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Tiempo de lectura: 6 minutosI’m Thinking of Ending Things

Guido Segal

Pienso en el final (I’m Thinking of Ending Things) 
EE.UU., 2020, 134′
Dirigida por Charlie Kaufman
Con Jessie Buckley, Jesse Plemons, Toni Collette, David Thewlis, Guy Boyd, Colby Minifie, Jason Ralph, Abby Quinn, Teddy Coluca, Ashlyn Alessi, Hadley Robinson, Dj Nino Carta, Austin Ferris, Dannielle Rose, Brooke Elardo, Varvara Cardenas, Monica Ayres, James Glorioso Jr., Thomas Hatz, Albert Skowronski, Liggera Edmonds-Allen, Julie Chateauvert, Kamran Saliani

La fiesta neurótica

Por Guido Segal

«Si los hombres pudieran conducir todos sus asuntos según un criterio firme, o si la fortuna les fuera siempre favorable, nunca serían víctimas de la superstición. Pero, como la urgencia de las circunstancias les impide muchas veces emitir opinión alguna y como su ansia desmedida de los bienes inciertos de la fortuna les hace fluctuar, de forma lamentable y casi sin cesar, entre la esperanza y el miedo, la mayor parte de ellos se muestran sumamente propensos a creer cualquier cosa.»
Baruch Spinoza, Tratado Teológico-político

Charlie Kaufman es un hombre sumamente inteligente, culto y capaz de realizar operaciones de una profunda abstracción, malabares intelectuales y acrobacias mentales. No le basta, sin embargo, con haber alcanzado esas valiosas cimas del intelecto humano. Necesita que sepamos que inteligente y erudito es. Anhela, casi desesperadamente, que reconozcamos y apreciemos su brillantez. Quizás conscientemente, quizás no, nos subestima. O quizás simplemente aspira a engañarnos –como todo buen guionista– y hacernos creer que esa gema que brilla realmente es una esmeralda, y no una baratija de plástico verde. No hay dudas de que posee una inteligencia por encima de la media, una inteligencia racional al menos, pero no es seguro de que ella venga acompañada de una inteligencia emocional a la par. Como muchos intelectuales formados en la élite del saber norteamericano, tiene las herramientas, tiene la curiosidad y ese ímpetu metafísico-reflexivo que uno rápidamente asocia a la academia, europeizante por naturaleza. Pero algo parece faltar.

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El problema, a mi humilde entender, es pensar que conocimiento e inteligencia son sinónimos. O asumir que con nombrar a quince novelas, dos óperas, cinco poetas, siete pintores y tantos otros intelectuales basta para confirmar que hay un entendimiento profundo de la vida, el cine o los asuntos que hacen a la existencia. Es la clásica falacia del académico: cito a mucha gente para disimular el hecho de que no se me cae una sola idea. O, peor, me monto al saber tácito de que mucha gente de mi misma clase social sufre de una profunda inseguridad sobre sus propias limitaciones y se deja engañar muy fácilmente, dado que las citas que pueblan la última aventura barroca de Kaufman los hace sentir más cultos, más leídos, menos ajenos a la producción cultural que los elegidos deberían manejar. Un poco a cuento de eso viene la cita de Spinoza, de la cual abuso para estar a tono con I’m thinking of Ending Things, que algunos países latinos se llama Estoy pensando en acabar con las cosas o Estoy pensando en terminar las cosas o Estoy pensando en el final (ya llegaremos al espinoso asunto del título). En el cine, como en la política, la falta de certezas nos puede llevar a la superstición o la credulidad, y en esa nebulosa es donde Kaufman construye su castillo de arena.

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Personalmente, soy de la creencia que los libros que leemos o las películas que vemos solo sirven para enriquecernos en la esfera de lo íntimo. Como decía José Martí, uno no puede andar por la vida esperando que el universo lo felicite por sus logros. El problema no es tanto que Kaufman atiborre a su película de esas referencias, sino que sus personajes son apenas personajes. Son más bien matices apenas disfrazados de su propia voz, la voz del autor omnisciente que tiene infinitas opiniones sobre todo y necesita compartirlas. Es también la dinámica del fan, desaforado por compartir sus gustos. Solo así se explica que un hilo narrativo mínimo se extienda en una película de dos horas y cuarto, mitad de las cuales pasa dentro de un auto donde se discute a Wordsworth, David Foster Wallace, Anna Kavan, la neurociencia o la naturaleza relativa del tiempo. Pareciera que al escritor y director no le importa tanto el viaje emocional de sus personajes sino hacer un despliegue de sus herramientas como creador, haciendo uso de otras dos variables que también suelen asociarse a la inteligencia: el cinismo y el pesimismo. No voy a decir que no hay algo honesto en esa elección, quizás más allá de aquello que el autor quiso reflejar. La clase ilustrada, aquella que accede a la más alta educación y que curiosamente o no es blanca y no pasa penurias económicas, sufre a menudo de insatisfacción. Ese sea, quizás, el verdadero centro de la película: la excesiva exposición a la cultura universitaria actual también hace mal, vuelve a la gente cínica y amargada, la llena de expectativas inmensas e irrealizables, y al final saber tanto de todo no nos ayuda a vivir mejor, ni a hacer mejores películas.

