Huérfanos de Brooklyn (Motherless Brooklyn)
EE.UU., 2019, 144′
Dirigida por Edward Norton.
Elenco: Edward Norton, Alec Baldwin, Bruce Willis, Gugu Mbatha-Raw, Bobby Cannavale, Cherry Jones, Leslie Mann, Alec Baldwin y Willem Dafoe.

Salirse

Por Gabriel Santiago Suede

Edward Norton es uno de esos actores que cada vez que ocupan la pantalla nos obligan a recordar que está ahí. Todo el tiempo opera por persistencia, como si no supiera correrse del medio. Será por eso que en alguna época pudo escalar fácilmente al lugar que supo tener como estrellita. Claro, con el tiempo esa estelaridad fue menguando, perdiendo peso e incidencia, al punto tal que su luz se fue apagando. O en todo caso, quizás pasó algo mejor: logró aprender a correrse del centro que durante una época supo ocupar a principios de la primera década del 2000. Ese corrimiento estuvo directamente asociado a adoptar roles secundarios en vez de ganar peso como protagonista. Lo interesante es que en esa movida de ajedrez su carrera adquirió algo de aire (eso que siempre le faltó a sus interpretaciones: sensación de relax, sensación de hacer algo placentero antes que hacer algo profundo).

Allá por el 2000, hace casi 20 años, Norton dirigió una comedia romántica menor y olvidable. Y dejó de lado el interés por la dirección de cine. Por eso, a buena parte de quienes lo recordamos sin demasiado afecto nos asustó un poco esta aparición con doble pretensión: protagonizar nuevamente una película al mismo tiempo que dirigirla. Sobredosis de Norton podía ser una de las peores cosas que nos sucedieran a finales de este fatídico 2019. Pero contra todas las expectativas, el tono de corrimiento se mantiene. Y si bien la película dista de ser una maravilla, por primera vez uno puede percibir que algo hizo clic en la carrera de este sujeto. Y que quizás lo que estamos viendo no sea otra cosa que el emergente de ese trabajo sobre sí mismo.

La cosa comienza particularmente mal: Norton sobreactuando (never go full retard, pero casi…), un policial negro algo bastante forzado que nos lleva a casi medio siglo atrás (adaptando una novela que sucede en la contemporaneidad), la sensación de un ejercicio de estilo de aquí a la China. Bruce Willis desaprovechado, apenas cubriendo un personaje pequeño. Bobby Cannavale, Leslie Mann, Williem Dafoe, Alec Baldwin. El clásico 1-2-3 de poner una parva de actores maravillosos pero que se neutralizan entre sí. Todo eso está presente en los primeros 20 minutos de Huérfanos de Brooklyn, que si tengo que ser sincero, casi me expulsan del cine de una patada. Pero la paciencia es la virtud del crítico, así que me quedé. Y lo que era una sucesión de tics insoportables por parte del actor-director comienzan a adquirir un mínimo de sentido. Hasta se justifican, si me apuran. Como si lo que vimos antes no hubiera sido otra cosa que un precalentamiento, una planificación para lo que estaba por venir. De a poco, entonces, la película se va limpiando de esa sensación de abarrotamiento de estrellas, la narración comienza a depurarse (un policial negro que en realidad es mucho más un policial de enigma) y comienza a fluir. Y entendemos que lo que estaba haciendo Norton era acomodarnos al código. Al suyo, como personaje insoportable (un detective plagado de tics y con una suerte de tara lingüística que le hace decir barbaridades cuando se pone nervioso), pero también al de esta película anómala para esta época, en la que no parece encajar.

Huérfanos de Brooklyn (el título en castellano es una tontería que en su literalidad debería haberse llamado El pibe sin madre de Brooklyn, sin el plural que confunde) se va armando de manera meticulosa y algo vueltera. Construye con un melodrama de por medio un policial sin mayores estridencias, sí, pero un policial verosímil y amargo a la vez que nos permite ver a un actor entendiendo que su rol tiene que ser distinto al que acostumbramos hace un par de décadas. Norton actúa feo, sí, pero en este caso es plenamente consciente y justificable esa serie de decisiones que toma. Y en un cine en el que un acto de renuncia es visto como una concesión, lo que hace el director es un poco eso: entregarse a lo que narra en vez de que el efecto se produzca a la inversa. El resultado tiene la tersura de una madera recién lijada al tacto: no es agradable, pero proporciona una sensación que uno quiere prolongar en el tiempo. Es como si Norton al final de cuentas se hubiera anoticiado de que sólo corriéndose (simbólicamente en este caso) del medio podría darle un poco de aire a su cine. Y la manera de hacerlo no era sólo renunciando a una clase de protagonismo, sino poniendo el foco en contar una historia de raíz clásica con los elementos indispensables, como si no hiciera falta mucho más. A veces, esos aprendizajes llevan tiempo. Y en ese tiempo la gente crece. No le ponemos tantas fichas, pero con que no haga lo que supo hacer durante años, ya es un excelente comienzo.

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