Joel
Argentina, 2018, 100′
Dirigida por Carlos Sorín.
Con Victoria Almeida, Diego Gentile, Joel Noguera y Ana Katz.

El pudor y la certeza

Por Hernán Schell

El último largometraje de Carlos Sorín cuenta la historia de una pareja que se decide a adoptar un chico llamado, justamente, Joel, un nene de 9 años, que viene de una villa miseria y es entregado en adopción después de que metieran preso a la única persona que lo cuidaba (su tío). Partir de una base como esta ya es delicado. Empezar una historia que gira en torno a un chico carenciado, que probablemente haya vivido cosas horribles es ir por un terreno que puede caer fácilmente en el sentimentalismo barato o el golpe bajo. Carlos Sorín soluciona eso de un cierto modo haciendo una película distante, que no hace marcación musical alguna para machacar los sentimientos y no cae en el recurso fácil del primer plano sufriente con niños. Más aún: no es casi nada lo que se especifica de la vida de este chico. Sabemos por terceros que habla de droga con sus compañeritos y que su papá fue preso por razones que nunca se especifican del todo. Pero nunca hay flashbacks, ni escenas del chico con el rostro lloroso ni nada. Sirve a esto también otra cosa: que el lugar en el que transcurre la película sea un pueblo del sur, con su clima frío que provoca de por si una sensación de distanciamiento y una inevitable frialdad para con lo que vemos.

Podría hasta decirse que la operación de Sorín es inteligente y respetuosa con el tema, incluso a diferencia de otras películas suyas. El problema es, quizás, que ese respeto y esa distancia se vuelve demasiado excesiva, hasta transformar, incluso, a su propia película una suerte de tratado verbalizado sobre la discriminación en los colegios y la adopción y no mucho más que eso. Veamos esto con un ejemplo sencillo: en una escena de Joel vemos a la madre adoptiva tratar el tema con dos personas distintas, por un lado una madre de clase media y por el otro un carnicero de clase media baja. En ambos casos la madre va con ellos y prácticamente no habla, ni bien se presenta estas personas empiezan a dar un discurso para justificar el motivo por el cual no quieren que Joel esté ahí. Hay algo raro en estos dos personajes, y es que en el fondo son dos estereotipos bastante vulgares: la mujer católica e hipócrita, el hombre machista que maneja su familia como un patriarcado (de hecho, la mujer del carnicero aparecerá poco después, con mirada sumisa, diciendo por lo bajo lo que no puede decir por lo alto). Que estas personas no hablen de otra cosa que sus ideas, que ni bien se presenten a la cámara sólo puedan expresar posiciones tan frontales, los vuelve excusas para que el espectador los rechace de cuajo, pero también en alguna medida -y esto quizás sea más pernicioso para el resultado final de la película- meros portadores de una idea y una ideología.

Algo similar sucede con el propio nene, el protagonista. Sorín lo dirige muy bien y sin lugar a dudas es un gran hallazgo de casting, así y todo hay algo que no cierra con este personaje: Joel está la mayor parte del tiempo triste, algo lógico teniendo en cuenta su origen, pero esa tristeza es prácticamente lo único que expresa. Hay una sola escena en la que lo vemos jugar como un nene: se trata del momento en que juega en la nieve y hace travesuras, pero inmediatamente después de eso su madre adoptiva le dice una frase desubicada y lo vemos de nuevo con la cabeza gacha, mirando temeroso a unos adultos que quizás por primera vez en su vida lo tratan con cariño y dedicación. Es interesante, asimismo, comparar esta película con la extraordinaria The Florida Project de Sean Baker. En aquella, el director trabajaba con chicos de origen carenciado, pero ahí donde Baker no olvidaba que se trata de personajes con sus personalidades y sus momentos particulares en los que cabe el dolor y la carencia pero también el espíritu de juego y cierta posibilidad de maldad o generosidad, Sorín vuelve al chico un estado de ánimo casi homogéneo, como si no hubiera posibilidad alguna a la variedad de la experiencia vital. En alguna medida la descripción de un estado de situación termina por convertirse casi en condena.

Y hete aquí el problema: dado que nunca vemos que el chico hable de drogas con ninguno de sus compañeros, como nunca vemos esas malas influencias que los padres de los compañeritos dicen que tiene, nunca sabemos exactamente si esas posiciones son exageradas o no. Sólo sabemos que la mayoría de esos padres se comportan de manera desagradable y que Joel es un chico que sufre mucho. Pero hay un hiato, que no parece necesariamente una elección de guión ni de administración informativa, sino una falencia narrativa plena. Desde este lugar, no estoy tan seguro de lo que he leído en varias críticas a favor (incluso esta recomendable nota), que aseguran que Joel es una película hecha para poner al espectador en una posición ambigua frente a un hecho donde todos parecen tener sus razones para actuar como lo hacen. No puedo imaginar exactamente en qué momento Sorín hace que podamos entender a los padres que se oponen a que Joel esté ahí. Ni siquiera cuando puedan estar equivocados. De un lado está gente como el carnicero machista y la señora católica cínica, y del otro el nene que tiene casi todo el tiempo una mirada de cordero sufriente. Los únicos momentos en los que Joel parece expresar cierta idea de comprensión en torno a las distintas posiciones que se presentan es cuando vemos al padre adoptivo pidiéndole a su mujer que deje de querer pelearle a la gente del pueblo por su propio futuro económico, o cuando el personaje interpretado por Ana Katz expone una idea nociva pensando que es un gesto de altruismo. Pero son apenas momentos pequeños, dispersos en un relato al que Sorín ve, al mismo tiempo, con una distancia demasiado prudente, pero también con una seguridad demasiado poco interesante, como quien mira a un mundo con pudor, pero también sabiendo casi todas sus respuestas.

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