Galveston
EE.UU., 2018, 94′
Dirigida por Mélanie Laurent
Con Ben Foster, Elle Fanning, Lili Reinhart, María Valverde, Beau Bridges, Robert Aramayo, Adepero Oduye, Rob Steinberg, Jamel Chambers, Heidi Lewandowski, Jay DeVon Johnson, Michael Ray Escamilla, Rhonda Johnson Dents, Christopher Amitrano

La armonía del caos 

Por Raúl Ortiz Mory

“¿Cuántas veces he estado a cubierto de la lluvia bajo techo ajeno, pensado en mi hogar?”, reza un epígrafe de Galveston, la primera novela de Nic Pizzolatto. La cita corresponde a William Faulkner, sureño como Pizzolatto, quien, a través de sus textos, narra las pobrezas emocionales de individuos sin norte con una profundidad conmovedora, siempre a partir de técnicas literarias que innovaron la novela y el cuento durante la primera mitad del siglo XX.

Pizzolatto, un profesor de literatura que alcanzó su cima creativa cuando ideó la exitosa serie de HBO, True Detective, recoge en su novela una característica muy puntual de Faulkner: trazar personajes decadentes que a riesgo del desamparo deben hacerle frente al destino sin rodeos. La novela tiene como protagonista a Roy Cady, un matón que con sus pensamientos y actitudes violentas -expresadas por medio de largos monólogos (otra vez el peso de Faulkner)- narra la traición de su jefe mafioso que le arrebató la novia y que intenta deshacerse de él. En ese trance conoce a una joven prostituta a la que arrastrará en una huida por escenarios de su pasado hasta que todo se calme y pueda saldar cuentas con su perseguidor.

El argumento de Galveston es atractivo, sobre todo porque puede analizarse desde la perspectiva de la clásica novela negra en un contexto marginal que traza lo más “desechable” del sur estadounidense: gente que sobrevive entre la modorra y el mayor oportunismo posible. La efectiva historia de Pizzolatto también tiene un fuerte potencial cinematográfico que ocho años después de su publicación, 2010, se ha replicado en la película homónima dirigida por la francesa Mélanie Laurent.

Galveston, la película, es sórdida y hermosa; tanto como el libro, aunque aprovecha otras características que redescubren una lectura más sintética y potente comparada con la obra original. No obstante, sigue siendo hermosa. Básicamente, gracias a la exploración espiritual y psicológica de sus dos personajes centrales. Roy (Ben Foster) y Raquel (Elle Fanning) vagabundean por un universo donde todo se pone en contra de ellos: la familia, la salud, los amigos, el sexo, el trabajo; aunque, al final, todo parece una broma si se compara al estado de soledad que los consume.

Laurent, una directora proclive a encaminar sus mayores aptitudes hacia la dirección de actores, logra que el tándem Foster-Fanning conjugue la brusquedad indómita del primero -digna del prototipo de hombre recio de buen corazón que se rige por un torcido sentido de la justicia- con la provocación de una Lolita destruida -casi tan magnética como el personaje de Nabokov, pero de una tristeza arrebatadora que solo se disipa por momentos cuando recibe gotas de cariño involuntario-.

En su segunda película, Respire (2014), la realizadora francesa había mostrado esa habilidad que también posee Galveston para encaminar sus historias por personajes derruidos psicológicamente que necesitan una mano que los sostenga para seguir avanzando. En su trabajo anterior dos jovencitas viven una relación amical tóxica delineada por la conveniencia y la admiración. Dos mujeres que descubren sus inquietudes en medio de un entorno social duro, salpicado por constantes juegos ambiguos de seducción. Respire y Galveston, a simple vista, no parecen obras dirigidas por la misma persona, aunque tienen un vínculo doloroso que los emparenta. La segunda de ellas puede sentirse violenta, pero desde una perspectiva dicotómica donde el desprecio y la compasión son componentes asimilados sin sorpresa.

La huella de Pizzolatto pisa tan fuerte que la primera mitad del largometraje de Laurent funciona a modo de un neo-noir plagado de síntomas incómodos cercanos a un realismo social que solo llega a ser atenuado por la mirada piadosa que clava Laurent en la segunda parte. Combinación de literatura y cine -y hasta un inocuo sentido ideológico- que confluye para conformar un cauce de hondos pesares en búsqueda de un estado de gracia, una redención sin envoltorio de ruego. Roy y Raquel claman por libertad, desean justicia, saben que su principal obstáculo no son los mafiosos o los proxenetas, sino el tiempo. ¿Acaso Roy puede culminar una buena obra sometiendo con puño de hierro a los que se interpongan a esta, a pesar de estar muriendo lentamente? ¿Puede Raquel ser feliz con tan poco, ya sea en condición de hija o de madre, a sabiendas que tarde o temprano vendrán a matarla?

Galveston también es ruda y melancólica desde su propuesta audiovisual. Golpean tanto sus tonalidades como los espacios bañados por una luz que viaja entre distorsiones azuladas y verdosas. El feísmo de los pueblos tejanos circundantes a la ciudad que lleva el nombre de la película denota la intención soslayada de Laurent por denunciar la indiferencia de las autoridades. No es que la directora esté trabajando para ser portavoz de causas perdidas o males propios de la América profunda, como sí podría interpretarse otra película reciente tipo Tres anuncios por un crimen (2017). En Galveston se trata de utilizar el espacio geográfico, incluida la urbanidad, para potenciar su estética. Esa estética explota cuando Roy es perseguido por mafiosos o se adormila ante la tristeza que invade a Raquel. El escenario físico irradia e influye en el comportamiento de los individuos con severidad.

Galveston aglutina el talento literario de Pizzollato, la sensibilidad cinematográfica de Laurent y las considerables actuaciones de Foster y Fanning. Siempre será difícil que una sola obra logre equilibrio. Aquí, en medio del caos, conviven en armonía.

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