Infierno en la tormenta (Crawl)
EE.UU., 2019, 87′
Dirigida por Alexandre Aja.
Con Kaya Scoledario, Barry Pepper, Morfydd Clark, Ross Anderson, Anson Boon, Jose Palma, Ami Metcalf y George Somner.

Sin salida

Por Ignacio Balbuena

El fenómeno que podríamos denominar algo así como la ‘avengerización’ del cine -es decir, el enfoque casi total de la industria hollywoodense en el blockbuster PG-13- ha traído varios problemas (que son para una conversación que excede a esta nota). Entre los afectados por este creciente desinterés de los estudios en producir cosas que no sean franquicias, secuelas o reboots, las películas de género y en particular, las películas de terror, se vieron afectadas también. Estoy simplificando, por supuesto. Bien sabemos que el terror es un género que siempre fue particularmente adepto al cinismo de extender las sagas mucho más allá de la bienvenida del público y la crítica, pero a veces me da la impresión de que el terror que hoy vemos en salas es o bien terror mainstream y secuelas/spinoffs (como El Conjuro y sus desprendimientos), o bien el terror independiente y artie de directores como Ari Aster (director de Hereditary y la próxima a estrenarse Midsommar). 

Las películas originales, pequeñas (en presupuesto e intenciones, algo caro a esa hermosa tradición del cine clase B) suelen pasar desapercibidas. Y eso es cuando tienen, efectivamente, la oportunidad de pasar por las salas, si no es que quedan relegadas a las páginas de torrents en donde los cinéfilos tienen que revisar en busca de las películas tapadas del año (como fue Upgrade de Leigh Whannell en su momento, por mencionar otro ejemplo notable). En este panorama llega Infierno en la tormenta (título berreta para el orignal Crawl, que alude a otra cosa y se vincula con el lugar dramático de la natación en la película), una película de Alexandre Aja -un director con una carrera despareja pero con momentos memorables- y producida por Sam Raimi, que no necesita presentación alguna. Esta dupla debería ya ser suficiente para llevar gente al cine.
Los avances de Crawl prometían una película high concept intensa, cortita y al pie. El planteo parecía similar a The Shallows, aquel exitazo total de Jaume Collet- Serra que enfrentaba a Blake Lively con un tiburón: una chica sola aislada por completo y enfrentando una criatura asesina y hambrienta con pocos recursos a la mano. Está en Netflix así que si se la perdieron dejen de leer esto, vayan a verla ya, y luego vuelvan. En este caso, en vez de un tiburon hay varios cocodrilos con hambre, poniendo a la película en la noble tradición de bichos asesinos en general pero también de lagartos grandotes en particular, como la gran y poco conocida Eaten Alive de Tobe Hooper o Rogue, de Greg McLean, director de Wolf Creek

Quizás el hecho de que el director de Crawl haya dirigido en su momento una película trash y exploitation TOTAL como Piranha 3D -una película gore llena de tetas, sangre y gags que incluían splatter al estilo de Eli Roth y una pija submarina- podía hacer suponer que en este regreso al ataque de los bichos se iba a tomar una dirección similar, sobre todo teniendo en cuenta que la producción estaba a cargo de Sam Raimi, otro director con tendencia a los excesos formales, al juego, a la comedia negra. Pero no. En esta ocasión Alexandre Aja se acerca más a aquella visceralidad de los buenos momentos de Alta Tensión o de El Despertar del Diablo (remake de The Hills Have Eyes de Wes Craven), y a diferencia de esa maravilla con pirañas asesinas, al director, en esta ocasión, la decisión lo derivó hacia los personajes: tanto la heroína protagonista Haley, como su padre Dave y el perro Sugar. Si, son los tres los que recorren un espacio hostil durante prácticamente toda la película. Es con ellos y no a pesar de ellos que logramos, mediante un manejo notable del espacio, padecer una verdadera pesadilla de concentración, aglomeración dramática de detalles (varios giros del guión de por medio), y de tensión insoportable. Esto se debe a que no sólo nos encontramos frente a la amenaza natural de los cocodrilos hambrientos, sino que todo esto sucede en el marco de la amenaza de un huracán de clase cinco. Primero amenazando con inundar el sótano en el que los personajes están atrapados al comienzo, luego, un dique corre el riesgo de abrirse haciendo que cualquier intento de escape sea inútil. Luego con la irrupción de cocodrilos. La violencia aumenta, los recursos se acaban, las municiones escasean. Cuando más físico se pone, entonces, Aja entiende mejor a sus personajes que cuando los hace hablar.