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Quizás la pregunta que más se repita en los próximos días sea: ¿De qué se trata la película? O, si se quiere: ¿Qué intenta decir? Hay una intención marcada de ser críptico adrede. La protagonista, cuyo nombre no es del todo claro (¿Lucy? ¿Louisa? ¿Amy?), tampoco es, resulta, la protagonista. Su novio, tan culto y neurótico como ella, dice que es una mujer «ideal» y rápidamente intuimos que no es solo un elogio romántico. Él, que conduce el auto camino a la casa de sus caricaturescos padres, es joven pero a la vez es viejo, es exitoso pero también un fracaso. Las mutaciones físicas y mentales se suceden como en un sueño. Los padres de Jake andan por los cincuentas, en la escena siguiente andan por los ochentas y con lagunas de memoria, se enchufan y se apagan, todo parece salido de una pesadilla o de un continuum subjetivo que transcurre en la mente de la joven, o quizás en la mente de Jake, o quizás ella es Jake, o Jake es ella, o todos somos Jake o todos somos todo. Muy rebuscado, muy inteligente, y las preguntas retornan: ¿Para qué? ¿Qué nos quiere decir Kaufman? ¿Que el tiempo es una ilusión? ¿Que todos los tiempos coexisten siempre en la imaginación y la memoria? ¿Que solo la empatía y el amor pueden salvarnos, como pronuncia Jake al final en un auditorio, luego de cantar un musical que no viene a cuento, como un mantra budista banal y gastado?

De tan inteligente y complejo, Kaufman genera distancia. Hace de la neurosis –propia, de sus personajes, de su mundo– un disfraz. Si buscaba una respuesta emocional, queda empastada en procedimientos formales. En imposturas. Seguramente logre convencer a mucha gente, a muchos que asocian complejidad con genialidad (y en eso Kaufman termina emparentado a Christopher Nolan, con quien justo comparte época de estreno). Si quería asimilarse a Lynch, se queda en la superficie, no rasga ni la capa más externa del entramado emocional que Lynch tiene naturalmente. Si quería ser Buñuel, como en ese fugaz momento donde cambia a la actriz por otra como en Ese Oscuro Objeto del Deseo para desestabilizarnos, carece de sentido del humor. 

Im Thinking of Ending Things

I’m Thinking of Ending Things es una película tremendamente solemne, densa en el peor sentido, llena de sí misma y convencida de su auto-importancia. Hasta el título, como adelanté, tiene múltiples significados posibles. Quizás habla de un deseo de separarse, quizás del deseo de suicidarse, quizás de un pensamiento recurrente en cosas que se acaban («ending things» se puede entender como «acabar las cosas» o «cosas que acaban»). Aún así, el embrollo semántico ni esclarece ni potencia. Bueno, quizás achaquemos eso a Iain Reid, autor de la novela, que por cierto no leí. Pero aún si se trata de una adaptación fiel, algo falla, por las mismas razones que Synecdoche, New York no terminaba de engranar. Llamémosle falta de humildad ante lo difícil que es hacer una buena película concreta y que funcione. Desdeñar el oficio de lo simple, eso que Hong Sangsoo hace tan bien, destilando una engañosa sencillez, haciendo que lo difícil parezca poco esforzado. Claro, Kaufman es norteamericano y progresista, hijo de una casta social que necesita hacer alarde de su saber, que necesita demostrarle a toda esa otra población del país (esa que come salchichas, mira televisión y vota a Trump) que ir a la universidad te hace mejor, que el saber adquirido te salva, que hay valores que te exculpan de esa existencia mediocre y te permiten crear algo bello, excelso, complejo, único.

Todo eso está muy bien. Pero la neurosis no es tan atractiva. Hace rato que dejó de serlo. Y el cine de trucos y malabares quedó viejo con Méliès. Hay nobleza en relatos bien construidos, personajes bien delineados, arcos dramáticos y emociones genuinas. Hay inteligencia en lo simple, bien hecho, con modestia, sin espamento. A menos que eso no se sepa hacer. Y ahí quizás está el problema. Cuando se hace mucho porque lo poco (y sincero) es esquivo, no se trata de engaño y artificio. Se trata de una drama personal, manoseado hasta el límite de la neurosis, expuesto a la vista de todos.

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