muerte era nefasta. Pero bueno, digamos que Hanks tiene una capacidad notable para elegir proyectos (confíele, como le confiamos a Tom Cruise, aunque muy cada tanto puedan equivocarse). En este caso se mantiene la tradición. Y Tom no traiciona, precisamente, porque su centralidad es determinante para la película: el componente humano como hecho determinante de los últimos largometrajes en los que TH participó. Y su presencia que conecta con otras películas, en las que la evolución de los personajes interpretados por el actor apunta siempre al mismo lugar (y no sólo las últimas películas: desde Náufrago para acá es una constante más o menor regular): el autodescubrimiento de los modos de relacionarse con los demás.

Finch es una película hankiana también porque no se trata de un proyecto autoral (desde hace rato que el actor ha elegido participar de proyectos en los que la narración depurada e impersonal (en el mejor de los sentidos) sea más importante que el dueño del aparato de escritura cinematográfica), sino que se configura como una película de furiosa raíz clásica, precisamente porque confía en el lenguaje de las imágenes (incluso más allá de algunas agachadas y verbosidades innecesarias del último tramo). En este punto, lo que comporta la selección de Hanks es en efecto una mirada autoral-actoral. Siempre hay que prestar atención a ese aspecto (pero quienes quieran leer mayor precisiones sobre esto deberían leer esta nota de Diego Maté sobre Noticias del nuevo mundo), porque esa negativa autoral-directorial es la que afirma con fuerza la mirada del actor.

En Finch el sistema que se dispone es preciso, potente, táctil. Pero no se propone reinventar nada: un hombre enfermo de muerte, aislado sobreviviendo en un mundo postapocalíptico, crea un robot capaz de cuidar a su única compañía hasta ese momento, un perrito sobreviviente de una masacre en tiempos en los que las personas se sacaban los ojos en plena tensión apocalíptica. En ese contexto, en un mundo casi completamente ausente de vida humana (debido a la intensidad de la radiación solar) Ficnh, el protagonista, debe consumar un viaje con los peligros que eso conlleva: para su salud, para la integridad física de sus acompañantes y para la integridad material del medio de transporte. En este punto, por lo tanto, los mayores logros de la película están puestos en la confianza en la materialidad de la aventura propia de la road movie que nos promete: avatares climáticos, amenazas fuera de campo pergeñadas por otros sobrevivientes desesperados, pero también por la confianza puesta en la intimidad de los personajes. Entre lo grande y lo pequeño se situa oscilando esta película perteneciente a otra época.

No obstante Finch está rodeada también de algunas decisiones innecesarias, que se nos presenten con la forma de una sucesión innecesaria de backstories: la explicación del pasado del perro, la explicación del pasado del mismo Finch en relación a su padre, la explicación del contexto del apocalipsis climático. Es curioso: tomando esas decisiones la película atenta contra lo que mejor supo hacer. Y en alguna medida logra que el forzamiento de nuestros lagrimales se imponga a la tensión lograda por los mejores momentos. En esa entrega lacrimosa a la extorsión emocional nos sentimos vulnerados, precisamente porque le película hubiera logrado llegar al mismo lugar sin forzarlo por medio de palabras o situaciones insertadas con fórceps. No obstante, tras un cierre previsible y lacrimoso, el final le hace justicia al aspecto humanista, curiosamente, sin humanos a la vista.

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