Godard Mon Amour (Le redoutable)
Francia, 2017, 102′
Dirigida por Michel Hazanavicius
Con Louis Garrel, Stacy Martin, Bérénice Bejo, Grégory Gadebois, Micha Lescot, Louise Legendre, Félix Kysyl, Arthur Orcier, Marc Fraize, Romain Goupil, Jean-Pierre Mocky, Guido Caprino, Emmanuele Aita, Matteo Martari

El Autodesprecio (*)

Por Sergio Monsalve

Charlatanes.Prototipo del charlatán de nuestro tiempo, Michael Hazanavicius no pudo sostener el mito que el premio Oscar inventó alrededor suyo (detrás de una película sobrevalorada -e inmediatamente olvidable- como El Artista). Otro vendedor de humo que se refugia en la autoindulgencia. Algo así como un Ruben Ostlund, sin Palma de Oro, contratado para hacer videítos fashion de Vogue, con estrellitas tristes en blanco y negro. Afortunadamente, en esta ocasión, la reacción fue más rápida: ya desde la alfombra roja de Cannes, la crítica acertó en masacrar la nueva cancherada del director francés. Godard Mon Amour , una película que redunda sobre formas y conceptos que ya expusieron mejor los propios receptores del presunto homenaje sacrílego, empezando por Godard que se liquidó así mismo hace décadas atrás.

Estereotipos. Con una creatividad de “c” minúscula, la ¿película? quiere plasmar el detrás de cámara de La Chinoise, imitando mal la estética del Godard previo al mayo francés, basándose en el libro “Un año ajetreado”, las memorias melancólicas de despecho de Anne Wiazemsky, la musa de Bresson y la pareja de Jean Luc, hasta que rompieron por “el mal genio del autor”, según rezan las gacetillas de prensa. El asunto es que el artefacto de Hazavinicius se conforma con traducir el texto al idioma de una parodia del peor Woody Allen, subrayando el estereotipo del intelectual pedante, inseguro e inconsistente, que predica una revolución artificiosa que se diluye entre un mar de contradicciones.

Anticine. Causa pena ajena ver cómo Hazanavicius aniquila el evidente potencial cómico del personaje, al mostrarse incapaz de crear situaciones auténticamente subversivas, desde el plano de lo cinematográfico. Por eso sus recursos son limitados y apela a una mecánica de efectos literarios y televisivos, como si el cine le fuera ajeno. La película es, en consecuencia, tan estéril como el Godard conservador que pretende desnudar. Es un ejercicio estéril de cinefilia, como el que denunció Leonardo D’Esposito cuando se estrenó La La Land.

 

Neoqualité. La vacuidad de la adaptación hace apología de algo que ni siquiera es un tributo al espíritu de la nueva ola, con sus desarmes y deconstrucciones, sino un regreso tramposo al cine qualitè de época, el que siempre agrada y gusta a papá. Se quejaba Truffaut de los excesos del guionismo, de la abundancia de escritores en lugar de realizadores. Hoy Francois arremetería contra Hazanavicius por someternos a su terapia de realismo psicológico, pasado por el agua dulce de la corriente hipster.Un deja vù que resume el estado de una cierta industria europea que prefiere apostar a la entropía antes que reconocer su esterilidad contemporánea, su falta de discurso.

El principio del fin. En La Chinoise uno encuentra la semilla de la autodestrucción de Godard, quien encerraba a su revolución maoísta en un pequeño apartamento de clase media alta, que era habitado por los alter egos chic del demiurgo. Los niños melancólicos y progres de la época jugaban a enfrentar al sistema, arropándose con las banderas de un proletario que se presentía lejano y ausente. Eran los burgueses y bohemios del vano ayer. Los personajes explicaban sus teorías de manera simple y mecánica, como si fuesen robots manipulados por una fuerza mayor. El no guion dejaba bastante en claro que se trataba de escribir un panfleto que presumía de ser satírico y urgente a la misma vez. La película anticipaba, voluntaria o involuntariamente, las paradojas que marcarán al lenguaje del populismo rojo, que más adelante explotarán Hugo Chávez, Rafael Correa, Evo Morales y la familia K. Ver hoy en día La Chinoise puede resultar un ejercicio didáctico.

Un síntoma de época. Lo que sí es sintomático es que franceses como Michael Hazanavicius consideren un acto de rebeldía o de contestación revisar tan blandamente La Chinoise, adhiriéndole casi un doblaje y unos subtítulos para dummies. Es una compulsión muy francesa, muy de nuestra época, la de renegar de los locos egregios del pasado, a través de un conjunto de mensajes reduccionistas, a lo Wikipedia. En efecto, Godard Mon Amour carece de contundencia en su desmitificación, porque banaliza su caricatura al extremo de un álbum de figuritas sin identidad. Para constatar la derrota de los ideales de mayo del 68, hay que recurrir a Phillipe Garrel en la estupenda Los amantes regulares, una verdadera obra maestra del hundimiento de los sueños de la generación que pensó que cambiaría al mundo, con barricadas y revueltas, pero que fue superada por su increíble ingenuidad. Lástima que Louis Garrel sea la bisagra actoral entre ambas películas. Desaprovechado y exagerado en una; utilizado como representación del fin de la utopía y de la insoportable levedad del ser en la otra.

JLG/JLG. Al menos sabemos que la periferia resiste de verdad, y que Godard, con todo y el equívoco de La Chinoise, todavía filma mejor que Hazanavicius. El tráiler de Adiós al lenguaje, con el perdón de los puristas, es más que toda Godard Mon Amour.

(*) Publicada como No estreno en Perro Blanco, Abril 2018

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