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Tiempo de lectura: 3 minutosEl gran showman

Por Hernán Schell

The Greatest Showman
Estados Unidos, 2017, 105′
Dirigida por Michael Gracey
Con Hugh Jackman, Michelle Williams, Zac Efron, Zendaya, Rebecca Ferguson, Austyn Johnson.

El show no debe continuar

Si se contara a Baby Driver como un musical (y en algún punto no estaría nada mal hacerlo) puede decirse que este año se estrenaron cuatro películas de este género en la Argentina: La la land, la mencionada Baby Driver, La Bella y la Bestia y ahora El Gran Showman. No sé que quiere decir esto, si es un intento genuino por parte de la industria por resucitar el género, o si es mera casualidad, pero hay que decir que por ahora sólo La la Land y Baby Driver quisieron hacer algo nuevo con un género que no parece dispuesto a morirse. En tanto La Bella y la Bestia es una aberración estética que no se da cuenta que la historia que cuenta era mucho más pertinente en versión animada que en acción en vivo, El Gran Showman es otro tipo de aberración: una del estilo chato y sin ideas (o sólo con malas ideas que vimos mil veces previamente) y uno de esos “oscar-bait” deseoso de ligar alguna nominación para ver si algún nostálgico de los musicales cae en la trampa. No creo que pase. Valga aclarar, entonces: EGS no es un musical en su sentido clásico. O quizás lo sea sólo en una escena: esa en la cual el protagonista (Hugh Jackman haciendo del legendario P.T. Barnum) se pone a bailar en un bar con el personaje de Zac Efron (Philyp) mientras negocian un contrato. Hay ahí una idea de número musical casi en un sentido convencional: vemos a los dos personas bailando mayormente en plano general para que puedan verse sus habilidades como bailarines y la belleza de la coreografía. Artificio y despliegue físico.

En el resto de los números musicales, o bien se aplica una lógica videoclipera básica (o sea, no esperen acá esos desatados experimentos de montaje de Luhrmann en Moulin Rouge) y por ende se va a la edición rápida que impide cualquier tipo de apreciación de una coreografía, o bien se aplica la idea de usar secuencias de montaje en las que los personajes van cantando. Esas secuencias, si es por seguir sumando catástrofes, -sobre todo la que se ve al principio- son especialmente perezosas, hechas para sacarse de encima cuestiones de la historia y de los personajes y hacer avanzar la trama hacia otro lugar lo más rápido posible. Digamos igual que EGS no puede siquiera avanzar hacia un lugar medianamente arriesgado o interesante, sino que lo hace hacia tres conceptos básicos: la necesidad de integrar a los que son diferentes; el valor de la familia y el desprecio hacia el elitismo. Todos conceptos que la película se exclaman con un trazo grueso propio de quien cree que el espectador es algo así como un idiota de proporciones monumentales necesitado de que le vayan aclarando cada cosa. Por eso también acá la cuestión del elitismo se exclama a cada rato de manera solemne (la falta de humor en esta película es alarmante) en burgueses estereotipados y en un crítico de teatro amargado obsesionado con la palabra “arte”. La reivindicación de la alteridad estará también: en la canción principal donde los freaks de circo empiezan a decir “este soy yo” mientras muestran orgullosamente sus cuerpos no convencionales y el amor por la familia en una canción interpretada por Michelle Williams que es todo un himno a la grasada y la cursilería. Junto con esto, claro, expresiones acordes: Williams no para de hacer de la esposa sufrida y abnegada; los freaks marginales exhibiendo siempre el mismo rostro muy compungido a cada aparición y los villanos que los persiguen con el mismo estereotipo grosero de borrachos enojados.

En medio de todo esto está Hugh Jackman, tratando de despegarse del personaje de Wolverine haciendo un personaje completamente distinto en una película con una alegría totalmente opuesta a la desoladora Logan. El problema es que ahí donde en la gran película de Mangold su personaje herido era totalmente convincente, acá se lo nota a Jackman demasiado impostado, demasiado esforzado, como intentando a cada rato buscar un reconocimiento a su talento (que lo tiene) negado por haberse hecho famoso con un superhéroe. Sólo ese actor enormemente subvalorado que es Zack Efron parece acá más suelto y divertido, entendiendo el tono más bien festivo que debería tener la película.

¿Y que hay de la historia del PT Barnum original? De aquel fundador del circo moderno, obsesionado como dijo una vez de “tener sus bolsillos llenos de dinero” y para nada exento de oscuridad (más bien a uno le da la impresión por sus datos biográficos de que era un tremendo hijo de puta), queda poco y nada. No es que uno pueda reprocharle esto a El Gran Showman. Después de todo nadie le pide veracidad a Hollywood y mucho menos a una película donde los personajes cantan y bailan de la nada, pero mínimo se hubieran contagiado del espíritu arriesgado del personaje en el que se habían inspirado para hacer algo un poco más interesante que esta película solamente espectacular y grandiosa en su irrelevancia.

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