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Tiempo de lectura: 5 minutosFreaky: este cuerpo está para matar

Por Andrés Brandariz

Freaky
EEUU, 2020, 102′
Dirigida por Christopher Landon
Con Vince Vaughn, Kathryn Newton, Alan Ruck, Katie Finneran, Celeste O’ Connor, Misha Osherovich, Uriah Shelton, Dana Drori.

Role Playing (*)

Who’d have ever thought of it
Who’d have ever dreamed
That a small town girl like you
Would be the boss of me.

Entre Happy Death Day (2017) y Freaky, Christopher Landon está perfeccionando un pitch que parece de comité: combinar una comedia fantástica con el terror slasher. En Happy Death Day, el dispositivo elegido era la repetición de un día decisivo en la vida de la protagonista -al estilo de Groundhog Day– que se reiniciaba cada vez que un misterioso enmascarado la asesinaba. En el caso de Freaky, la combinatoria sale de un juego de palabras entre Freaky Friday (y todas sus remakes a partir de la original de 1976) y Friday the 13th, la franquicia slasher por antonomasia.

La comedia con elemento fantástico y el slasher: dos subgéneros sumamente exitosos de décadas con dos escenarios posibles, ninguno de los dos alentador. Por un lado, soportar el desdén de un panorama cinematográfico demasiado serio, en el cual el espíritu lúdico parecería opuesto a la profundidad conceptual. Por otro, el vaciamiento de sentido que genera la constante apelación a la nostalgia, como si estos subgéneros consistieran en la repetición de sus elementos más superficiales. De alguna manera, Christopher Landon logra esquivar estos dos escenarios y se perfila como un dignísimo continuador del trabajo de Wes Craven y Kevin Williamson que terminó de fructificar en Scream y sus secuelas. Tanto Happy Death Day como Freaky logran algo dificilísimo: por un lado, ofrecer una mirada innovadora sobre sus referentes, que apuesta por la contemporaneidad y prescinde de nostalgias; por el otro, una habilidad para retener todo lo que hace a estos subgéneros tan efectivos, emocionantes y -sobre todo- inmensamente divertidos.

El secreto -si hay alguno- parece ser el fuerte anclaje que Landon establece entre el dispositivo narrativo elegido y el arco de transformación de sus protagonistas. O -invirtiendo los términos- el diseño que hace Landon de un personaje protagonista, para el cual el dispositivo narrativo elegido es el elemento que permite una transformación Juzgo importante empezar a hablar en términos de inversiones y simbiosis, porque Freaky es la historia de un intercambio… de cuerpos. Por un lado, el cuerpo esmirriado de Millie (Kathryn Newton), una adolescente tímida que está por terminar la secundaria con la pérdida reciente de su padre todavía doliendo. Su madre (Katie Finneran) bebe de más y busca en Millie su sostén, absorbiéndola sin darle lugar a su desplegar su identidad. La hermana (Dana Drori) ocupa el lugar de madre para las dos. Hay en el hogar de Millie un desplazamiento provocado por la ausencia, que se hará explícito cuando irrumpa el otro cuerpo en cuestión: el gigantesco Carnicero de Blissfield (Vince Vaughn), un despiadado asesino serial que se dedica a cazar adolescentes.

En uno de sus ataques, el Carnicero toma posesión de La Dola, una daga de origen azteca con propiedades mágicas y rituales; propiedades que el Carnicero ignora, hasta que apuñala con ella a la desvalida Millie en la cancha de fútbol americano. La daga, ese elemento que la lectura psiconalítica identifica como sustitución del falo y con el cual -de acuerdo con los códigos del subgénero- el serial killer está siempre buscando sublimar algún conflicto con su sexualidad, acá es la causante del equívoco cómico. Puñalada mediante, ocurre lo impensado: la final girl pasa a ocupar el cuerpo del serial killer y viceversa. Cuando el Carnicero retira la daga, descubre que su cuerpo también sangra; el victimario ocupa el lugar de víctima a través de una herida en común. Además de involucrar a la conciencia y al cuerpo, el enroque implica una inversión de roles.

