Gonjiam: hospital maldito (Gon-ji-am)
Corea del Sur, 2018, 95′
Dirigida por Beom-sik Jeong.
Con Lee Seung-Wook, Mun Ye-Won, Park Ji-Hyun, Park Sung-Hoon y Wi Ha-Joon.

Una oportunidad

Por Ignacio Balbuena

Hace muy poco se escribió en esta misma revista sobre el terror found footage, y ya nos encontramos con otro exponente más, que sin ser revolucionario, expande los horizontes formales y conceptuales del sub-género hacia algunos lugares interesantes. La película coreana Gonjiam: hospital maldito propone algunas vueltas de tuerca sobre esta cuestión del terror de lo verdadero, usando una locación real que según CNN está entre los 7 lugares más raros y aterradores del mundo. Los personajes hacen referencia precisamente a este hecho, en la típica introducción de película de terror en la que conocemos a un grupo de jóvenes mayormente descartables pero entrañables en un contexto bien iluminado y sin tensión alguna. En esta presentación hay algún indicio de lo que vendrá en términos formales, ya que en Gonjiam hay una sobreabundancia de cámaras, puntos de vista y texturas que contrasta con el minimalismo de otras películas de este estilo (las cámaras de vigilancia en Actividad paranormal, o el registro analógico de la saga V/H/S) En Gonjiam en cambio, el registro se multiplica, poniéndose a tono con la tendencia a la sobreexposición de las generaciones contemporáneas.

 

Hay cámara en mano, cámaras Go Pro, rigs para cámaras en el cuello apuntando hacia el rostro (al estilo del norry cam inventado por Réquiem para un sueño) pero que también apuntan hacia afuera. Hay cámaras de seguridad, drones, cámaras con sensores de movimiento. Y a su vez, el género o registro que busca (re)construir Gonjiam no es tanto el documental sino el broadcast en vivo para una audiencia de internet. Los personajes protagonistas son una crew de un programa de YouTube (o similar asiático) y lo que vemos es una mezcla del detrás de escena del programa con el material de la transmisión tal cual lo verían los espectadores conectados ponchado y editado a medida que se va transmitiendo. Incluso hay un director que da indicaciones como ‘Ahora vos decí tu línea’, para introducir una habitación o material de archivo, o ‘Ahora entra la música’, justificando así el uso de música incidental en un género que normalmente solo hace uso de música diegética. A su vez, ver la pantalla del broadcast tal cual como si fuera una de esas páginas de internet de streaming en vivo, llena de ads, e imágenes en para rellenar el fondo (por la relación de aspecto no en widescreen del material), le añade a la película una suerte de puesta en abismo. Lo que se ve ya no es el material directo de las cámaras de los personajes sin procesar (como al principio de la película) sino un editado que es a su vez retransmitido y visto por otros espectadores ficcionales que acompañan la situación a medida que sucede, lo que se suma al director presente en cámara (y al hecho real de que gran parte de la película está grabada por los propios actores).

 

Esto sirve como un complemento para los planos de punto de vista que construyen la mayor parte del film. En vez de tener como única textura la subjetiva cruda, sobre-expuesta u absolutamente oscura, según el caso y el tipo de encuadre, se suman intertítulos del falso programa, y las publicidades, conteo de espectadores que le dan al material una sensación de inmersión y tiempo real, propia del género  pero aquí acentuada. Y más allá de esto están los sustos, claro, y en ese aspecto la película cumple. La locación colabora mucho, de por sí el background histórico real es absolutamente terrorífico y digno de una película. Un manicomio lleno de suicidas (o asesinados en un contexto de violencia política), abandonado y derruido por el paso del tiempo asusta a cualquiera, y esta película hace un buen uso de los espacios oscuros y desolados del asilo, especialmente a medida que la película avanza hacia los rincones más inexplorados. Los personajes son estereotipos funcionales de película de terror: un nerd, una chica sexy, una más introvertida, uno que es tech savvy. Pero son lo suficientemente simpáticos como para no ser insoportables, y en este tipo de películas lo importante es la tensión minuto a minuto y no tanto el desarrollo de la historia y los personajes. Como en la última media hora de Blair Witch, de Adam Wingard, Gonjiam se siente como una atracción terrorífica de parque de diversiones, a medida que abandona la economía narrativa de puertas que se mueven y rincones oscuros y la reemplaza por imágenes típicas del J-Horror, y la inquietud se vuelve lisa y llana desesperación para los personajes.

 

La película incluso hace referencia directa y casi textual a momentos de la Blair Witch original (la cámara supina de un rostro sufriendo, un personaje silencioso de espaldas) y a REC (personajes arrastrados en la oscuridad, gritando en medio de pasillos reverberantes), lo que demuestra una autoconciencia de la tradición del género a la vez que una voluntad de correr los límites de sus posibilidades formales, con el personaje-director diciendo ‘ahora me voy a hacer cargo yo’, en medio de un clímax donde aparecen texturas de visión nocturna, flashes repentinos de luz y glitch/datamosh en la imagen, y por supuesto, esos fantasmas de pelo largo al estilo oriental que quedaron impregnados en el imaginario occidental desde La Llamada. Gonjiam es una de esas películas destinada a aparecer en listas de películas subvaloradas o eventualmente rescatadas, más en un sub-género que tiene muchísimo para ofrecer pero poco para recordar. Vale la pena darle una oportunidad ahora mismo.

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