Frozen II 
EE.UU., 2019, 103′
Dirigida por Chris Buck y Jennifer Lee.
Guion: Jennifer Lee. Fotografía: Tracy Scott Beattie y Mohit Kallianpur. Edición: Jeff Draheim. Música: Christophe Beck. Canciones: Kristen Anderson-Lopez y Robert Lopez. Distribuidora: Disney. Duración: 103 minutos. Apta para todo público.

La película que nunca estuvo

Por Rodolfo Weisskirch

¿Que se le suele pedir a una secuela de una buena película?

1- Que no repita la fórmula de la antecesora, pero que mantenga la esencia que le otorgó calidad a esa primera parte.

2- Que profundice en el carácter de los protagonistas, permitiendo conocer detalles de los mismos que nos eran ajenos pero también, al mismo tiempo, que se hagan mas complejos los lazos con otros protagonistas.

3- Que esté más acorde al contexto de la realización de la secuela. El mundo cambia constantemente y las secuelas tienden a adaptarse a esos cambios, tanto tecnológicos como sociales.

Frozen II sigue este manual prácticamente al pie de la letra. Y es tal el grado de autoconciencia, cálculo y efectismo de esta fórmula que en el medio lo que se perdió fue, precisamente, la frescura, calidez y vitalidad de su precursora. Es notable (en el peor de los sentidos) el esfuerzo por evadir lugares comunes, por darle mayor relevancia a las protagonistas femeninas y otorgarle a los personajes masculinos apenas una pobre subtrama romántica y un lugar lateral (la perspectiva feminsta podría objetar que esto es lo que hizo la cultura patriarcal con las mujeres: bueno, inversión no es ecuanimidad), que aquello que debería romper el molde termina por volverse un factor previsible y conservador.

La narración empieza, como muchas secuelas, con un flashback. Anna y Elsa, niñas ambas, están junto a su padre, quien les relata un cuento de su juventud que incluye el mito de un bosque encantado. Al mismo tiempo el cuento narra cómo el ejército de su abuelo quedó encerrado entre las tinieblas del bosque en cuestión. Poco tiempo después los progenitores de las futuras reinas terminan hundidos en medio de una tormenta.

Elipsis. Salto a la actualidad. Elsa, reina del pueblo, escucha un murmullo proveniente del bosque. Anna, Kristoff y Olaf la siguen para averiguar de donde proviene. Así, descubren al viejo ejército del abuelo y a una comunidad nativa, encerrados dentro de un hechizo que los mantuvo cautivos por más de 10 años. Pero este descubrimiento no es suficiente. Elsa sigue buscando más.

Acaso lo más interesante de esta secuela es la ausencia física de un antagonista. En todo caso el antagonismo pasa por ella misma consigo. Es la protagonista quien debe reconciliarse con sus poderes, que a su vez la ayudarán a definir quién es y de donde viene. Y al mismo tiempo deberá salvar su pueblo de una amenaza natural sin rostro.

En el trayecto deberá saber delegar responsabilidades -ese lugar es el que ocupa Anna- y en alguna medida crecer. La relación entre ambas es más estrecha, claro. Y en este contexto el pobre Kristoff es quien queda relegado a ser una de esas figuras románticas características del cine de los años 80: un personaje soso, idealista, al que fácilmente le cabría el rostro de John Cusack. No obstante -y conscientes de esto- los realizadores arman una balada al mejor estilo Richard Marx/Michael Bolton, que se despega completamente de la solemnidad o el tono de toda la película, otorgando el único momento genuinamente fresco e imprevisto de todo el film. Es anacrónico, no se parece a ninguna de las otras canciones. Es un instante anárquico no exento de emoción. Después, claro, la vuelta al tedio.

Durante una hora Disney impone su marca: moraleja ecológica, respeto por las comunidades originarias, personajes femeninos que rompen con el estereotipo de las princesas frágiles de antaño. Todo eso, claro, acompañado de una banda sonora atractiva, imágenes perfectas, diseñadas por CGI -que están a la altura de los mejores trabajos de Pixar- y un ritmo casi incesante de film de aventuras, con dosis equilibradas de drama y humor -para eso está Olaf, cuyo arco dramático es prácticamente igual al del film de 2013-. Pero nada de esto genera emoción genuina. No está el mismo nivel de adrenalina o peligro en la última media hora. Todo es demasiado amistoso, agradable y prefabricado. No hay traiciones en tiempo presente, no hay una pelea de vida o muerte -se sacrifica a un personaje que se sabe que va a resucitar a los pocos minutos- ni riesgo real. Lo gélido del clima se termina transmitiendo a los espectadores. Y al finalizar prevalece el orden. La resolución, por último, provoca la sensación de que Jennifer Lee -como guionista- nunca pudo encontrarle un desenlace atractivo y convincente. Toda decisión es forzada, poco épica, es decir, poco atenta a la tensión de fuerzas y al esforzado aprendizaje en el camino del héroe. Muy alejada de las expectativas, pero políticamente correcta. Como si esa hubiese sido la prioridad del estudio, antes que encontrar una historia que valga la pena narrar.

Frozen II (ese título) está plantada de buenas intenciones, pero también es la cosecha natural de una enorme pereza creativa. El film nunca encuentra una brújula de lo que realmente desea contar. Sí, es muy bella visualmente. Es cuidada, prolija. Pero carece de vida. Y eso trasciende al tono y resultado final de la película. Estamos, al final del camino, frente a un producto hecho prácticamente en piloto automático. Es algo peor que una película mala. La transformación ejercida sobre la original construye una secuela tan mediocre, que se olvida tan fácilmente, que al final parece que nunca hubiera existido.

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