A su vez, Crawl tiene por momentos escenas que podrían ser calcadas de un videojuego survival horror, particularmente esos que tienen como premisa mostrar personajes absolutamente desempoderados de casi cualquier cualidad extraordinaria para la supervivencia. Por supuesto, las referencias a Tiburón, la gran película de un asesino natural bajo el agua, no se hacen esperar, pero Aja se hace cargo de eso con un plano detalle bien cercano de un muñequito tipo Funko de un tiburón apoyado en la guantera de un auto, como diciendo, ‘sí, ya sabemos que nos van a comparar’. Pero más allá de algunas obvias referencias en lo formal (las subjetivas bajo el agua turbia, las piernas moviéndose), hablamos de películas muy diferentes. Mientras que en la obra maestra de Spielberg se privilegiaba el fuera de campo y elementos como el diseño de sonido para generar tensión, en Crawl las decisiones son más elementales. Por eso el primer cocodrilo aparece de golpe con un jump scare y vemos su figura plenamente. Y además el bicho viene acompañado, a diferencia del cazador solitario de la película de Spielberg. Al primer cocodrilo se le suma uno, luego otro, luego varios más que atacan prácticamente a todos los personajes de la película que llegan a hacer una breve aparición. Si, estamos ante una película en la que un huracán causa una invasión de cocodrilos asesinos. Podría haber sido una película hiper-berreta al estilo de Sharknado, pero en vez de eso Alexandre Aja nos provee de un ejercicio de género similar a otro éxito producido por Raimi, No Respires. En aquella película otra heroína navegaba un espacio tenso y claustrofóbico escapando de un enemigo terrible y amenazador. En aquella, quizás más que en esta, las acciones definían a los personajes. Sobre ese eje físico, sobre esa idea de cine sensorial es donde se apoyan las mejores ideas del cine de Aja en general y de Crawl en particular.

Quizás por su brevedad y su enfoque en la amenaza constante, es en la caracterización donde la película empieza a hacer agua (pun intended). Así, tenemos flashbacks recurrentes en los que vemos como la protagonista compite en carreras de natación con su padre entrenador (sep), y varios de los diálogos son de trazo grueso (uno presupone que paródicamente, si piensa la obra previa del director, pero como la manija de la autoconciencia parece no estar activada en esta película, el asunto termina volviéndose risible), concentrándose en sueños frustrados o cuestiones sobre el abandono materno, la separación, el distanciamiento familiar. Asi las cosas la película se las arregla para balancear los sustos con estos momentos más sentimentaloides y logra un buen equilibrio, sobre todo porque las habilidades de la protagonista en el agua justifican buena parte del desarrollo de la trama y hasta del clímax. Y si no nos tomamos esos flashbacks demasiado en serio, la película sigue siendo efectiva. Por eso si uno ingresa en el código autoconciente no le resulte tan raro ver a un padre diciéndole a una niña pequeña a punto de competir ‘Que sos? Exacto, un depredador alfa’, al comienzo de la película. Resultaría intuitivo pensar que le diga algo así como una ‘Sos una campeona’, pero bueno, sino no tendríamos foreshadowing sobre el depredador alfa que después es el malo de la película, guiño guiño.
En definitiva, más allá de los vaivenes de tono, el estreno de Crawl, un thriller estilizado y violento (por momentos bastante, sobretodo teniendo en cuenta que es SAM 13, cosa sorprendente teniendo en cuenta que hay desmembramientos y otras cosas bellas que transmiten mucha paz) es una ocasión para celebrar. En el medio de la retromanía constante y el terror excesivamente pretencioso, una película en la que una rubia se defiende como puede de un par de cocodrilos puede ir directo a las mejores del año. 

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