Glass 
EE.UU., 2019, 129′
Dirigida por M. Night Shyamalan.
Con Bruce Willis, James McAvoy, Samuel L. Jackson, Sarah Paulson, Anya Taylor-Joy, Spencer Treat Clark, Charlayne Woodard, Adam David Thompson y Luke Kirby.

Looking back with(out) anger

Por Federico Karstulovich

El sentido del humor y la solemnidad no pertenecen, necesariamente, a clubes distintos. Pero por algún motivo injusto tendemos a posicionarlos en lugares antagónicos. Un director que siempre supo impregnar a sus películas de un sentido del humor mordaz fue Alfred Hitchcock, director de películas a las que no podemos definir, precisamente, de comedias desaforadas. Una película como Vertigo resulta una muestra notable de esta cualidad, a la que me gustaría definir como humor discreto.

La discreción jamás podría confundirse con un no accionar. En todo caso en la discreción hay un accionar delicado, un accionar que se toma su tiempo. Es una acción en voz baja que, antes de llevar a cabo el movimiento, elige pensar y analizar el campo. Lo curioso es que trasladar esa discreción al sentido del humor podría hacernos pensar que nos referimos a un humor cerebral. Pero no, el humor discreto es un humor reflexivo. La cerebralidad no es reflexión, sino que es rumia. La reflexión es un ejercicio de interacción con el mundo circundante. Es un ida y vuelta activo. La cerebralidad es un retorno sobre lo mismo, es un agotamiento de las ideas. En la reflexión hay porosidad, encuentro, actividad. En la cerebralidad hay sequedad, estatismo. Y así como el cine de Alfred Hitchcock (aunque no es el único al que le ha cabido el mote injustamente) puede ser acusado de cerebralidad, el cine de el vendedor de humo mejor conocido como Manoj Night Shyamalan termina siendo portador de las peores pestes y calificativos que la cinefilia tiene para los planificadores. Lo curioso es que, amén de la hipérbole que pueda resultar comparar al inglés con el director estadounidense de origen indio, si algo tienen en común ambos directores es su capacidad de reflexionar sobre su propio cine y sobre las formas. Pero más específicamente lo que los vincula es la cualidad de hacer de la reflexión obligada al espectador el movimiento centrífugo de su cine.

Aclaremos: reflexionar no significa necesariamente verbalizar sentencias. De ahí que la tendencia verbalizante de Shyamalan en algunos segmentos de sus películas termine resultando un lastre. En esta dirección de objeciones, las mejores películas del director son aquellas que siempre lograron poner en el centro el problema del espectador. Pero más específicamente el problema de la mirada y el rol de la misma en el armado reflexivo. De ahí que las -en algunos casos poco felices- vueltas de tuerca finales terminaran vulgarizando algo que no debería ser considerado, a priori, un hecho necesariamente malo. En aquellos momentos de definiciones el cine de Shyamalan nos obligaba (quizás en algunos casos con más potestad de guionista que de director) a reorganizar las piezas que siempre habían estado a la vista. Desde esta perspectiva el director y guionista nunca nos engaña ni nos recatea información. Muy por el contrario, logra que -si miramos con atención- entendamos nuestro rol de manera mucho más clara. Esa reflexividad, que tiene en su centro neurálgico a la mirada, es el primer componente hitchcockiano del director de de esta trilogía involuntaria compuesta por El protegido, Fragmentado y Glass. Mirar, en el mundo cinematográfico que componen las películas de Alfred Hitchcock, es saber leer. Pero es mucho más que eso: es leer correctamente, leer de forma adecuada. No leer a los apurones o leer demasiado lento. La lectura adecuada es un problema de foco. Pero también es un problema de matices. Por eso cuando el matiz no se encuentra no se hace presente el movimento discreto que mencionábamos al inicio. Y sin discreción siempre se leerá mal.

Leer (como pensar) es un problema que implica acercarse y tomar distancia. Desconfiar de los ojos y confiar en ellos. Evaluar y avanzar. Leer, en definitiva, es un intervalo. Y en ese intervalo no solo radica la discreción sino también la inteligencia. Al igual que en las películas de Alfred Hitchcock (director con el que se lo compara por el aspecto más banal, que es por el recurso del suspenso), en las mejores películas de M.N.S la inteligencia supone un problema. En la doble acepción del término: leer, reflexionar y hacer un ejercicio intelectual es una tarea para el espectador. Pero la inteligencia es también un problema para los personajes. Por eso, en buena medida, las películas del director optan por privilegiar el punto de vista. O para ser bastante más precisos, la focalización. En este sentido, el principal problema que venía teniendo Shyamalan a lo largo de sus peores largometrajes se vinculaba a la imposibilidad de justificar esa focalización y, consecuentemente, a la necesidad de verbalizar, de explicar todos los motivos del accionar de los personajes con pelos y señales. Por eso, a la luz de estos problemitas, Glass fue destruida y tratada con una saña improcedente. Por qué improcedente? Por el sentido del humor discreto, que es un ejercicio de reflexión tal como dijimos. Pero quizás sea la influencia solapada, el Hitchcock que no queremos ver en el Shyamalan al que le queremos ver todos los pelos.