Es explorando las implicancias de este cambio de roles que Freaky despliega toda su audacia; esa que la aparta de las referencias y le permite desarrollar su propia tesis. Atrapada en el cuerpo del Carnicero y con un sólo día para recuperar su cuerpo antes de perderlo para siempre, Millie es cazada por la comunidad. Con la ayuda de sus amigos, puede escapar de la constante persecución a medida que intenta, torpemente, dominar un cuerpo ajeno que le queda muy incómodo. ¿Hay una metáfora más hermosa sobre la adolescencia? De a poco, Millie cobra dimensión de su capacidad para infundir miedo e intimida a algún bully de la escuela para hacer justicia, asumiendo por primera vez el poderío físico del serial killer. Por su parte, el Carnicero se queja de la debilidad del cuerpo de Millie hasta que le encuentra una veta peligrosa: explotar su atractivo físico. Ése que no pareciera ser -a ojos de sus amigos y la mayoría de sus compañeros- lo más destacado de su persona. Mientras Millie -en el cuerpo del Carnicero- y sus amigos intentan detenerlo, el Carnicero -en el cuerpo de Millie- desata una matanza en la cual -sin sospecharlo- cada uno de los personajes del mundo académico que hacen de la vida de Millie un infierno van siendo eliminados. El Carnicero va convirtiendo al cuerpo Millie en una máquina de matar. Ocupar un cuerpo ajeno da conocimiento; también poder.

Dentro de las audacias que se permite Freaky con su premisa, está el juego que establece con la identidad de género. En medio de una escena de tensión, la mejor amiga de Millie pide que respeten los pronombres masculinos al hablar del Carnicero (en ese momento ocupando el cuerpo de la adolescente). La película hace humor a costa de la sensibilidad woke, pero no se burla de ella. Al contrario: tomando el punto de vista de Millie, Freaky es la odisea de una persona atrapada en un cuerpo que le resulta ajeno para recuperar el propio, antes de perderlo para siempre. Un cuento fantástico sobre la disforia (¿habrá visto J.K.Rowling esta película?). El Carnicero de Blissfield, por el contrario, usurpa el cuerpo de Millie para usarlo como arma, diseñando una performance de vulnerabilidad basado en la exterioridad, habitando el cuerpo como un camuflaje para seguir haciendo el mal. La empatía -tantas veces conjurada últimamente como condición suficiente para resolver todos los problemas del mundo- se vuelve una herramienta inútil contra un antagonista incapaz de sentirla. Ponerse -literalmente- en los zapatos de otra persona sólo es un medio para seguir absorbiendo información sobre su víctima, esa que quiso matar y no pudo.

La última secuencia enfrenta a Millie y al Carnicero -de regreso en sus respectivos cuerpos- para la batalla final. Al igual que en el inicio, Landon apuesta al slasher puro. Se suman a la lucha la madre y la hermana -de una manera más interesante que en la Halloween de David Gordon Green, con la que tiene algunos puntos en común-. Millie guarda la memoria de haber habitado el cuerpo del Carnicero y lo vence explotando sus puntos débiles, burlando la excesiva confianza que el psycho killer deposita en su cuerpo. Finalmente Millie lo aniquila atravesándolo con una madera: el mismo método que el Carnicero utilizó para ultimar a una joven en la primera secuencia de la película. En el clímax, parecen confluir en Millie dos memorias: la emotiva, de haber habitado el cuerpo del Carnicero; y la del cuerpo, su propio cuerpo, que ya no es el mismo luego de haber sido usado para cometer una infinidad de crímenes.

De esta manera concluye Freaky, postulando un sacrificio que no consiste en el intercambio de cuerpos, sino en la consumación de la muerte del victimario a manos de la víctima, que ha absorbido algo de su agresividad y la ha canalizado para su destrucción. El conocimiento es poder. Pero el precio es una simbiosis, una contaminación. Ahora hay una conciencia compartida, una memoria corporal impregnada de muerte. Como todas las grandes películas, el final de Freaky conjura emociones contrapuestas. Escondida en una resolución celebratoria, subyace una solapada inquietud.

(*) Esta nota fue publicada previamente en Perro Blanco como No estreno, en Diciembre de 2020

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