El humor discreto oficia en Glass de maestro de ceremonias. El responsable de llevarlo adelante es el personaje cerebral por excelencia, que incluso quiso ser leído como alterego del propio director. El personaje que interpreta Samuel L. Jackson, Elijah Price, es aquel que lleva adelante la reunión de las piezas. El problema es tomárselo demasiado en serio. O en todo caso, el problema es adjudicarle a la locura de un personaje la lógica de la película. Por eso resulta imprescindible retornar al humor discreto, como ejercicio solapado de reflexividad. Pero antes de meternos con el rol de Elijah Price, me gustaría referir a algunas cuestiones que comentan lateralmente la conciencia de Glass con respecto al género de superhéroes. Por un lado la elección de los actores, quienes por diversos motivos han tenido roles en películas de superhéroes: James McAvoy como el profesor Xavier en la saga renovada de X-men, Samuel Jackson en su rol de Nick Fury, coordinador de S.H.I.E.L.D, agencia de seguridad paramilitar que trabaja coordinadamente con los Avengers, finalmente Bruce Willis, quien no encarnó nunca a superhéroes pero que construyó una fama de irrompible como héroe de acción durante finales de los 80s, 90s y buena parte de los 2000s. Por otro lado, hay una conciencia plena en el uso lúdico de los colores, como recurso identificable como si cada uno de los tres hombres en pugna pudiera ser identificado por un color específico, como si se tratara de un traje superheroico (pero también aplicable a la psicóloga, cuyo color también indica una cuarta fuerza en tensión y que se revelará oportunamente). La idea de hacer dialogar a los textos que suponen las figuras públicas de esos actores y sus carreras con Glass no es algo particularmente novedoso, es cierto. Pero es Shyamalan quien sabe sacarle partido como pocos. Lo más interesante es que, ahí donde pudo haber caído en el desprecio por el mundo de los superhéroes, convirtiendo al film en Atrapado sin salida meets Avengers, la película opta por un oportuno espíritu de clase B (ahí está Blumhouse, la productora de películas de terror y fantástico, de relativo bajo presupuesto), más específicamente por un tono propio de toda clase B, que es la elección de la ambigüedad: Glass nunca determina si estamos ante héroes o no, incluso en el final que parece más cerrado de lo que es.

Pero volvamos al humor discreto y reflexivo, que llega de la mano de las verbalizaciones de Elijah Price. Aquí es importante hacer una aclaración: Shyamalan parece haber aprendido de su propia solemnidad (que era necesaria en películas como Sexto sentido y en El protegido), más que particularmente en películas como Señales, La aldea y La dama en el agua (dejo afuera las experiencias bochornosas de El último maestro del aire y Después de la tierra), y a partir de los recaudos tomados quizás esté tomándose menos seriamente a si mismo de lo que parece. Ya en El fin de los tiempos (con una interpretación libre de Los Pájaros, película a la que alude en varias ocasiones) había algo de ese humor zumbón, como quien dice “no hay que tomarse esto al pie de la letra”. Esto se profundizó con el retorno de la clase B al cine de Shyamalan. Más específicamente con Los huéspedes. Bueno, en Glass parecen haber retornado el espíritu formalista inteligente pero no virtuoso de las primeras películas del director junto a una conciencia de la propia obra a su vez que un sentido del humor que obliga a no tomarse nada demasiado en serio, pero todo esto atravesado por la mencionada lógica ambigua de la clase B. De ahí que las verbalizaciones de cierre, las que buscan reunir todas las piezas hablen menos de la película que, como dijimos previamente, de un personaje. Y si hubiera una interpretación de Price como alterego de Shyamalan sin dudas deberíamos adjudicarla a una lectura desde el presente en relación a la obra pasada de éste último.

En definitiva, Glass nos cuenta una origin story, si. Pero el carácter fundacional es también funerario. No hay especulación futura. Ni precuela ni secuela (aunque funcione como ambas). Hay un demente intentando convencernos de algo que no sabemos si es o no posible. Y otro demente, que luego de años de ostracismo, volvió para reírse de si mismo, para reírse de sus tópicos, para permitirnos pensar qué es eso que hay detrás de toda operación reflexiva, sin por ello dejar de narrar (porque si algo hace Glass es expresar un formalismo notable, donde cada encuadre es funcional al despliegue de información futura). Intentando emular a su admirado Hitchcock el indio-americano no le llega ni a los talones. Pero no podemos exigirle eso. Su sentido del humor discreto, su capacidad de tomar conciencia de si ya es bastante para los tiempos que corren. Aunque los necios vean a un ególatra y no a un director que supo mirar hacia atrás sin bronca.

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